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(Reuters)

MIAMI, Estados Unidos.- El acto escenificado en Miami el viernes 16 de junio por el Presidente Donald Trump daba cumplimiento a una de las promesas hechas por el candidato republicano durante la campaña electoral. Buscando el apoyo del voto cubano, Trump prometió revertir los cambios hacia Cuba que emprendió su antecesor en la Casa Blanca. Señalado por su simbolismo por algunos medios, el anunciado giro se produjo en un enclave teatral miamense de La Pequeña Habana, sitio emblemático para el exilio cubano.

Arropado por centenares de invitados de origen cubano, un flamante Trump acompañó sus propuestas de “cambio” con un fuerte discurso anti castrista, como era de esperar. No tanto lo fueron las medidas enunciadas para dar cumplimiento a la nueva política de poner freno y endurecer unos nexos restablecidos por la administración Obama: un paso inédito e histórico del demócrata que puso fin a una larga y poco fructífera estrategia para aislar (y derrocar de ser posible) al régimen castrista. Casi seis décadas de enfrentamiento que arrojaron el resultado de una dictadura afincada en el poder y un pueblo que en definitiva fue el que recibió todo el peso y las consecuencias de ese castigo de doble imposición llamado embargo por unos y bloqueo por los otros.

En esta ocasión parecía que el señor Trump apostaba por restablecer el estado de cosas anterior a diciembre del 2015 y no pocos aplaudieron que así ocurriera. Para sorpresa de muchos y desencanto de no pocos de los que apuestan por aislamientos y rupturas, el endurecimiento quedó centrado en dos medidas con las que se busca evitar que los beneficios económicos de las actuales relaciones oxigenen la estructura militar que rige en la Isla. Básicamente las restricciones estarían dirigidas a reducir la posibilidad de viajes para los ciudadanos norteamericanos, que los que viajen no gasten el dinero en hoteles e instalaciones bajo administración militar y prohibir transacciones comerciales entre empresas estadounidenses con aquellas controladas por instituciones uniformadas de Cuba.

El gesto de buena voluntad expresado por Donald Trump de ayudar a una transición democrática y efectiva en Cuba, presenta incongruencias si se compara su actitud hacia situaciones similares, y hasta peores, que acontecen en otros países cuyos gobiernos tienen relaciones con Estados Unidos, son sus aliados o en los que el propio presidente tiene negocios. Turquía y China son dos ejemplos. En el primero el gobierno de Erdogan se ha convertido en uno de los mayores violadores de derechos humanos y libertades ciudadanas, ocupante del primer lugar en la lista negra emitida por Amnistía Internacional. Centenares de periodistas presos, medios cerrados, opositores perseguidos o profesionales expulsados de sus trabajos por el simple hecho de no ser afines a los designios del presidente turco. La imagen de la violenta acción represiva llevada a cabo por decenas de sicarios contra un grupo de manifestantes kurdos frente a la embajada de Turquía en Washington aún puede verse en las redes. En lo que supone una falta de respeto total al país anfitrión, sin tener en cuenta a los policías locales que montaban un cordón de seguridad los energúmenos salieron en pandilla para disolver a patadas y piñazos a los manifestantes pacíficos.

La otra cara de la moneda se muestra en la realidad china. Nada modélica en cuestiones de derechos y democracia, China concedió en días recientes el permiso de producción a nueve marcas registradas de  Trump. Una de las empresas que producen artículos de la línea representada por su hija Ivanka en aquel país, fue denunciada por el trato que reciben los trabajadores. Los denunciantes han sido encarcelados y esperan juicio. ¿Acaso sería conveniente la misma aplicación de medidas restrictivas que limiten la entrada de dinero norteamericano en entidades de ambas naciones cuyos beneficiarios finalmente serían las castas gobernantes que tratan de imponer una dictadura democrática en Ankara y a los emporios militares que en China reprimen, explotan y de paso construyen submarinos y porta aviones en franca competencia con Norteamérica?

La reacción del gobierno cubano ante el anuncio hecho en Miami ha sido particularmente llamativa y pone de relieve que los tiempos ya no son los mismos. En una circunstancia semejante, bajo la égida del desaparecido Castro, en la hipotética posibilidad de que el Comandante hubiera facilitado el acercamiento con su enemigo entrañable, el acto de Trump tendría la respuesta de infinitas marchas, jornadas de reafirmación ideológica y discursos interminables cargados de mensajes anti imperialistas. Paralelo a ello las consecuentes medidas aplicadas como castigo en lo económico a  emigrantes y en lo represivo contra activistas opositores. Nada que ver con la inédita transmisión en directo y sus correspondientes retransmisiones, del discurso de Trump en los medios oficiales cubanos. Una nota de prensa tomó de este hecho la parte humorística en el comentario de una mujer diciendo que mientras a Obama le costó casi ocho años salir en directo en la televisión de la isla, su sucesor lo había logrado en tan solo seis meses. Me pregunto si no sería una mejor táctica que Trump viajara a la cercana Isla y contactara en directo con una población que en el fondo no le rechaza. Tal vez su visión de la realidad cambiara al comprobar que en un país donde la gente no le tiene la desestima que se aprecia en la mayoría del planeta, la mejor opción tal vez sería acelerar las reformas con la impronta de la presencia y no con el alejamiento.

Hay otro detalle a destacar. Se trata de la amplia representación de disidentes que acudieron desde Cuba expresamente al evento en Miami. Alguno de ellos expresó sin ambages su apoyo a las medidas del mandatario norteamericano contra el gobierno de su país.  Algo imposible de imaginar en anteriores escenarios del Castro más radical. Incluso en sus palabras el Canciller cubano fue mesurado al evaluar las disposiciones de Trump llegando a justificarle al decir que el presidente estaba mal asesorado en el tema cubano. Pero más allá de la denuncia por el supuesto endurecimiento del  embargo, el  jefe de la diplomacia cubana reiteró su voluntad de continuar el diálogo “respetuoso“ con Washington.

Fue mucho más contundente en su crítica el exmandatario mexicano Vicente Fox, a quien nadie puede acusar de pro castrista.  Fox manifestó su desacuerdo con este cambio de rumbo al que atribuyó a “cubanos malagradecidos que no quieren que su país avance” y que aportaron dinero a la campaña del hoy presidente.  Afirmó Fox que en su criterio “… esta marcha atrás que pretende Trump es desastrosa, parece el gringo feo, que conocimos en el pasado, imperialista, volviendo a imponer su voluntad sobre países independientes”.

Por otro lado cabe la duda de si las restricciones de visitantes turísticos norteamericanos en aumento evidente (285 mil en la mitad del año en curso) más bien ayudan a evitar una crisis de ofertas en un sistema que confronta serios problemas en el terreno turístico sin haber tenido el tiempo y los recursos adecuados para crear condiciones que satisfagan las expectativas de unos exigentes visitantes.

Hay efectivamente mucho de simbólico en el acto celebrado en el Manuel Artime de Miami. El propio nombre del teatro al que aludió Bruno Rodríguez señaló una parte de la historia que encierra ese nombre al recordar que el cubano exiliado. El Canciller remarcó el papel de liderazgo civil que Artime tuvo en la fallida invasión de Girón pero omitió el pasado revolucionario del guerrillero del Ejército Rebelde que combatió en Maffo, Guisa o Palma Soriano. Símbolo de un pasado que cierra sus cortinas, húmedas y polvorientas, al mismo estilo de las decoran el interior del Artime, en una pequeña Habana que cada vez pierde más su esencia cubana, en vías de extinción por una pugna constructiva criticada por la UNESCO y que amenaza con la ruina de los pocos negocios tradicionales que quedan en esta zona miamense, donde se quieren levantar modernas edificaciones y negocios millonarios. Una Pequeña Habana que cada vez tiene menos de Cuba y más de semblanza centroamericana de cara a un futuro diferente.


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