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En la Cuba actual, ser negro y sobrepasar los 50 años de edad se convierte en un veto a la hora de optar por una plaza en los negocios particulares (Reuters)

HARVARD, Estados Unidos.- A la par de los cambios económicos que el cacicazgo insular supervisa con lupa para evitar que se desnaturalicen las esencias socialistas del modelo, cobran fuerza fenómenos que enrarecen las perspectivas de un futuro donde puedan confluir la democracia, con todos sus atributos, y la economía de mercado.

Me refiero al racismo que reverdece como flores en primavera, en los predios de esa apertura a medias que reconoce el trabajo por cuenta propia como un desempeño legal.

Ser negro y sobrepasar los 50 años de edad se convierte en un permanente veto a la hora de optar por una plaza en muchos de los negocios particulares que han florecido desde que el Partido determinó otorgar esas concesiones por razones de supervivencia.

Para recibir el beneplácito de estos empleadores, basta tener la piel bien clara, preferiblemente el pelo lacio y la nariz aguileña. Buscan el prototipo de hombre o mujer caucásico y por supuesto que no tenga trazos de vejez en el rostro, dígase canas o arrugas.

Esto no significa que todos los cubanos con ancestros africanos estén descalificados para una posible aceptación. Mientras su piel no sea intensamente achocolatada pueden tener alguna esperanza.

En este juego de azares, las féminas poseen una holgada ventaja. Una mulata de tez clara puede que sea contratada, en cambio una negra prieta, con buena suerte, recibe una sonrisa y la sentencia de, “lo siento no hay plazas”.

Hace unos días un vecino que frisa los 58 años, tuvo la amarga experiencia de recibir la triste noticia de no poder aspirar a ganarse el pan como cuidador de peces ornamentales para la venta, por ser negro y viejo.

Su madre, una anciana de 87 años, se enteró de la plaza vacante con un joven del barrio. Ella se contentó con la noticia, para acto seguido quedar desconcertada con la advertencia de: “lo siento, el dueño está buscando una persona que sea blanca y joven”.

Lamentablemente tales episodios se pierden en un mar de indiferencia.

Por otro lado, el poco interés de las instituciones estatales por enmendar estas anomalías deja abierto el camino a mayores fracturas sociales y culturales, lo que sin dudas llena de incertidumbre la estructuración de los necesarios consensos para el establecimiento de un Estado de Derecho, cuando las circunstancias lo permitan.

Algunos insisten en que el problema no es tan grave, otros lo señalan como un tremendismo sin fundamentos creíbles. Lo cierto es que tras esas cortinas de humo, crecen los resentimientos de un sector poblacional, cuyos parámetros de sobrevivencia alcanzan comparativamente niveles de escándalo.

La miseria y la falta de oportunidades en la obtención de un trabajo mejor remunerado ha sido un estigma que ha afectado a blancos y negros a lo largo del proceso político comandado por los hoy envejecidos líderes del partido único.

Pero, justo es reconocer los perjuicios, solapados o abiertos, contra los “morenos”. Decir que en Cuba existe un remedo del apartheid es una exageración.

Es imposible que el asunto llegue a esos extremos, pero ojo, si no se busca la manera de atajar esas posturas racistas, la república que queremos edificar sobre las ruinas del socialismo, será un desastre.

(Jorge Olivera, residente en Cuba, se encuentra de visita en Estados Unidos)


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