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Zunilda Mata

Más de dos millones de cubanos en edad económicamente activa no trabajan. Algunos no se sienten entusiasmados por las ofertas laborales existentes, otros han encontrado en la desocupación un modus vivendi. Los parques y calles del país son el escenario donde muchos de ellos pasan sus días.

Rafael es uno de los tantos cubanos que no tiene “horario ni calendario” que cumplir, asegura con orgullo. Recién cumplidos los 32 años, el joven terminó una carrera de economía y después de varios años trabajando en el sector estatal decidió “pedir la baja” y quedarse en casa.[[QUOTE:El país tiene 7 millones de personas en edad laboral pero solo trabajan actualmente unos 4.969.800]]

Aunque el Gobierno cifra la tasa de desempleo en un modesto 2,4% en 2015, los propios datos oficiales se contradicen cuando advierten de que el país tiene 7 millones de personas en edad laboral pero solo trabajan actualmente unos 4.969.800, lo cual dispara los números por encima del 20% de desocupación, una de los más altos de América Latina.

La rutina de Rafael puede parecerle envidiable a quienes se rompen el lomo de lunes a viernes en un puesto de trabajo. “Me levanto cerca de las diez de la mañana y voy al gimnasio, después veo en la televisión series o películas del paquete y en la noche salgo con mis amigos”, detalla a 14ymedio.

Sobrevive gracias a la remesa de 100 dólares que su madre emigrada en Miami le manda cada mes y a algunos clientes que encuentra en el Malecón, donde se prostituye de “vez en cuando y de cuando en vez”. Asegura que solo elige “hombres jóvenes y que se vean limpios”, porque en fin de cuentas no tiene “urgencias económicas”.

Propietario de un apartamento en el municipio habanero del Cerro, que heredó de su abuela, el desocupado usa el dinero que le manda la madre, equivalente a más de 2.000 CUP, en “pagar la electricidad, el agua, el gas y los mandados de la bodega”, una canasta básica que para una sola persona no supera los 50 CUP.

Con el resto, financia un mensajero que le trae las compras a casa, paga la versión semanal del paquete para tener “un suministro fresco de noticias y películas”, además de costear parte del transporte en ómnibus estatales y taxis privados, aunque confiesa que se mueve “poco o en en el mismo barrio, para ahorrar”.

Como a muchos de sus amigos, no le interesa volver a emplearse en el sector estatal, donde trabajan más de un millón de jóvenes, mientras que unos 155.605 laboran en el sector privado, lo cual representa el 31% de los cuentapropistas del país.

Norma, tiene 46 años y no se imagina “la vida sin tener que levantarse temprano para el trabajo”. Lleva más de dos décadas empleada en una dependencia de la Unión Cuba-Petróleo (CUPET) y aunque reconoce que “el salario no alcanza ni para llegar a mitad de mes”, siente pánico de quedarse en la calle en alguna de los procesos de “reducción de plantillas infladas” que el Gobierno ha anunciado.

En 2010 el presidente Raúl Castro informó públicamente que en los próximos años podrían ser eliminados alrededor de 1,3 millones de puestos de trabajo en el sector estatal. En ese momento advirtió también que "el Estado no puede continuar subsidiando a los trabajadores que queden disponibles".

La noticia generó una gran incertidumbre y varios analistas vaticinaron que provocaría protestas sociales, pero finalmente el Gobierno no se atrevió a llevar a cabo el recorte en toda su envergadura inicial. En lugar de eso, entre 2011 y 2015 se quedaron sin trabajo unos 500.000 trabajadores.

El sector privado tampoco creció todo lo esperado en ese período como para absorber a los que habían perdido el vínculo laboral con el Estado. Desde 2011 y hasta la fecha la cifra de emprendedores apenas ha crecido en unos 150.000, para llegar hasta 539.000 en enero pasado.

La Oficina Nacional de Estadísticas también ha reconocido que, entre 2012 y 2016, unas 678 entidades estatales cerraron sus puertas, entre ellas empresas, unidades mercantiles y cooperativas. Los desempleados de esos recortes se han sumado al ejército de brazos inactivos que pesa sobre la economía nacional.

“Este es el único país del mundo donde se puede vivir sin trabajar”, se vanagloria Rodolfo, un habitual del bar Silvia, ubicado en la esquina de las calles Vapor y Príncipe, en Centro Habana. El hombre lleva más de un cuarto de siglo “sin disparar un chícharo para el Estado ni para los cuentapropistas”.

Vive del dinero que pide en las calles, ayudas que le dan dos hermanas mayores y “algún trabajito” de albañilería que hace “por la izquierda” al menos una vez al mes. Reconoce que “esto no es vida, porque me falta hasta la pasta de diente”, pero prefiere estar “sin nada, que tener que marcar tarjeta en un centro de trabajo”.[[QUOTE:Los turistas que llegan por primera vez a la Isla se sorprenden de la cantidad de personas que hay en las calles y plazas en los días y horarios laborales]]

Los turistas que llegan por primera vez a la Isla se sorprenden de la cantidad de personas que hay en las calles y plazas en los días y horarios laborales. “Es como si la gente no tuviera nada que hacer”, reflexiona Martha, una madrileña que esta semana paseaba por el Parque Central de La Habana a las diez de la mañana.

La mujer, que estuvo en el paro durante un año cuando llegó la crisis económica en España, apunta también que “aquí la gente tiene mucho tiempo libre”. En sus citas con cubanos ha notado que “no miran el reloj nunca y parecen no tener ninguna urgencia para marcharse”.

Rodolfo lo ve de otra manera. “Para qué me voy a apurar si de todas formas no voy a vivir mejor”. Sus días pasan entre la barra del bar, un banco del cercano parque de Infanta y San Lázaro y las rondas de dominó con los amigos. La mayor parte del tiempo está “sentado en el quicio frente a la bodega”, el trono de los desocupados. 


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