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Carlos Manuel de Céspedes en el levantamiendo de la Demajagua, 1868 (granma.cu)

LA HABANA, Cuba.- Por estos días la propaganda oficialista cubana la emprende contra el anexionismo, esa corriente ideológica que propugna la unión de Cuba a los Estados Unidos, y que encontró su mayor auge durante el siglo XIX.

Semejante arremetida cree ver la intención anexionista por todas partes: en las palabras con que el presidente Donald Trump anunció su política hacia Cuba, en gestos como el del opositor que enarboló una bandera norteamericana en la Plaza de la Revolución el 1ro de mayo, así como en el vestuario de cualquier ciudadano que contenga las barras y las estrellas de la insignia del país norteño.

En ese contexto ha aparecido en el periódico Granma el artículo “La mía”, de la autoría de René González Barrios, presidente del oficialista Instituto de Historia de Cuba.

Aunque el señor González Barrios admite que el uso de la bandera norteamericana en el vestuario de los cubanos puede deberse a una moda —hay que recordar que un tiempo atrás eso pasó con la bandera inglesa—, e incluso ser una muestra de la amistad entre ambas naciones a raíz del restablecimiento de relaciones diplomáticas,  él prefiere pensar que se trata de un sentimiento de sumisión colonial, muy ligado a la opción anexionista. Y para enfrentar el reto, el historiador sugiere que “solo a través de la cultura y la enseñanza de la historia de la nación, con mayor y mejor educación, se vence esta desafiante batalla”.

Por supuesto, el señor González Barrios piensa en la historia que promueve su Instituto, la cual cuenta el pasado de acuerdo con la conveniencia de la cúpula gobernante, y en ese sentido la anexión se presenta como el deseo de malos cubanos que desprecian a su país, o como la aspiración de los políticos estadounidenses de tragarse a la islita caribeña.

Sin embargo, si acudimos a una historia más objetiva hallaremos sucesos y puntos de vista que probablemente incomoden a esos que también quieren apoderarse de nuestro pasado. Por ejemplo, sabremos que buena parte de los mambises que lucharon en la gesta independentista de 1868 simpatizaron con el anexionismo. Y es que, desde su surgimiento, esa corriente ideológica, más que una inclinación imperial, fue el anhelo de muchos cubanos que admiraban las instituciones democráticas de la nación norteña, y consideraban las ventajas económicas que esa unión le reportaría a la isla.

En el tomo I de la biografía de Carlos Manuel de Céspedes escrita por los historiadores Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo aparece que, inmediatamente después de que se constituyera la Cámara de Representantes en el poblado de Guáimaro, y Céspedes asumiera el cargo de presidente de la República en Armas, “ la Cámara recibió una petición suscrita por un gran número de ciudadanos para que manifestase a la Gran República los vivos deseos que animan a nuestro pueblo de ver colocada a esta isla entre los estados de la Federación Norteamericana. La Cámara, por unanimidad, hizo suya la petición, y el Presidente de la República sancionó el acuerdo”.

Ta vez por ello los historiadores Portuondo y Pichardo no estén hoy entre los más divulgados en Cuba.


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