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LA HABANA, Cuba.- El éxodo de cubanos mostró un asombroso aumento en los últimos cuatro años. Pocos se explican cuáles fueron las verdaderas causas de esa paradójica explosión que, en su apogeo, desencadenó reacciones diplomáticas diversas en el área, cambios en el sistema de visado en algunas oficinas consulares, creación de campos de refugiados, cierre de fronteras y hasta la eliminación de la ley de “pies secos, pies mojados”, algo no visto desde los sucesos del Mariel en los 80 o desde la crisis de balseros en los más dramáticos momentos inmediatos a la caída del bloque comunista de Europa.

Una situación inexplicable en medio de un proceso de normalización de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos. Un comportamiento anómalo teniendo en cuenta que Barack Obama estaba haciendo lo posible por mejorar la vida de los cubanos flexibilizando algunas de las aristas más perjudiciales del embargo, ofreciendo oportunidades para el sector económico no estatal, apostando por el surgimiento de una verdadera sociedad civil, además de otras estrategias para favorecer un cambio democrático de manera pacífica.

No obstante, la reacción dentro de la isla, en algunos aspectos, estuvo algo distante de lo imaginado por los consejeros de la política hacia Cuba del presidente norteamericano. Por ejemplo, lejos de haberse detenido la corriente migratoria hacia el Norte, esta aumentó debido a una cuestión que ni los integrantes de los gabinetes de Obama y Trump parecen haber comprendido en su verdadera esencia.

El éxodo, aunque signado por actitudes de desencanto, no respondía tanto a una reacción de desconfianza o incertidumbre con el camino político conjunto emprendido por ambos países sino, todo lo contrario, a la amenaza que constituía la certeza de una eliminación del embargo económico.

Si se analiza el componente principal de la migración cubana se podrá tener una idea de lo sucedido.

En un estudio de febrero de 2017, inédito, realizado como ejercicio de maestría por un grupo de la facultad de Economía de la Universidad de La Habana, se determinó que cerca del 80 por ciento de la migración cubana en los últimos cinco años está conformado, primero, por dueños de pequeños negocios privados (cuentapropistas); segundo, personas que ocuparon cargos o puestos importantes en instituciones estatales y que, por diversas vías, legales o no, acumularon suficiente capital para llevar a cabo sus planes de salida por vías irregulares; tercero, personas que, con o sin ayuda financiera del exterior, participaban activamente del amplio mercado negro que se levanta sobre un sistema económico dominado por la corrupción, un denominador que prácticamente vincula a unos con otros.

Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, en medio de las esperanzas de una continuación del proceso de acercamiento que protagonizaría la candidata demócrata Hillary Clinton, entre los altos funcionarios del gobierno cubano se hacía más fuerte la convicción de que el embargo económico tenía los días contados.

La ortodoxia comunista iba cediendo ante una corriente, dentro del propio gobierno, que, aunque contraria a cualquier forma de oposición política, todavía hoy apuesta por cambios discretos en todos los órdenes, lo que, a la larga, evitaría un estallido social que a muy pocos convendría. Incluso gran parte de los planes de crecimiento hacia el 2030 se trazaron sobre esa cuerda que parecía indestructible.

Lo que para unos, sobre todo en la cúpula del poder, constituía una garantía de supervivencia política por al menos una década más, tiempo suficiente para poder manejar la crisis de manera tal que a todos pareciera que los cambios partían de una voluntad y que no eran resultado de presiones internas y externas, para otra parte de los funcionarios estatales, conectados directamente con un mercado negro cuya prosperidad depende ciento por ciento de la crisis económica y del mantenimiento del embargo, las alarmas comenzaron a sonar de manera ensordecedora.

El fin del embargo es, si no la solución definitiva al pantano económico cubano, al menos la antesala de la debacle de un sistema político tal como fue concebido y manejado por los elementos retrógrados del Partido Comunista, que necesita de un enemigo sobre el cual alzarse y a quien atribuir los reiterados fracasos de los planes económicos y sociales.

Para algunos, ya sean de “línea dura” o “suave”, las limitaciones del “bloqueo” son un mal necesario porque, además, son una forma de ocultar, por una parte, la ineptitud y falta de genuino compromiso patriótico de muchos de los “partidistas”; por la otra, la conexión, y en algunos casos la hegemonía, de muchos de sus cuadros, a todos los niveles, con la economía subterránea.

Mantener el embargo e incrementarlo es, sin dudas, fortalecer la base sobre la cual se alza el sistema de privilegios del cual gozan los funcionarios estatales. Prerrogativas que no son más que aquellas “mieles del poder” a las que se refería Fidel Castro cuando descubrió la trama de conspiraciones en su contra llevada a cabo por su propio grupo de apoyo.

El sistema de privilegios, en buena medida justificado por los efectos negativos del embargo, permite no solo camuflar el desvío de los recursos estatales sino, además, convertir en habituales, dentro de la economía cubana, aquellos mecanismos, como las empresas off shore o el uso de los llamados “compradores”, por ejemplo, que permiten burlar el embargo y que, en consecuencia, dotan de poderes extraordinarios y de peligrosa autonomía a funcionarios que han sabido explotar a favor de sus bolsillos, de manera muy efectiva, la parte mitológica del “bloqueo” como fuente de todos los males.

Tan solo siguiendo los casos denunciados en los principales diarios de la prensa oficialista cubana, desde 1960 a la actualidad, los escándalos de corrupción vinculados a actividades diseñadas para evadir el embargo por parte del gobierno cubano ha arrojado un saldo de más de mil doscientos funcionarios estatales de alto rango sancionados por actividades ilícitas.

No se cuentan en el grupo aquellos otros “cuadros de dirección” de menor categoría como directores de empresas, subdirectores, gerentes y oficiales de las Fuerzas Armadas o del Ministerio del Interior que también han sido defenestrados por lucrar con recursos estatales bajo el “amparo extraordinario” que les ofrece la sacrosanta existencia del embargo.

“Mucha gente saldrá perjudicada, multitudes de gentes, y no solo gente de la calle, sino gente que está arriba, bien arriba. Aquí y allá”, me decía hace poco un ex funcionario del Ministerio de Comercio Exterior cuando lo invité a hablar sobre las consecuencias del fin del embargo de los Estados Unidos a Cuba.

Su opinión coincide con la de otras personas que han analizado la cuestión ya desde una experiencia práctica, ya como objeto de estudio.

Un destacado profesor y economista de la Universidad de La Habana que, al igual que otros entrevistados, por temor a represalias por hablar para un medio de prensa independiente, ha preferido mantenerse en el anonimato, describe algunas de las reacciones que sobrevinieron al anuncio del inicio del proceso de acercamiento entre los gobiernos cubano y norteamericano.

“Se hizo más fuerte la idea de una eliminación del bloqueo. Eso entusiasmó a quienes no sacan provecho de él, pero quienes saben lo que significa fin del bloqueo se llamaron a capítulo. (…) Hubo éxodo de cuadros en las empresas. Dirigentes, grandes jefes que pidieron la liberación (en las empresas estatales) alegando razones de índole personal porque cundió el pánico. Si esto se arregla, nos jodemos, es lo que pensaron. Muchos de ellos viajaron a Panamá, a México, a Rusia, otros tuvieron suerte y fueron reclamados por la familia y pudieron llegar a los Estados Unidos antes que cerraran porque si no hoy tuvieran media isla del otro lado. (…) Todos, directa o indirectamente, hemos tenido que hacer de tripas corazón. Y estoy seguro de que hay quienes no saben vivir sin el bloqueo. (…) Veían el fin de ese socialismo al que estaban acostumbrados y donde al año se desvían cientos de miles, millones de dólares, que después se justifican como pérdidas ocasionadas por el bloqueo”.

Tanto de un lado como del otro del Estrecho de la Florida, abundan los que han sabido sacarle partido al embargo. Pienso en esas personas a las que no conviene que el gobierno comunista llegue a su fin o que simplemente se flexibilice porque esto los coloca en peligro de muerte.

Existe todo un abanico de “beneficiados por el embargo”, que incluye desde aquel que, residiendo en Miami o en Panamá, en Rusia o en Ecuador, y sabiendo la escasez que sufren los cubanos, vive de extorsionar revendiendo ropas de saldo en La Habana, o a ese que se repatria solo después de calcular que un dólar es una fortuna para quien solo gana veinte como salario mensual.

Ambos en nada se diferencian de ese director o empleado oficialista que roba los recursos de la empresa para beneficio propio y que luego desfila por la plaza con una pancarta de “Abajo el bloqueo” cuando es el “bloqueo” quien le permite alzarse sobre la miseria que él mismo contribuye a generar y eternizarse.


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