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Luis Miguel: “Que yo sepa nunca nadie vino a ver a mi abuela, ni a mí. Mi papá me llevó para casa de mi abuela y eso fue todo (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- Cuando Luis Miguel cumplió el primer año de edad, Edelia, la madre, cedió la custodia a la abuela materna del niño. No lo hizo mediante un proceso legal sino, simplemente, dejó que esta se lo llevara a su casa de Contramaestre, en Santiago de Cuba.

Luis Miguel, que hoy tiene 20 años y vive ilegalmente en La Habana, volvió a ver a su mamá solo después que cumplió los 8 años y porque un primo se la señaló en la calle.

Ya el infante no vivía con la abuela, que había fallecido, sino con una tía que lo obligaba a pedir dinero por las calles de Santiago.

“Fue en unos carnavales. Ella estaba tomando cerveza en un banco del parque, como a tres cuadras de la casa de mi tía. Esa es la única imagen que tengo de mi madre”, cuenta Luis Miguel, cuya historia de abandono es muy similar a la de muchos otros jóvenes que han debido crecer y madurar siendo aún niños.

Alberto, un joven holguinero de 22 años, también fue criado por la abuela, y más tarde por un vecino, cuando perdió a la madre debido al cáncer.

En su caso, como en el de Luis Miguel, no hubo ningún tipo de proceso legal para determinar y adjudicar la custodia, como tampoco se les proporcionó atención psicológica por las instituciones de salud y de atención a la infancia para ayudarlos a lidiar con la orfandad.

“Que yo sepa nunca nadie vino a ver a mi abuela, ni a mí. Mi papá me llevó para casa de mi abuela y eso fue todo. (…) Cuando mi abuela se enfermó comencé a comer en casa de un vecino, después me fui quedando a dormir y allí es que vivía. (…) Nadie nunca me preguntó qué pasaba. Es que eso es muy normal. Sobre todo en el campo, que las abuelas o un vecino se queden con un niño y lo críen, eso es muy normal”, dice Alberto que, dueño de una hoja de ruta muy similar a la de Luis Miguel, con apenas 18 años de edad decidió arriesgarse solo en La Habana y se fue involucrando en el mundo de la prostitución y de las pandillas asociadas.

Según la abogada Tatiana Reyes, los procesos de adopción son comunes en Cuba y existe una legislación al respecto, aunque no son frecuentes ni existe un conocimiento generalizado y profundo entre las personas sobre cómo iniciar uno:

“No es un proceso fácil ni rápido pero es posible adoptar, siempre y cuando se cumplan una serie de requisitos que incluyen el grado de integración de los padres al proceso revolucionario, si pertenecen a las organizaciones de masas y participan en ellas activamente (…). Entre los obstáculos también estaría el estado civil de la persona, aunque se ha dado el caso de mujeres dirigentes al principio de la revolución que adoptaron siendo solteras, pero eso son casos excepcionales, como el de Pastorita Núñez, por ejemplo. Pero hoy en día no puedes adoptar siendo soltero, tendrías que casarte legalmente con una persona del sexo opuesto. Incluso el niño que adoptes deberá tener rasgos afines a la pareja como color de la piel, de los ojos, el pelo, es decir, una pareja de personas de piel blanca no puede adoptar a un niño negro, ni mulato (…). Estas son cosas que hacen de la adopción un proceso muy difícil en Cuba”, comenta Reyes.

Aunque, evitando una confrontación con las autoridades cubanas, pocos se atreven a hablar sobre el asunto, se sospecha que los procesos de adopción ocurren de manera clandestina e incluso con la mediación de actos de compraventa, como el ocurrido recientemente en el municipio Cerro, en la capital.

Para Ezequiel González, abogado, casos como el citado no abundan en Cuba debido a que existen estrictas regulaciones sobre el tráfico de menores, no obstante, no descarta la existencia de procesos encubiertos donde las razones económicas se imponen y donde incluso se llega a manipular la legalidad:

“Nadie que no sea con el consentimiento del padre y la madre podría sacar un menor del país, de modo que eso hace imposible que un extranjero o una persona que reside fuera pueda llevarse un niño fácilmente. (…) Dentro de Cuba es otra cosa, existen irregularidades, pero tampoco llueven los casos porque la tendencia es a una reducción de la familia, a la baja natalidad por razones económicas, de modo que serían pocos los casos de adopción”, considera Gonzales.

Sin embargo, para la Máster en Psicología Denissé Tamayo los casos de adopción ilegal ocurren incluso cuando la persona que adopta no es totalmente consciente de ello:

“Las familias cubanas en los últimos 50 años se han visto afectadas por fenómenos diversos como la emigración y todas sus variantes, los bajos ingresos, la falta de vivienda, las misiones médicas y de guerra fuera de Cuba. En cuanto a las migraciones, están las externas y las internas. Mujeres que son madres y que se casan con extranjeros y se marchan del país a iniciar una vida nueva, alejadas de sus hijos; gente que vive en el campo, donde las condiciones de vida son terribles y vienen para La Habana a luchar, como sea, para sus hijos que han quedado atrás con abuelos, amigos. (…) Y están las misiones de larga duración que las familias asumen como una opción de mejoría económica. (…) Las familias cubanas, y digo el término en plural porque ya no existe un único modelo, sufren una fragmentación y los niños quedan a merced de terceros. (…) Se dan casos de compraventa de niños sin que se sea consciente de ello, por ejemplo, conozco un caso de una abuela que pagó 200 dólares a la hija, una cualquiera, para poderse quedar con la nieta, para llevársela para la casa. ¿Es o no es una compraventa?”, opina Denissé.

La abogada Tatiana Reyes tiene varias anécdotas sobre personas que han adoptado de manera irregular:

“Lo usual en Cuba es que nadie diga nada y todo transcurre muy natural. Llega el niño a la casa, casi siempre la de una tía, una abuela, una vecina que es casi como de la familia, y todos lo acogen. Nadie ve necesario iniciar un proceso, mucho menos ahora donde está la posibilidad de testamentar, donde no necesariamente son los descendientes consanguíneos quienes pueden heredar una propiedad. (…) Aquí surgen otros fenómenos, sobre todo con esa madre que se marcha y deja atrás a sus hijos y la familia los toma como verdaderos rehenes, son la garantía de una remesa, y a veces es el niño quien menos se beneficia con el dinero que él mismo genera. (…) Hace poco aquí en Centro Habana se dio el caso de una abuela que prostituía a la nieta, la madre de la adolescente, una jinetera que se casó con un italiano, también era consciente de lo que pasaba. (…) También ha habido casos de mujeres que, por heredar una casa, regalan a sus hijas a viejos pervertidos, las casan por dinero, eso es abundante aquí en La Habana, ir al campo a buscar muchachitas de 14, 15 años, niñas silvestres, y traerlas para La Habana con el consentimiento de sus padres, eso es muy común. (…) Puedes salir a la calle y te encontrarás miles de historias de horror”, considera Reyes.

Mientras converso con Luis Manuel y Alberto y los convenzo de revelar esas historias personales que ocultan tras las máscaras de chicos a los que solo les importa pasarla bien en una discoteca o vistiendo ropas a la moda, me doy cuenta que les resulta difícil definir qué cosa es para ellos la familia, una palabra que con el tiempo se les ha convertido en sinónimo de abandono.

Hace dos años que Luis Manuel se convirtió en padre pero, aunque porta una foto de su pequeño en la billetera, apenas lo ha cargado en brazos una sola vez. La madre del niño tampoco lo hecho en mucho tiempo. Vive y trabaja en las calles de La Habana junto a Luis Manuel mientras el hijo de ambos crece a la precaria sombra de una abuela, allá lejos, en Santiago de Cuba.

Alberto, en cambio, no piensa en tener hijos ni formar una familia: “No quiero que venga al mundo a pasar el mismo trabajo que he pasado yo. Tengo 22 años y ya siento que soy un viejo de 100. Mis amigos son mi familia, y creo que ni tengo amigos”, dice Alberto mientras me pide con un gesto de la mano que deje de grabar.


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