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El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) Nuestros gobernantes insisten en que tenemos la obligación de sostener y mejorar “las conquistas de la revolución y el socialismo.

Lo primero que debemos precisar es cuáles son esas conquistas de las cuales habla el gobierno.

Durante 58 años el ejercicio de este régimen ha sido negativo en casi todos los aspectos. A saber:

– Contamos una vez con la mayor fortuna de la historia, mucho mayor que el PIB de varias naciones por treinta años (1960-1990), y no se aplicó en generar bienestar o riquezas para nuestro pueblo, sino que se gastó en guerrear y en pretender hacer una muy mala política de superpotencia con título arrendado.
– Destruimos toda la incipiente industria en desarrollo que heredamos del régimen anterior, incluyendo la gran producción azucarera.
-Dejamos deteriorar por abandono toda la infraestructura urbana hasta un punto donde ya no es posible rescatarlas si no es con buldócer, mandarria y mucho dinero.
– En lo rural no se aprecia nada mejor: marabú, tierras mal cultivadas, o invadidas de yerbas.
– Una administración estatal ineficiente que no logra sacar al país de la bancarrota y la quiebra económica, con una deuda externa impagable.
– Mantenimiento a ultranza de un sistema socioeconómico nada transparente, donde con el pretexto de una inminente amenaza exterior se invierten decenas de miles de millones de dólares sin beneficios para una población que literalmente pasa hambre y con un nivel de vida muy precario en la actualidad.
– Un sistema de salud único ineficiente y muy deteriorado, con un tercio de su personal laborando en el exterior (más de veinte mil médicos) para generar ingresos al gobierno (unos ocho mil seiscientos millones de dólares anuales).
– Un sistema educativo general y también único, poco flexible en cuanto a métodos, reglamentos y estructura, el cual ha propiciado una educación deficiente sostenida, al punto de que se pueda considerar a la última generación como analfabetos funcionales y digitales, que en su mayoría no serían capaces de redactar una sencilla carta o leer en alta voz un discurso fluido.
– Un Estado técnicamente quebrado y en ruinas, incapaz de satisfacer las más elementales necesidades de la población o de organizarse y actuar de modo eficiente, superando los inconvenientes internos y externos, los cuales transforma en justificantes universales ante su probada ineptitud.
– Un altísimo desempleo que intenta ser paliado incentivando de palabra el autoempleo, sin generar las más mínimas condiciones prácticas materiales (exención de impuestos, mercado mayorista, etc.) y regido por leyes y decretos leoninos que no estimulan o permiten el desarrollo empresarial.
– Descontento creciente de la población por décadas de míseros salarios que no alcanzan para la satisfacción de las necesidades más inmediatas mínimas de una persona.
-Pésimo abastecimiento y sistemas de servicios, gran burocracia parásita.
– Grave tendencia al decrecimiento poblacional debido a los escasos nacimientos, proliferación de nuevas enfermedades peligrosas y letales, altísima emigración legal e ilegal a pesar de las nuevas leyes migratorias, agravado este aspecto por un envejecimiento poblacional aterrador, una situación con escasas posibilidades de revertir, ni siquiera frenar, en las actuales condiciones.
– Un gobierno conocedor de la situación pero enfrascado en cambios superficiales, lentos e ineficientes, que a casi nada han conducido hasta hoy, solo a un empeoramiento de los problemas y a un alargamiento de la agonía de un pueblo obligado a través de la propaganda, la fuerza y la intimidación, a presenciar la muerte traumática de un sistema social, económico y político que no logró demostrar su eficacia, sin haber aprovechado un período de más de medio siglo de gobierno, hoy viciado por la corrupción, la lentitud, la ineficiencia, la abulia, y la presencia de una clase política y burocrática cada vez más enriquecida, ciega a la difícil realidad que los rodea y supera, generando hoy grandes y visibles diferencias sociales que siempre arguyó combatir.

Por todos estos y muchos otros crueles argumentos posibles de esgrimir legítimamente, ¿se podría convocar hoy con vergüenza a una marcha del pueblo, un acto de repudio, una asistencia nutrida a una reunión de rendición de cuentas del delegado del Poder Popular?

Aun así, todavía hay quien asiste voluntariamente. A ellos les preguntaría: ¿Qué le podemos mostrar a la juventud como válido para su futuro? ¿Con cuál andamio sicológico o conjunto de ideas podemos sostener una ideología que a todas luces no logramos hacer producir ni amor, ni convencimiento, ni bienes materiales? ¿Qué usted puede argumentar para que una población harta, llena de cuestionamientos que no encuentran eco en los medios nacionales propiedad del gobierno, que no ve mejoría sino retroceso, cuando todos los planes que se implementan desde arriba fracasan uno tras otro y a todas luces parecen equivocados e insuficientes desde su misma concepción? ¿Qué puede usted hacer para convencernos de que este sistema es viable?

¿Hasta cuándo podemos tolerar el sistema actual de prueba y error sin causar aún más daño a la sociedad si hasta hoy, en todos los órdenes de la vida solo hemos tenido fracasos? ¿Cuánto tiempo futuro nos tomará para que nuestra economía deje de operar con números rojos?

A la hora de evaluar, despojémonos de slogans, adoctrinamientos, órdenes gubernamentales, o requerimientos partidistas, sobre si nuestra situación debe continuar en lo mismo, ralentizando el proceso decisorio con adornos cambiarios que prometen mucho y nada aportan.

¿Qué puedo esgrimir si yo deseara defender a este sistema que no pase más allá del mero sustento del deseo, la mera volición, para generar una retórica bonita para el pueblo y por el pueblo, cuando ese pueblo está padeciendo sostenidamente ya por demasiado tiempo?

Cambiamos de verdad o existe el peligro de que en este país se genere una explosión social violenta de catastróficas consecuencias. La carga negativa ya lleva más de medio siglo acumulándose y ya no encontramos argumentos, ni siquiera en el arsenal de los llamamientos patrióticos, la dignidad, etc., conceptos altruistas y bonitos, pero que hoy suenan como palabras huecas por el exceso de uso y la realidad desgarradora.

Cuando un agente de la Seguridad del Estado arremete contra un disidente, un policía detiene a un objetor de conciencia, un jefe expulsa de su trabajo a un empleado por sustentar criterios contrarios o diferentes a los oficiales, cuando no se publican los cuestionamientos a la realidad inmediata, etc., ¿qué defendemos? ¿Esta miseria?

¿Puede usted argumentar algo diferente? ¿Qué va a argüir que nos convenza y que ya no haya dicho miles de veces y sin resultados aceptables?
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro


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