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Arroyo Naranjo, La Habana, Luis Cino (PD) Las medidas con respecto a Cuba anunciadas por el presidente Trump en Miami el pasado 16 de junio han sido sobrevaloradas. Han primado las emociones, la exageración, y no se ha prestado demasiada atención a sus reales alcances –los que están más allá del wishful thinking- y los costos para las partes involucradas.

A los asistentes al acto en el teatro Manuel Artime, olvidados de la prudencia política, se les fue la mano en la euforia y el entusiasmo. Van a pagar un precio por ello. Y no era para tanto. Después de todo, Trump hizo menos de lo que esperaban los más radicales. En eso, fue más sensato y prudente que ellos. ¿Imaginan si Trump hubiera cerrado las embajadas, roto las relaciones y limitado las remesas y los viajes de los cubano-americanos? ¿Habrían mostrado el mismo regocijo? Pues entonces, habría sido la ocasión perfecta para que el régimen castrista los presentara como enemigos del pueblo cubano, gozosos de sus penurias.

Aun así, con lo que hubo, el régimen los presenta como tales. Y también como anexionistas, terroristas, batistianos (¡a estas alturas!) y otros piropos. Era de esperarse. Por eso, no se les podía regalar argumentos para la algarabía que era sabido que armarían los propagandistas de la dictadura. Hubiera sido preferible que las banderas norteamericanas en el teatro hubiesen sido tantas como las cubanas, que también se hubiera escuchado el himno cubano, que Trump dosificara la retórica y los asistentes el júbilo.

Los opositores que viajaron de Cuba para asistir al acto debieron tener en cuenta que sus actitudes allí serían usadas en su contra. Y no lo digo solo por la represión, que no dudo que ahora será peor, sino porque les granjeará animadversión entre un amplio sector de la población cubana, desinformado por las paparruchas del Granma y el NTV y que todavía, de una forma u otra, se deja manipular por el régimen, máxime cuando les inducen a creer que sus bolsillos, y por ende, sus estómagos, se verán afectados.

Por estos días he escuchado en la calle los comentarios de zoquetes y musulungos que lloran por los dólares que perderá GAESA –ellos dicen “el país”- a causa de los turistas norteamericanos a los que se les hará más difícil venir a Cuba. De ese dinero, ni un centavo iba a ser invertido en beneficio del pueblo, pero la propaganda del régimen los convenció de que tienen que llorar y mostrarse indignados ante esta “nueva agresión del imperialismo yanqui”.

El régimen, más que indignado, está aprovechando esta coyuntura para volver al atrincheramiento y al cierre de pestillos. En definitiva, es en el terreno en que más cómodos se mueven. No pueden estar sin la animosidad del enemigo. Lo demostraron cuando desperdiciaron todas las oportunidades que tuvieron con Obama. Lo que hicieron fue asustarse, más de lo que se han asustado ahora con los anuncios hechos por Trump. Son lo suficientemente matreros como para buscar la forma de arreglárselas y convertir a Gaviota y las demás dependencias de GAESA en empresas civiles, y disfrazar a los jingshangs (empresarios militares) de cooperativistas, emprendedores, cuentapropistas, o cualquier otra cosa que les permita seguir recaudando dólares.

Respecto a las trabas a los norteamericanos para viajar a Cuba, Trump dejó intactos los viajes en grupos. Esos son los que más benefician al régimen castrista y le son más fáciles de manipular. Esos viajeros se hospedan en los hoteles y apenas tienen contacto con los cubanos de a pie en las visitas dirigidas a instituciones culturales, educacionales y sitios de interés histórico, o sea, a las aldeas Potemkim preparadas al efecto. Luego, se van hablando maravillas de lo que vieron en Cuba, que fue lo que el régimen quiso que vieran.

En cambio, se les dificultará viajar a Cuba a los estadounidenses que pretendan hacerlo de forma individual, como turistas, que son los que generalmente, para ahorrar dinero y conocer mejor a los cubanos, se hospedan en casas, comen en paladares y se desplazan en almendrones.

Les va a ser difícil asimilar el golpe a los dueños y empleados de las paladares y los hostales y a los que alquilan sus carros para transportar a los turistas. Con estas medidas de Trump se hará más remoto el empoderamiento del sector privado. Ese era uno de los pivotes principales de la política hacia Cuba de Obama. Y como Trump está obsesionado con borrar completo el legado de Obama…

Trump no hallará modo de fortalecer al sector privado en Cuba. No lo hay, al menos en las actuales circunstancias. Ni Obama ni Trump han comprendido que en un régimen totalitario como el que hay en Cuba existen mecanismos que imposibilitan la conformación de una clase adinerada de propietarios, independiente del estado y que eventualmente pueda aspirar a reformas políticas. ¿Acaso no les está expresamente prohibido a los cubanos acumular propiedades y capital?

Los cubanos no acabamos de convencernos de que para conseguir la libertad y la democracia, lo principal depende de nosotros, y seguimos culpando a Kennedy, a Obama y esperando milagros de Trump.

Visto el relativamente poco alcance de las medidas de Donald Trump, que el régimen vuelve al discurso de plaza sitiada, que los ortodoxos y retranqueros del régimen han salido fortalecidos, que se vislumbra un incremento de la represión contra los opositores, y que Trump, cumplidos sus compromisos con los políticos cubano-americanos, tan ocupado como está, en largo rato volverá a ocuparse de Cuba, ¿hay motivos para el optimismo? Ustedes me disculpan, pero yo no los veo.

Fotorama: President Donald Trump I am cancelling Obamas deal with Cuba. Youtube
luicino2012@gmail.com; Luis Cino


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