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Recuento tardío de una decepción anunciada
Las modificaciones presentadas por Trump a la política del gobierno
estadounidense con respecto a Cuba mejoran la apertura del expresidente
Obama
Alex Heny, Nueva York | 19/06/2017 9:05 am

Finalmente, Trump llegó a la Pequeña Habana.
Llegó, además, a un teatro, nombrado Manuel Artimes, ese que fuera el
líder político de la invasión de Playa Girón.
Por qué lo llevaron allí, y no a otro lugar de la bella y húmeda Miami,
no lo sé a ciencia cierta.
Pero es posible asumir, sin temor a equivocación, que los organizadores
de la visita, los senadores y representantes cubanoamericanos de la
Florida, quisieron montar un escenario apropiado para la supuesta
aniquilación de la política obamense, esa que acercó tanto a Cuba y
Estados Unidos que casi aplasta en aquel torpe abrazo al conflicto que
alimenta odios, empresas, castrodiscursos, estériles debates, y en no
última instancia, a las propias carreras políticas de los anfitriones
del presidente Trump.
Allí pues, en aquel teatro, símbolo de la guerra civil y desunión
cubana, le esperaba de lo más rancio y vocinglero del anticastrismo;
también aguardaban algunos disidentes —de por qué esos, y no otros
también, es tema para otra parrafada—, y una pléyade de políticos;
algunos miameros, Rubios, Balarts, más el anodino vicepresidente Pence,
y otros que, siguiendo lo que parece se va convirtiendo en penosa
tradición, se deshicieron en loas al Presidente, alabando desde su
sapiencia hasta su generosa presencia en nuestras vidas.
Aquelarre politiquero, más mitin electoral que acto presidencial, hubo
allí de todo como en botica republicana. Pase de lista en tortuoso
español, estrechones de mano, agradecimientos, una extraña anécdota y
hasta un violinista que atormentó por un par de minutos a The
Star-Spangled Banner, antes de desvanecerse en medio de una ovación de
entusiasmado alivio.
Cabalgó Trump en la cresta de la ola de su audiencia, disfrutó cada
segundo de la escasa hora que allí permaneció; se bebió cada aclamación,
cada gesto aprobatorio de su gestión, apuró hasta el último chillido
patriótico del violín.
De aplauso en aplauso, de vítor a grito, llegó la apoteosis, la firma de
las nuevas disposiciones del Gobierno de Estados Unidos que regirán la
política de nuestro país hacia el Gobierno de Cuba durante los próximos
tres años y unos meses, y por cuatro años más después de ese plazo, si
es que logra el presidente rebasar el 35 % de aprobación en el cual está
sumido hace ya buen rato.
Y se terminó el acto.
De los que allí estuvieron, y de los que siguieron el acontecimiento a
distancia, muchos no entendieron que lo que acababan de presenciar había
sido solo una bravuconada trumpera, una arenga belicosa declamada a la
medida de ese público, alpiste para aves de conflicto.
Que les habían restregado en los rostros congestionados un trozo caduco
de Guerra Fría, y eso no les dejó ver que, en realidad, los mayores y
más importantes componentes de la política del expresidente Barack Obama
hacia Cuba habían sobrevivido a las expectativas, esperanzas, y temores
de todas las partes.
Prólogo al Teatro Artimes
Durante las últimas semanas la comidilla en la red social cubana había
sido qué iba a hacer Trump con respecto a Cuba y la bonanza usa-cubana
heredada de Obama. Qué se eliminará, nos preguntábamos, cuánto de ello,
y, ya que se sabía el dónde —Miami—, cuándo sería.
El viernes, la siguiente semana, la otra, el lunes, no, el siguiente
viernes; así nos fuimos aproximando al 16 de junio, abriéndonos camino
entre especulaciones, fragmentos de declaraciones —semioficiales,
oficiales—, la desinformación de “MartiNews” y sus “reporteros”
hiperpolitizados, y las opiniones de los expertos de las redes sociales
oficialistas cubanas, para-oficialistas, opositores, independientes y
para-independientes.
El hecho es que, para la mañana del viernes 16 de junio de 2017, ya cada
agencia noticiosa de importancia había publicado la lista detallada de
los cambios que Trump anunciaría de manera oficial al mediodía de ese
mismo día en el teatro Manuel Artimes de La Pequeña Habana.
El mismo teatro, oportuno mencionar, donde hace unos años se presentó
Buenafé, ese grupo cliente de la UJC, escalinatas y la castromilitancia.
Los símbolos, debe saberse, ya no son lo que eran.
Con tanta información disponible entonces, de estar prestando atención,
el lector informado ya sabría a qué atenerse antes que el Air Force One
aterrizara en el aeropuerto de Miami y, salvo algún cambio atribuible a
—al decir de James Comey— “the nature of the person”, todo estaba dicho
y escrito.
Sin embargo, a malos entendedores…
Los de aquí
Entre todo lo alucinante visto y escuchado el pasado viernes está, en
primer lugar, precisamente lo sucedido en el teatro Manuel Artimes:
La hipnosis colectiva de una multitud trumpista, cubanoderechista,
radical, aplaudiendo, frenética, al Presidente mientras éste, entre
amenazas y promesas traídas de la Guerra Fría, dejaba prácticamente
intacta la política de Obama hacia Cuba.
Los de allá
Cry ‘Havoc!’, and let slip the dogs of war.
Una parte de la disidencia cubana vio la apertura promovida por Obama
como una losa que le colocaban encima.
Para disidentes como Antonio Rodiles y Ailer González Mena, asiduos
asistentes a eventos y convocatorias anti castristas en Miami —también
estaban en el teatro Artimes— no se trató sin embargo de quitarse de
encima esa losa; se trataba de pulverizarla, y dejar que un viento de
ira dispersara el polvo.
El discurso de esos disidentes, de probado coraje, y alineamiento con
las posiciones más radicales que los ha separado de otros importantes
actores de la oposición cubana, ha sido a favor de la aniquilación de
cualquier cosa obámica; tabula rasa, que venga el bloqueo, que regrese
la confrontación, borrón y cuenta vieja. Havoc, babe, cry havoc.
Sus expectativas, el frotar de manos que se pudo apreciar en cada tweet,
en cada declaración, en cada escrito anticipando la masacre que,
suponían, desataría Trump en su discurso del pasado viernes, no fueron
cumplidas, a pesar de que González Mena escribiera en su cuenta de
Facebook que el discurso de Trump fue “coquito con mortadella”.
Entendieron lo que quisieron entender.
Entre dos aguas
No quedaron a la saga las voces del tardocastrismo, como llama a esta
etapa post fidelista mi amigo Carlos Cabrera.
Quizás la más relevante, por su visibilidad e inmediatez, fue la de
Elaine Díaz Rodríguez, periodista y líder del proyecto Periodismo de Barrio.
Justo al terminar el discurso del presidente Trump, Díaz Rodríguez
publicó, de manera simultánea en varios sitios digitales —en Facebook,
en su blog La Polémica Digital, en la revista Factum y en Global
Voices—, una “carta a Trump”, una suerte de bala que ya esperaba en el
directo a la última palabra del discurso de Trump para ser disparada.
Aparentemente precocida, y hasta traducida al inglés, lo cierto es que
la “carta” merecía una buena revisión que le secara lágrimas, le soplara
los mocos, y le quitara ese sonido tan a lo Granma; para que fuera más
apegada a la realidad de lo sucedido, vamos. Más elegante, pues.
Pero en este caso no parece ser importante la realidad, sino la opinión.
Quizás los dos puntos más interesantes de la “carta” son el elogio al
coraje del presidente George W. Bush (!¡), y el deja vu fidelcástrico
con que termina la combativa misiva: “nuestra dignidad sigue intacta”,
dice, y donde dignidad suena, inevitablemente, como dignidá.
Elaine, quizás porque se anticipó, pareciera no haber entendido.
“¡Qué pluma!”, dejó dicho en un comentario Ernesto Londoño, el
periodista colombiano del New York Times experto en asuntos cubanos, que
tampoco entendió nada.
Y hablando de quiénes no quieren entender…
¡Señores Imperialistas, aquí no queremos entender absolutamente nada!
De la “Declaración del Gobierno Revolucionario”, publicada en la prensa
cubana el 17 de junio de 2017.
“Los cambios que sean necesarios en Cuba, como los realizados desde 1959
y los que estamos acometiendo ahora como parte del proceso de
actualización de nuestro modelo económico y social, los seguirá
decidiendo soberanamente el pueblo cubano.
Como hemos hecho desde el triunfo del 1ro. de enero de 1959, asumiremos
cualquier riesgo y continuaremos firmes y seguros en la construcción de
una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y
sostenible.”
Un mejor trato
Pero dejemos a un lado la retórica del presidente Trump, el discurso
agresivo de Balarts y Rubios, la reacción de los tardocastristas, las
ansias de la disidencia radical, la socatez del discurso oficial cubano.
Nada de ello es particularmente importante.
Lo importante es que la proposición del presidente Trump, dirigida a
evitar que el dinero americano fluya hacia las arcas de los militares
que controlan la industria turística cubana, es un paso correcto.
También insistir en que, en este casi post-raulismo, haya una apertura
democrática, que cese de una vez la represión, que se liberen a los
prisioneros políticos, es algo decente, necesario, si bien no es
consecuente en lo absoluto: no he visto en ninguna parte un reclamo
semejante a China, ni una prohibición a ciudadanos americanos a viajar,
mucho menos a negociar, con ese país.
Sin embargo, las modificaciones presentadas por Trump a la política del
gobierno estadounidense con respecto a Cuba mejoran la apertura del
expresidente Obama, que se sabe entregó mucho a cambio de nada.
Conservando los elementos positivos de las medidas del expresidente
Obama, el llamado del presidente Trump a usar los servicios de la
iniciativa privada en Cuba, la no afectación en lo absoluto de la
movilidad de cubanos de uno y otro lado del Estrecho de la Florida, o
del envío de remesas; la permanencia de las embajadas, y por ende la
relación entre ambos gobiernos y de los canales expeditos de
negociación, hablan de una actitud firme pero a la vez todavía
constructiva del Gobierno de Trump con respecto a Cuba.
Hablan, y lo entendimos muchos, de un mejor trato, no para el Gobierno
de Cuba, claro que no, pero sí para los cubanos.
Y eso, entiéndase, es lo importante.

Source: Recuento tardío de una decepción anunciada – Artículos – Opinión
– Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/recuento-tardio-de-una-decepcion-anunciada-329745


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