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Fidel Castro (der.) junto a su hermano Raúl (Getty)

LA HABANA, Cuba.- Llevo mucho tiempo con el deseo de contar una historia que seguramente muchos no la sepan. Ahora mi viejo amigo y colega Ciro Bianchi Ross me ha dado la idea, al publicar en Juventud Rebelde una crónica sobre Carlos Rafael Rodríguez, un destacado comunista del siglo pasado, famoso por su polémica “de faldas” con Joaquín Ordoqui, algo que Ciro, amante del costumbrismo y de riesgosas historias periodísticas, es incapaz de contar.

Ocurrió una mañana de enero de 1952, en el seno del local del Partido Socialista Popular (PSP), la organización de los comunistas cubanos, disuelta en 1960. Aquel día, a puertas cerradas, se reunió durante largas horas la plana mayor del PSP, para analizar por qué la señora Edith García Buchaca pretendía divorciarse de Carlos Rafael para casarse con su amante.

El amante era nada menos que Joaquín Ordoqui, el más aguerrido comunista de aquellos tiempos, un hombre que, de solo mirarlo —decían—, inspiraba más que respeto.

Aun así, la bronca comenzó con una amenaza del esposo ultrajado: “Te voy a pegar un tiro. Me has ofendido de muerte”.

Pero Ordoqui, sereno y seguro de sí, le respondió: “No me hagas reír, muchacho. Tú sabes bien para qué servimos aquí cada quien y tú no sirves para dar balazos”.

El Secretario General, Blas Roca, que escuchaba atento los alegatos de los tres dirigentes comunistas implicados en el conflicto conyugal, le reprochó a Edith que se enamorara como una colegiala, sin importarle su posición en el partido, su pensamiento político, su esposo, sus hijas, mientras el resto de los dirigentes, Juan Marinello, Nicolás Guillén, Flavio Bravo, Manuel Luzardo, Salvador García Agüero, Lázaro Peña, Aníbal Escalante, su hermano César y otros, escuchaban en silencio, fumando con vehemencia.

La reunión se prolongó hasta el mediodía. Salían a relucir las discrepancias políticas entre los jefes, sobre todo las de Jorge A. Vivó contra Ordoqui.

Luego de seis horas, Carlos Rafael, al borde de la desesperación, lejos de parecer un pensador agudo, un diplomático de lujo, un hombre brillante, un economista de fuste, como lo calificó Bianchi, se levantó iracundo y exclamó con los ojos hinchados de dolor: “¡He sido burlado en mi honor de hombre por dos miembros de la dirección. Exijo que ambos sean expulsados del Partido!”

Todo lo que ocurrió después pueden imaginarlo. Los dos rivales, a punto de empuñar sus pistolas, fueron sujetados, mientras Carlitos, un joven muy asustado, entraba al salón con una bandeja de tazas con café. Cuando salió, exclamó preocupado a un chofer que esperaba en la puerta: Los patrones tienen problemas.

Aquella reunión, que no le encuentro calificativo, seguramente no fue la primera, ni la última, donde se ventilaron los trapos más pecaminosos de la intimidad, en su afán porque imperara la moral ortodoxa entre ellos.

Durante los primeros tiempos de la dictadura comunista de los hermanos Castro, también se celebraron reuniones similares.

Cientos de reuniones.

Una no tan vieja costumbre de estos seres que Dios trajo al mundo para, ya en el poder, apoderarse de lo bueno que otro trabajó.

Muchas de aquellas reuniones se conocieron, otras quedaron en el olvido. Así hasta un día que no se celebró ni una más, un día que no pudiéramos precisar.

Teníamos de líder máximo a un sempiterno enamoradizo y como la Seguridad del Estado siempre trató de mantener ocultas sus relaciones con mujeres, incluso con extranjeras, nadie, ni siquiera los ministros reunidos en pleno, hubieran podido reprocharle a Fidel sus aventuras amorosas, en bien de la moral que pregonaba el gobierno.

Hasta los cantantes compusieron melodías con el tema de la “titimanía” -personajes militares y civiles entrados en años con jovencitas-, y de cayos y yates salían comentarios sobre las féminas de Fidel, ya fuera en tierra o en mar.

Fue así que, sin darse cuenta, el Iluminado dio luz verde a la libertad sexual del pueblo —quizás no todos se lo agradezcan— y se le hiciera rechazo al matrimonio ante notario, justamente porque ese tipo de casamiento no era cosa de proletarios. Tampoco de líderes máximos, como se lo dio a entender a Oliver Stone, durante una entrevista.


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