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Para Ricardo, las guaguas son para los perdedores que no han sabido “luchar” y triunfar (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- A Ricardo se le ha creado un problema.

Hace diez años que es actor de teatro. Fue lo que estudió, siguiendo su vocación. En todo ese tiempo asistió puntualmente a los ensayos y actuaciones. Cuando lograba atrapar un ómnibus, viajaba unos treinta minutos. Si sumamos el tiempo de espera, tenía que contar con alrededor de una hora.

A principios de cada mes le pagaban su mísero salario, que le alcanzaba para muy poco. Le pasaba, pues, lo mismo que al resto de los cubanos que trabajan para el Estado. Tratando de abrirse nuevos horizontes, se presentó a un casting de la televisión y lo aprobaron para interpretar un personaje en una telenovela. No era uno de los principales protagonistas, pero aparecía en la mayoría de los capítulos.

A partir de ahí, lo empezaron a reconocer y saludar. Primero fueron los vecinos cercanos, que antes no siempre le daban los buenos días. Después fueron los de barrios más alejados. Lo mismo pasó con dependientes de los comercios que frecuentaba. Notó a veces que algunas personas ajenas lo miraban fijamente, como pensando: “A éste yo lo he visto en alguna parte”. Lo mejor fue que muchachas desconocidas comenzaron a sonreírle en la calle.

A partir de ahí, Ricardo sintió que estaba alcanzando el éxito. “Si sigo como voy, en la próxima novela voy a ser el protagonista”, se dijo. Pensó que debía cuidar su imagen un poco más, “para no defraudar a su público”, y también para interesar a los directores.

Como ahora se siente ganador, ya Ricardo no quiere que sus admiradores de uno u otro sexo lo vean en una guagua. Éstas, en su opinión, son para los perdedores que no han sabido “luchar” y triunfar. Siente que para él sería una vergüenza que lo vieran en una. Por eso ahora monta en taxis.

Claro, como no cobra en divisas, no aborda modernos carros de alquiler individuales, cuyas tarifas él no podría afrontar. Lo hace en los viejos taxis colectivos que siguen una ruta fija. Se trata de los llamados “almendrones”. Son autos norteamericanos de 60 o 70 años atrás, aunque han sufrido tantas adaptaciones que sus mismos diseñadores no serían capaces de reconocerlos.

Se les llama “boteros” y cuestan 25 veces más que el ómnibus. Una carrera importa el salario de un día de trabajo aproximadamente. Esto, cuando hacen el recorrido habitual completo, porque cuando escasean más de lo usual, los choferes dicen que no llegan hasta el final, y entonces hay que pagar doble.

Aunque no son baratos para los sueldos que hay en Cuba, estos carros particulares que operan trabajadores por cuenta propia tienen mucha demanda. No resulta fácil montarse en uno, sobre todo temprano en la mañana, cuando Ricardo va para los ensayos. Como vive a mitad de camino, por su casa pasan ya llenos, y cuando alguno se detiene para dejar un pasajero, Ricardo tiene que correr para montarse antes que los muchos otros clientes potenciales.

En ocasiones logra abordar uno con relativa rapidez, pero la mayoría de las veces no. Además, como estos carros tienen su ruta fija, lo dejan a no menos de 11 cuadras de su trabajo. Ese kilómetro tiene que recorrerlo a pie.

Ya Ricardo extraña los tiempos en que iba colgado por fuera en una guagua y nadie se fijaba en eso. Cuando podía andar sin peinarse y no lo miraban. Hasta añora la época en que las mujeres jóvenes no le enseñaban tanto los dientes. En definitiva, no por ser conocido le han subido el salario. Así que cuando ellas le sonríen, él se limita a hacer lo mismo, pues no tiene ni para invitarlas a un helado.

Ricardo pertenece ahora a otra categoría. Él siente que es un ganador y, como tal, gasta todo su salario en taxis colectivos.


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