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“Vivimos entre ilusiones y miedos”
En un campamento en medio de la nada, 124 cubanos esperan por una
decisión sobre su estatus legal en Panamá.
MARIO J. PENTÓN, David (Panamá) | Junio 23, 2017

El verde parece colmarlo todo en Chiriquí, la provincia del occidente
panameño en que el Gobierno aloja a 126 indocumentados cubanos en un
campamento en la región de Gualaca. La quietud de la mañana en medio de
los pinos descomunales que crecen en las faldas de las montañas solo se
ve interrumpida por las picaduras de los insectos, una verdadera tortura
al alba y al anochecer.

“Este lugar es hermoso, pero todo cansa, el limbo cansa”, dice Yosvani
López, un cubano de 30 años que llegó a Gualaca en abril tras pasar tres
meses en el albergue que Cáritas habilitó para los migrantes cubanos en
Ciudad de Panamá.

“A veces nos sentamos a conversar sobre lo que haríamos si pudiéramos
salir de aquí y llegar a otro país. Algunos familiares nos dicen que
están preparando un campamento en Canadá para acogernos, otros te
cuentan que tienen todo preparado para deportarnos. Vivimos así, entre
ilusiones y miedos”, lamenta.

El campamento donde se encuentran los cubanos fue construido por unas
brigadas suizas que en los años 70 hicieron la represa La Fortuna y
tiene 42 hectáreas, en su mayoría ocupadas por bosques y un arroyo. A
una hora de la ciudad más cercana, la humedad es tal que hasta en las
tejas de fibrocemento del techo crecen hongos y plantas.

Junto a las instalaciones de madera, deterioradas por el paso del
tiempo, todavía quedan antenas satelitales, calentadores eléctricos y,
según aseguran los migrantes, de vez en cuando se hallan monedas
extranjeras enterradas en los terrenos baldíos.

López nació en Caibarién, una ciudad en la costa norte de la Isla.
Aunque tuvo la oportunidad de emigrar utilizando una lancha rápida para
cruzar el Estrecho de Florida, prefirió la ruta selvática para evitarse
los siete años sin poder regresar que el Gobierno impone a quienes
abandonan Cuba de manera ilegal.

“Quería regresar antes de los siete años. Tengo a mi madre y mis
hermanas en Cuba”, explica.

Trabajó como chef especializado en mariscos en el hotel Meliá de la
cayería norte de Villa Clara cobrando el equivalente a 25 dólares al
mes. Con el dinero de la venta de la casa de su madre viajó a Guyana y
en Panamá lo sorprendió el fin de la política de pies secos/pies mojados.
“Aquí pasamos las horas entre los chats con nuestros familiares en Cuba
y en Estados Unidos y la búsqueda de indicios en las noticias que nos
digan qué va a pasar con nosotros”, comenta.

Los migrantes que se encuentran en Gualaca no solo carecen de permiso de
trabajo sino que además solo pueden salir del campamento un día a la
semana para ir a Western Union, con previo aviso y acompañados de
oficiales de la policía presidencial, que custodia el sitio. Algunos, no
obstante, han improvisado ventas de café y hasta una barbería. Los
lugareños también montaron una pequeña tienda para abastecer a los
indocumentados de los productos de aseo y golosinas que pagan con las
remesas enviadas por los familiares desde Estados Unidos.

Las autoridades dieron un plazo de 90 días para decidir qué harían con
los 126 cubanos que aceptaron la propuesta de ir a Gualaca. Dos meses
después, la paciencia de los migrantes comienza a agotarse. Se han
reportado al menos unas seis fugas desde que fueron trasladados allí. La
última, ocurrida este lunes, fue protagonizada por cuatro cubanos, de
los cuales dos ya han regresado y otros dos cruzaron la frontera de
Costa Rica.
Desde que amanece, Alejandro Larrinaga, de 13 años, y sus padres esperan
alguna noticia sobre su destino. Rodeado de adultos, solo tiene otro
menor con el cual jugar en el albergue, Christian Estrada, de 11 años.
Ninguno asiste a la escuela desde hace año y medio, cuando salieron de
La Habana.

Alejandro estuvo más de 50 días en la selva y, producto de la
deshidratación severa, padeció epilepsia y convulsionó en varias
ocasiones. “Fue dura la travesía. No es fácil de explicar: una cosa es
contarla y otra vivirla”, dice con una entonación que lo hace parecer
mucho más adulto.

“Tuvimos que ver gente muerta, muchas calaveras. Tuve miedo de perder a
mi mamá y a mi papá”, recuerda. Pero, aunque las lágrimas asoman en los
ojos de su madre mientras él rememora aquellos momentos, ahora dice
sentirse seguro en Gualaca y se pasa los días jugando al ajedrez.

“Quiero ser maestro de ajedrez, que es más que campeón. Algún día lo
lograré”, afirma.

Su madre, Addis Torres, no quiere regresar a la Isla donde no le queda
nada pues las pocas pertenencias que tenía las vendió para reunirse con
el abuelo de Alejandro, que vive en Estados Unidos. Aunque tienen un
trámite de reunificación familiar pendiente en la Embajada de EE UU en
La Habana, la familia no quiere ni oír hablar de regreso a Cuba.

Comen tres veces al día y tienen incluso un programa sanitario que
financia el Gobierno panameño, pero para Torres “eso no es vida”.

“Detenidos, sin futuro, con miedo de regresar a Cuba. Necesitamos que
alguien se compadezca de nosotros y que, en el peor de los casos, nos
dejen aquí”, dice.

Liuber Pérez Expósito es un guajiro de Velasco, un pueblo de Holguín
donde cultivaba ajo y maíz. Tras la legalización del trabajo por cuenta
propia por parte del Gobierno cubano, Pérez comenzó a dedicarse al
comercio e intentó mejorar yéndose a EE UU.

En Gualaca se siente “desesperado” por volver a su tierra, pero tiene fe
en que, al menos, pueda hacerse realidad la ayuda prometida por el
viceministro de seguridad panameño y dejar una puerta abierta para
dedicarse al comercio.

“Estoy aquí en contra de lo que piensa mi familia. Allá (en Cuba) tengo
a mi mujer, mi hijo de nueve años y a mis padres. Ellos quieren que
regrese y me presionan pero estoy esperando la oportunidad para al menos
recuperar parte de los 5.000 dólares que gasté”, dice.

Su suegra, una oftalmóloga que trabajó en Venezuela, le prestó parte del
dinero para la travesía. Endeudado, sin dinero y sin esperanzas, solo
piensa en el momento en que pueda regresar.

“Durante el día no tenemos nada que hacer. A veces jugamos un rato al
dominó, paseamos o nos vamos al arroyo, pero tenemos 24 horas para
pensar en lo difícil que es esta situación y el fracaso que vivimos”, dice.

Liuber se comunica con su familia a través de Imo, una popular
aplicación de videochat para teléfonos inteligentes. “Hace poco que
instalaron la wifi en Velasco y me llaman siempre que pueden”, agrega.

“Ojalá termine pronto esta pesadilla que estamos viviendo. Que pase lo
que tenga que pasar, pero que termine ya”, dice con amargura.

Source: “Vivimos entre ilusiones y miedos” –
www.14ymedio.com/reportajes/Vivimos-ilusiones-miedos_0_2241375845.html


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