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Mario J. Pentón

El verde parece colmarlo todo en Chiriquí, la provincia del occidente panameño en que el Gobierno aloja a 126 indocumentados cubanos en un campamento en la región de Gualaca. La quietud de la mañana en medio de los pinos descomunales que crecen en las faldas de las montañas solo se ve interrumpida por las picaduras de los insectos, una verdadera tortura al alba y al anochecer.

"Este lugar es hermoso, pero todo cansa, el limbo cansa", dice Yosvani López, un cubano de 30 años que llegó a Gualaca en abril tras pasar tres meses en el albergue que Cáritas habilitó para los migrantes cubanos en Ciudad de Panamá.

"A veces nos sentamos a conversar sobre lo que haríamos si pudiéramos salir de aquí y llegar a otro país. Algunos familiares nos dicen que están preparando un campamento en Canadá para acogernos, otros te cuentan que tienen todo preparado para deportarnos. Vivimos así, entre ilusiones y miedos", lamenta.

El campamento donde se encuentran los cubanos fue construido por unas brigadas suizas que en los años 70 hicieron la represa La Fortuna y tiene 42 hectáreas, en su mayoría ocupadas por bosques y un arroyo. A una hora de la ciudad más cercana, la humedad es tal que hasta en las tejas de fibrocemento del techo crecen hongos y plantas.

Junto a las instalaciones de madera, deterioradas por el paso del tiempo, todavía quedan antenas satelitales, calentadores eléctricos y, según aseguran los migrantes, de vez en cuando se hallan monedas extranjeras enterradas en los terrenos baldíos.

López nació en Caibarién, una ciudad en la costa norte de la Isla. Aunque tuvo la oportunidad de emigrar utilizando una lancha rápida para cruzar el Estrecho de Florida, prefirió la ruta selvática para evitarse los siete años sin poder regresar que el Gobierno impone a quienes abandonan Cuba de manera ilegal.

"Quería regresar antes de los siete años. Tengo a mi madre y mis hermanas en Cuba", explica.

Trabajó como chef especializado en mariscos en el hotel Meliá de la cayería norte de Villa Clara cobrando el equivalente a 25 dólares al mes. Con el dinero de la venta de la casa de su madre viajó a Guyana y en Panamá lo sorprendió el fin de la política de pies secos/pies mojados.

"Aquí pasamos las horas entre los chats con nuestros familiares en Cuba y en Estados Unidos y la búsqueda de indicios en las noticias que nos digan qué va a pasar con nosotros", comenta.

Los migrantes que se encuentran en Gualaca no solo carecen de permiso de trabajo sino que además solo pueden salir del campamento un día a la semana para ir a Western Union, con previo aviso y acompañados de oficiales de la policía presidencial, que custodia el sitio. Algunos, no obstante, han improvisado ventas de café y hasta una barbería. Los lugareños también montaron una pequeña tienda para abastecer a los indocumentados de los productos de aseo y golosinas que pagan con las remesas enviadas por los familiares desde Estados Unidos.

Las autoridades dieron un plazo de 90 días para decidir qué harían con los 126 cubanos que aceptaron la propuesta de ir a Gualaca. Dos meses después, la paciencia de los migrantes comienza a agotarse. Se han reportado al menos unas seis fugas desde que fueron trasladados allí. La última, ocurrida este lunes, fue protagonizada por cuatro cubanos, de los cuales dos ya han regresado y otros dos cruzaron la frontera de Costa Rica.

Desde que amanece, Alejandro Larrinaga, de 13 años, y sus padres esperan alguna noticia sobre su destino. Rodeado de adultos, solo tiene otro menor con el cual jugar en el albergue, Christian Estrada, de 11 años. Ninguno asiste a la escuela desde hace año y medio, cuando salieron de La Habana.

Alejandro estuvo más de 50 días en la selva y, producto de la deshidratación severa, padeció epilepsia y convulsionó en varias ocasiones. "Fue dura la travesía. No es fácil de explicar: una cosa es contarla y otra vivirla", dice con una entonación que lo hace parecer mucho más adulto.

"Tuvimos que ver gente muerta, muchas calaveras. Tuve miedo de perder a mi mamá y a mi papá", recuerda. Pero, aunque las lágrimas asoman en los ojos de su madre mientras él rememora aquellos momentos, ahora dice sentirse seguro en Gualaca y se pasa los días jugando al ajedrez.

"Quiero ser maestro de ajedrez, que es más que campeón. Algún día lo lograré", afirma.

Su madre, Addis Torres, no quiere regresar a la Isla donde no le queda nada pues las pocas pertenencias que tenía las vendió para reunirse con el abuelo de Alejandro, que vive en Estados Unidos. Aunque tienen un trámite de reunificación familiar pendiente en la Embajada de EE UU en La Habana, la familia no quiere ni oír hablar de regreso a Cuba.

Comen tres veces al día y tienen incluso un programa sanitario que financia el Gobierno panameño, pero para Torres "eso no es vida".

"Detenidos, sin futuro, con miedo de regresar a Cuba. Necesitamos que alguien se compadezca de nosotros y que, en el peor de los casos, nos dejen aquí", dice.

Liuber Pérez Expósito es un guajiro de Velasco, un pueblo de Holguín donde cultivaba ajo y maíz. Tras la legalización del trabajo por cuenta propia por parte del Gobierno cubano, Pérez comenzó a dedicarse al comercio e intentó mejorar yéndose a EE UU.

En Gualaca se siente "desesperado" por volver a su tierra, pero tiene fe en que, al menos, pueda hacerse realidad la ayuda prometida por el viceministro de seguridad panameño y dejar una puerta abierta para dedicarse al comercio.

"Estoy aquí en contra de lo que piensa mi familia. Allá (en Cuba) tengo a mi mujer, mi hijo de nueve años y a mis padres. Ellos quieren que regrese y me presionan pero estoy esperando la oportunidad para al menos recuperar parte de los 5.000 dólares que gasté", dice.

Su suegra, una oftalmóloga que trabajó en Venezuela, le prestó parte del dinero para la travesía. Endeudado, sin dinero y sin esperanzas, solo piensa en el momento en que pueda regresar.

"Durante el día no tenemos nada que hacer. A veces jugamos un rato al dominó, paseamos o nos vamos al arroyo, pero tenemos 24 horas para pensar en lo difícil que es esta situación y el fracaso que vivimos", dice.

Liuber se comunica con su familia a través de Imo, una popular aplicación de videochat para teléfonos inteligentes. "Hace poco que instalaron la wifi en Velasco y me llaman siempre que pueden", agrega.

"Ojalá termine pronto esta pesadilla que estamos viviendo. Que pase lo que tenga que pasar, pero que termine ya", dice con amargura.


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