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La Habana, capital de la añoranza
MIRIAM CELAYA, La Habana | Julio 16, 2017

Las paredes repletas de fotografías de paisajes citadinos de antaño y de
toda una pléyade de artistas famosos de la Cuba republicana, portadas de
discos de la misma época y añejos carteles de anuncios de los años 40 y
50 del pasado siglo.

En un espacio central, una antigua victrola fuera de servicio acapara el
protagonismo del pequeño salón restaurante. Sobre los manteles de las
mesas, viejos discos de vinilo (long play) fungen como porta platos,
mientras los posa-vasos son otros tantos discos (single) del mismo material.

En este negocio privado –como en otros muchos similares que comenzaron a
proliferar en La Habana Vieja y en otros puntos de la ciudad a partir de
las llamadas “reformas raulistas”– todo el ambiente transpira ese
inequívoco aliento de culto al pasado que en los últimos tiempos se ha
estado adueñando de la capital como una epidemia. “Cualquier tiempo
pasado fue mejor”, reza un refrán que se está cumpliendo a rajatabla en
Cuba.

Pero no se trata de un pasado cualquiera. No. Porque, curiosamente,
ninguno de estos entusiastas emprendedores privados muestra interés
alguno en apelar a la estética socialista de aliento soviético que ocupó
treinta años de la vida nacional cubana sin calar el espíritu nativo. No
hay matrioskas, balalaikas ni personajes de los “muñequitos rusos”
decorando vidrieras o interiores de estos negocios o adornando las
piñatas y los salones privados dedicados a fiestas infantiles.

Nada evoca la indestructible amistad cubano-soviética de una época bajo
la cual nacieron casi todos los miembros de ese proto-empresariado
cubano que hoy prefiere revivir la prosperidad republicana de fuerte
influencia yanqui y olvidar los duros años de dominio bolo en la Isla.

Eso explica que en cualquiera de estos ambientes se puede encontrar una
decoración que reproduce la portada de un disco de Benny Moré y no la de
uno de los Van Van o de Isaac Delgado; o desde las paredes nos mire el
rostro lustroso y sonriente de Kid Chocolate, pero no el de Teófilo
Stevenson.

No hay dudas, el glamur es un producto capitalista occidental. Aunque se
trate, como es el caso, de un glamur tan añejo y encartonado como el de
la Cuba de los 50, que –como sucede siempre en sociedades sin libertades
donde campea la mediocridad– acaba siendo un modelo que tiende a
estandarizarse.

Porque, como suele suceder ante cualquier oportunidad de medrar
ventajosamente, no faltan los pícaros que han decidido aprovechar el
nuevo filón que ofrece esta suerte de estética de la añoranza, para
sacar sus propios réditos, como se desprende de un detallado anuncio
publicado en la muy popular web Revolico, donde por el precio de 25 CUC,
o su equivalencia en CUP (625 pesos), se puede adquirir una colección de
27.000 fotografías cubanas de antes de 1959, “para las paredes de tu
negocio”.

La paradoja es que, tras casi seis décadas de castrismo el ideal liberal
republicano está regresando camuflado en sus símbolos culturales. (CC)
“Vive la historia de nuestro país a través de la imagen”, exhorta el
anuncio, que promueve la venta de una “amplia selección de fotos de
cafeterías, hoteles, calles, casas, monumentos, tiendas, sitios
históricos y de las principales calles y avenidas de la capital cubana”.

Dicha oferta no se limita a las fotografías, sino que incluye además
“mapas antiguos, postales, líneas de buses, planos arquitectónicos,
grabados, escaneos de muy buena calidad de antiguas propagandas de
cervezas como la Cristal, Hatuey y Polar, los sueltos propagandísticos
de marcas de cigarros, hoteles, casinos, bebidas y mucho más que
constituyen un amplio tesoro gráfico de gran valor”. Todo un culto al
pasado pre-revolucionario que evidencia la persistencia de un paradigma
perdido, tanto más arraigado y entrañable cuanto más decadente y
malogrado se muestra el presente y más incierto y sombrío el futuro.

La paradoja es que, tras casi seis décadas de castrismo durante las
cuales los mayores esfuerzos del poder se encaminaron a tratar de borrar
los 57 años de República –“seudorepública”, la llaman– tratando de
imponer un modelo (este sí “seudo” socialista), falsamente proletario y
ajeno a la cultura y aspiraciones nacionales, el ideal liberal
republicano está regresando camuflado en sus símbolos culturales, y hoy
retoña como culto a la memoria de aquellos “tiempos mejores”, cuando la
prosperidad y la riqueza eran metas loables y no delitos.

Como resultado, y ante la incapacidad de proyectar un futuro promisorio,
la muy vilipendiada República se ha convertido en el manido símbolo del
paraíso perdido, y vuelve a ocupar un lugar de preferencia en el
imaginario colectivo, pese a que más del 70% de los cubanos de hoy
nacieron después de 1959 y han sido (de)formados bajo la doctrina de la
austeridad y el sacrificio.

Sin embargo, el uso de los símbolos republicanos no es privativo de los
pequeños nichos de la economía privada. La mediocridad y falta de
imaginación alcanzan también al todopoderoso Estado-Gobierno-Partido que
controla casi en su totalidad la industria del ocio. He aquí que recrear
el pasado anterior a 1959 ha devenido una fuente de ingresos muy
lucrativa incluso para los propios destructores de la República. En
especial desde que el turismo estadounidense se convirtió en el
principal destinatario del marketing socialista.

Así lo demuestra, por ejemplo, la esmerada reconstrucción de antiguos
hoteles, bares y otros espacios destinados al turismo internacional, que
hasta hace poco eran locales decadentes o simples ruinas, cuya
arquitectura y espacios interiores recién rescatados recrean la
elegancia y estilo de los ambientes de la Cuba pre-revolucionaria.

De esta manera, mientras las batallas ideológicas y los encendidos
discursos antiimperialistas se mantienen en los espacios públicos y en
la prensa oficial, para adoctrinamiento y control de los proletarios
nativos y para satisfacción de la progresía regional, tanto la naciente
clase emprendedora como la camaleónica cúpula castrista se inventan una
Cuba de marquetería, una realidad paralela disfrazada de tradición
republicana y rescatada artificialmente para solaz y deleite de los
visitantes foráneos que pagan en dólares por asistir a esta especie de
parque temático: un país congelado en la mitad del siglo XX.

Y no es que haya que renegar de un pasado que, para bien o para mal,
forma parte de la cultura e historia de la Isla y representa un período
de prosperidad y expectativas de aquella joven nación. Lo verdaderamente
triste es que seis décadas de castrismo nos hayan dejado como legado un
pueblo que, en lugar de empujar hacia el futuro, asume como paradigma un
pasado que, más allá de sus luces y conquistas democráticas, fue lo
suficientemente imperfecto como para gestar en su seno la dictadura más
larga de este hemisferio, en cuyas manos siguen estando los destinos de
todos los cubanos. Es una pena.

Source: La Habana, capital de la añoranza –
www.14ymedio.com/nacional/Habana-capital-anoranza-Republica-Cuba_republicana-Cuba-Revolucion-Castro-Raul_Castro-batalla_ideologica_0_2255174463.html


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