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Un ejemplar de ‘El Capital’ de Karl Marx (Pinterest)

LA HABANA, Cuba.- Este año se cumple el aniversario número 150 de la publicación en 1867, en Hamburgo, del tomo primero de Das Kapital, titulado “El proceso de acumulación del capital”, la única de las tres partes del voluminoso ensayo que logró ver publicada en vida su autor, el alemán Karl Marx.

Fue además la única parte escrita completamente por Karl Marx, ya que las otras dos tuvieron que ser terminadas por su amigo Federico Engels, luego de la muerte de Marx en 1883, a partir de los borradores inconclusos que dejó.

Esa primera parte, que trata sobre el modo de producción capitalista europeo, cual si fuera el único posible, ha sido la más leída, o al menos ojeada: no todos tienen paciencia, cerebro y estómago para empujarse completos, sin saltarse páginas y capítulos, los tres tomos del libraco. Lo cual no es óbice para que Das Kapital sea citado profusa y constantemente, a mano izquierda, con más o menos pertinencia, venga o no al caso.

Aun si aceptamos su utilidad como una buena herramienta —una, no la única— para el estudio de la historia y la economía, Das Kapital, esa especie de Biblia de la izquierda, y el marxismo en general, han hecho mucho daño. Y lo sigue haciendo hoy, a los que todavía, ajenos a las lecciones de la vida y a la lógica humana, tratan de interpretar el mundo y su funcionamiento a través del marxismo.

Olvidados de la hecatombe del socialismo real, basados en las crisis cíclicas del capitalismo, todavía hay quienes se atreven a asegurar que Marx tenía razón y que el mundo marcha según él profetizó.

Asombra la persistencia del mito marxista. Es una de las grandes sagas de la terquedad y estupidez humana.

Marx resultó ser un profeta bastante desatinado. La mayor parte de lo que predijo no se cumplió, o al menos, no de la forma prevista por él. No anticipó correctamente cómo funcionaría la economía en las sociedades socialistas. Cegado por el determinismo económico y aspirando a la destrucción del Estado, tampoco elaboró una verdadera ciencia política. Confió demasiado en que el capitalismo contenía su antítesis: el proletariado.

Marx se encaprichó en atribuir el origen de las clases sociales a las relaciones de producción y a la condición jurídica de la propiedad. Su análisis, dogmático y seudocientífico, limitó la Historia de la humanidad a un aburrido recuento del desarrollo de las relaciones de producción en Europa y Asia. El resto del mundo quedó olvidado en su esquemática y artificial construcción teórica. ¡Qué raro que los que hoy tanto abogan por el multiculturalismo no se quejen del eurocentrismo y el racismo (no tiene otro nombre) de Marx!

El capitalismo actual, con sus muchas crisis y problemas, no es el que previó Marx. Resultó que el majadero de Berstein tenía razón en cuanto a la capacidad de adaptación del capitalismo.

En el socialismo real —el único que ha habido, los otros son meros ejercicios de imaginación— el Estado no fue un instrumento al servicio del proletariado. Todo lo contrario: sirvió para implantar la dictadura sobre él.

En ningún sitio fue más patente el fracaso del marxismo que en los países donde logró apoderarse del poder. En ellos no existió la dictadura del proletariado sino la dictadura del Partido Comunista sobre los trabajadores. La Unión Soviética es el ejemplo más elocuente.

La revolución, arrullada y legitimada por el marxismo, fue la fórmula perfecta para la implantación de tiranías totalitarias en medio mundo.

En el socialismo real emergió una nueva forma de propiedad que no previó Marx, aunque había sido advertida por Bakunin: la de la nueva clase. Dirigentes, burócratas y militares, invocando hipócritamente los intereses de los trabajadores, se atrincheraron, con sus privilegios a cuestas, tras el Estado y el Partido Único.

Las revoluciones de Francia y las Trece Colonias norteamericanas garantizaron derechos y libertades al individuo. Los regímenes marxistas jugaron un papel retrógrado al imponer al Estado sobre el individuo y conculcar sus libertades civiles y políticas.

El estalinismo, que hizo palidecer los crímenes de Lenin, fue la más pura y dura expresión del marxismo. “No fue una aberración, sino su esencia misma”, como dijo certero el filósofo francés Jean Francois Revel.

De espaldas a la experiencia histórica, olvidados de los elevados costos humanos, los testarudos y resentidos crónicos que hoy reclaman la vigencia del marxismo, vuelven a apostar por el totalitarismo, la arbitraria redistribución de riquezas donde no las crean y la fallida planificación económica, centralizada y absoluta.

Sin nuevos contenidos que lo enriquezcan, el marxismo sigue en crisis, pero pataleando. Los socialismos de hoy, varios y diversos, más que por el marxismo, están conectados por la negación a ultranza del capitalismo y un antiamericanismo visceral. Es una obcecada y trasnochada perreta de frustrados que no conseguirá cambiar el mundo, y mucho menos para hacerlo mejor.

luicino2012@gmail.com


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