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LA HABANA, Cuba.- “Errores son errores”, debiera ser la frase de moda en Cuba para el actual “proceso de actualización del modelo económico”. La pronunció Raúl Castro hace apenas unos días frente al Parlamento y pareciera un remix de “Tropecé de nuevo con la misma piedra” y no una parodia de aquel famoso aforismo de Gertrude Stein.

Durante más de medio siglo la hemos escuchado tantas veces que ya la veíamos venir, sobre todo cuando se comprueba que las palabras “experimento”, “provisional”, “planes”, “desarrollo”, “sostenibilidad” y “prosperidad”, no llegan nunca acompañadas de una estrategia seria contra la corrupción, acciones que debieran partir de un reconocimiento de la verdadera magnitud del mal (o, en este caso, del bien) y de un análisis sobre la relación de “simbiosis” establecida entre corrupción y lealtad política.

La persistencia del error en los múltiples procesos de cambio emprendidos por el gobierno desde 1959 hasta el presente, más la efímera estabilidad de los pocos “éxitos” alcanzados, sobre todo en el plano económico, sugiere que es un elemento imprescindible para la sustentabilidad del sistema político. De modo que el error solo describe aquella parte del fenómeno que resulta difícil de atacar porque es la propia base sobre la cual se alzan los demás componentes.

¿Qué pasaría en Cuba si el gobierno decidiera prescindir del error? Y pregunto por ese elemento que lo particulariza en nuestra realidad, es decir, el “robo al Estado”.

La respuesta la conocen de sobra los gobernantes de la isla y, quizás por eso, no solo perpetúan la subordinación al Partido Comunista de los poderes judicial, legislativo y ejecutivo sino que cualquier intento por eliminar el “error” es abortado casi de inmediato. No puede haber terapia de choque contra el error porque es como ese proyectil que ha terminado por alojarse en nuestro cerebro y que, de removerlo, la cirugía nos provocaría la muerte.

Al error se lo reconoce de manera cíclica en el discurso oficial pero no se le condena a la extinción. Es aludido (y a veces también “eludido”) en los informes solo para calmar a los “fieles” (personas que continúan creyendo en la existencia del fantasma del socialismo), demonizar a los “infieles” (sujetos que resultan molestos por diferentes motivos, en este caso algunos sectores del cuentapropismo) y de paso ensayar nuevos experimentos que, sin resolver la cuestión esencial, disimulen la perpetuidad del error.

No voy a agobiar con ejemplos. Tanto la prensa oficialista como la alternativa los tienen de sobra: fábricas improductivas, cosechas pudriéndose en los campos, cuentas y empresas fantasmas manejadas por funcionarios con escaso control por parte del gobierno, procesos inversionistas que sirven para justificar desfalcos a gran y pequeña escalas, entre otras anomalías.

Sin embargo, pienso más en aquel proceso de “rectificación de errores y tendencias negativas”, comenzado por el Partido Comunista de Cuba a mitad de los años 80, y que derivó en la generación de nuevos errores y la intensificación de los viejos, una estrategia paradójica que, lejos de ser fallida, le aseguró a Fidel Castro al menos un quinquenio más en el poder, sobre todo al restructurar una nueva camarilla que más adelante debió desarticular, en varias etapas, por haber sido “embriagada” por esas “mieles del poder” para las que jamás ofreció una definición.

La fórmula del éxito es remover a los corruptos de manera regular cuando representen un estorbo o amenacen con poner en evidencia las raíces más profundas del asunto, pero esto sin comprometer el sistema. La función debe continuar, o mejor dicho, la corrupción.

Cada vez que, desde las instituciones de control y fiscalización, algún ingenuo con iniciativa y “entusiasmo combativo” ha querido ensayar una ofensiva anticorrupción, se ha disparado el éxodo de funcionarios, directivos y obreros en las empresas estatales. Nos quedaría pendiente, sobre todo, estudiar cómo se reflejan estas arremetidas tanto en los procesos migratorios como en sus componentes. Pudiera apostar por un incremento en los flujos hacia el exterior.

La moraleja ha sido la imposibilidad de solucionar el problema en aquellos estratos de la economía que resultan vitales para garantizar la lealtad artificial no solo de cuadros de dirección y altos funcionarios sino el fortalecimiento de toda una cadena de dependencia donde estamos incluidos todos los cubanos, vivamos dentro o fuera de la isla.

Tengamos en cuenta que sobre ese principio o “conceptualización” se sustenta la llamada “empresa estatal socialista”. Los que piden su desaparición alegando su obsolescencia o su carácter absurdo en una nación que, en apariencias, pretende alcanzar altos niveles de desarrollo en breve tiempo, tal vez no piensen en cuan necesaria resulta para que, desde la perspectiva del Partido Comunista, no colapse el sistema o este no se transforme en una “peligrosa democracia”.

La empresa estatal socialista no será eficiente en términos económicos pero, al menos en el plano político, garantiza los parámetros de control necesarios para perpetuar el status quo que tanto conviene a cuentapropistas, empresarios extranjeros, repatriados que buscan aprovechar el capital reunido en el exterior más todas esas otras faunas, autóctona y migratoria.

Así, los errores que sean reconocidos esta vez de seguro serán sustituidos o enmascarados por otros más novedosos y aún más sofisticados. Si para las próximas dos décadas, en la prensa controlada por el gobierno, aún no se llega a hablar de haber alcanzado un “socialismo próspero”, en cambio auguro que, al menos en la alternativa o independiente, se podrá escuchar sobre errores inimaginables, alucinantes, y sobre el fracaso de otro experimento económico que volverá a colocar la meta mucho más lejos que en los esfumados años 2000 y 2030. Tal vez en Cuba tendremos socialismo pero, como están las cosas, será para el 3000.


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