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Fidel Castro (Cubadebate/AP)

LA HABANA, Cuba.- Cuando se fue del parque, o sea, se piró pa´l carajo, dejó de cagar y de cagarnos. Mi abuela, que es tremendo punto, nos despertó aquel viernes negro en noviembre levantándonos debajo del mosquitero: “Se partió el compañero Fifín. Por fin”.

Y yo le pregunté: “¡¿El Fifo?!”

Y entonces añadió: “No, ya no habrá más ‘fo’. Pero sí habrá ‘fin’”.

Hoy cumpliría un año más, como cualquier nonagenario dadivoso convencido de su inmortalidad, al que la familia (¡y era inmensa la parentela del Patriarca incluidos los chicharrones!) habría acortado en senilidad —igualitico al Clan de los Borgia— si hubiesen descubierto a tiempo las bondades centenarias de la moringa, antes que el Período Especial se sufriera masivamente como consecuencia de sus caprichos.

Porque tenía armado el irrisorio “Club de los 120” y era su mánager, pero se jodió con 30 años de antelación, encamado ya en el “home”, bajo la batuta durañona y vengativa de Dalia, a quien colmó de infidelidades.

Pero veamos cómo describía precozmente y bajo palabra aquel de-mente brillante sus relaciones impredecibles con el poder, del que pública y no secretamente abominaba.

¿Qué sería de un día de otros sin su “magnífica presencia”, la que arrebató al Che, a Camilo, a tantos defenestrados infieles que le propusieran algo? ¿Cómo englobar el fracaso continuado y la doblez mal disimulada de un hombre que se las creyó todas a pie juntillas?

Pues de esta horrísona manera, citando nada menos que aquello que lo resume y condensa en el olimpo, como en un vaporoso pedo, que lo dejó dicho en el muy temprano 6 de febrero de 1959: “Yo no soy el gobierno. Todo el mundo sabe que yo he tratado de inmiscuirme lo menos posible en los problemas del gobierno; todo el mundo sabe del desinterés con que he luchado en esta Revolución; todo el mundo sabe que yo no he estado aspirando a cargos de ninguna clase; todo el mundo debe de saber, además, que los cargos no me importan absolutamente nada, porque un cargo para mí es un sacrificio, jamás un negocio, jamás una vanidad. Si todo el mundo ha observado aquí la conducta de los líderes políticos, debe haber comprendido que mi preocupación es más bien alejarme que inmiscuirme en el poder. […] Todo el mundo sabe que, lejos de intentar inmiscuirme en las cuestiones del poder, lo que he tratado por convicción y por principio es de alejarme siempre. Me duele cuando en la prensa extranjera se dice el régimen de Castro, porque yo no soy ni hombre fuerte, ni dictador, ni soy un mandón, ni estoy dando órdenes aquí. Y me duele también cuando se me responsabiliza y se me quiere echar la culpa de todos y cada uno de los errores de los demás”.

Y entonces el noble pueblo de su isla arrasada por dictaduras que jamás comprenderían el estigma de su nombre, arrobado, feliz, deslumbrado, heroico, timorato y al fin: “bueno”, no le dejó otra salida al desinteresado —Fifo que estás en los cielos— que mantenerse mangoneando a todos y todas… la bicoca de 47 añitos.

Así, en el más estricto y sano “anonimato”. Sin matar a nadie ni dejarse herir. Porque se fue enterito.


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