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Sepulturero cargando un ataúd en Cuba (AFP)

LA HABANA, Cuba.- Cuando llega el fallecimiento de algún familiar querido o un amigo, es costumbre o tradición de la mayoría de las familias cubanas pasar las últimas horas con el occiso, bien sea tendido en la funeraria o en la casa, dependiendo de las personas más cercanas al difunto.

El último adiós a un ser querido resulta de mucha importancia para cualquier isleño. Ese momento de duelo es la última oportunidad de demostrarle amor aún después de la muerte.

Así también lo sentía Leticia (su nombre ha sido cambiado), residente del municipio Cerro; pero estas últimas horas junto a su padre, fallecido recientemente, no fueron posibles. A pesar de que lo intentó por todas las vías posibles, no encontró disponibilidad de capillas en las funerarias cercanas a su localidad, por lo que su padre pasó del hospital a medicina legal y finalmente al crematorio.

La muerte de su padre la ha dejado sin fuerzas para seguir adelante. Aún se puede distinguir sufrimiento y dolor en ella, un sentimiento de culpabilidad la tortura todas las noches antes de irse a la cama. No deja de pensar que si no hubiera esperado tanto por aquella ambulancia que nunca llegó, a lo mejor hoy su padre estaría vivo.

Tres horas transcurrieron hasta que se cansó de esperar y decidió solicitar la ayuda de un vecino, quien, a pesar de que dormía, no lo pensó dos veces para prestarle el servicio de auxilio en su vehículo y trasladarlos al hospital.

Llegó con su padre en muy mal estado a la sala de emergencias del Hospital Salvador Allende (Covadonga). Sufría de una insuficiencia respiratoria, había una multitud esperando al único médico que se encontraba de guardia; este no estaba disponible, pues había ido a comer. Una joven y agradable enfermera, que asumía la responsabilidad del galeno, la recibió y le brindó los primeros auxilios a su padre, que no fueron suficientes porque no hubo mejoría alguna.

Dos horas después apareció el anhelado médico. Era un joven estudiante de medicina que practicaba con los pacientes cubanos. Gracias a que la mayoría de los médicos nacionales se encuentran cumpliendo misión en el extranjero y a que la atención médica en Cuba es presuntamente gratuita, cualquier estudiante puede hacer función de médico, aunque no tenga supervisión.

Lo examinó detalladamente, pero ni idea de lo que le sucedía, así que solicitó la presencia de alguien más experimentado, que no dudó en hospitalizar al paciente.

Fue ingresado de urgencia, las indicaciones médicas fueron mantenerlo con oxígeno las 24 horas. Leticia comenzó a desesperarse, sabía que a su padre no le quedaba mucho tiempo y, para colmo, la enfermera de la sala demoró más de media hora buscando una careta para ponerle el oxígeno. Comenzó a gritar, a reclamar, pero ya era demasiado tarde, su padre había muerto.

Hizo una llamada a sus familiares: mamá, esposo, hermanos, todos se reunieron alrededor de papá para llorar. A pesar de su avanzada edad, no esperaban su perdida.

Ella misma se encargó de los trámites funerarios. Apenas podía pronunciar palabra, pero se esforzó. Aquellas eran las últimas horas que pasaría junto al hombre que más había querido.

Se dirigió hacia la oficina de admisión con todos los papeles para el trámite funerario, pero estaba cerrada. Se sentía agotada, las dificultades intensificaron su sufrimiento. Sabía que esperar no le había dado resultados, así que arrancó directo hacia la funeraria.

La Nacional de la calle infanta era la más cercana a su localidad. Le llamó la atención que todo estuviera cerrado, le resultó extraño; entonces le preguntó a alguien que le contestó: “La funeraria está cerrada por reparación”.

La enviaron hacia la de La Víbora, en el Municipio 10 de Octubre, pero esta no tenía disponibilidad. La coordinadora de la entidad, le realizó la gestión de búsqueda vía telefónica. Solo en la funeraria del municipio La Lisa había disponibilidad de capilla, pero esa no le era factible, estaba a más de 15 kilómetros de su hogar.

Preguntó si existía la posibilidad de velarlo en su casa, quería estar junto a su padre hasta la hora de su entierro, pero tampoco fue posible. Los encargados de esta acción fueron muy claros: la vivienda debía estar en bajos y con puerta hacia la calle. Era necesario para entrar y sacar el sarcófago sin dificultades. Además, es “lo que está establecido”. Su casa no cumplía con los requisitos, ella vive en un primer piso.

Las posibilidades de velar a su padre se habían agotado, así que optó por la incineración. Al menos en cenizas lo tendría a su lado para siempre. Preguntó cómo era el proceso y nuevamente la tierra se unía con el cielo: solo dan 24 turnos diarios, que se distribuyen entre todas las funerarias de la capital, uno por establecimiento; por tanto, supuestamente ya no quedaban turnos.

En ese momento recordó las historias de su vecina que había sido coordinadora de una funeraria, sabía que era una estrategia para que aflojara dinero, entonces pronunció las palabras mágicas “Te doy 20 CUC para que me consigas un turno”.

Transcurridos cinco minutos y como por arte de magia, apareció el turno para la incineración.

Todas las noches la acompaña. Sus cenizas reposan en un precioso jarrón que se encuentra sobre la mesita de noche al lado de su cama, lo observa y comenta en voz baja: “Tanto que luchaste por esto y hasta morirse es difícil en Cuba”.


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