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Portada del libro de Llilian Llanes (Foto: Ernesto Santana)

LA HABANA, Cuba.- Hace medio siglo ocurrió un evento cultural de gran relevancia en la convulsa Habana que en aquellos días de 1967 se había convertido en parque temático favorito para la izquierda mundial, que aquí podría encontrar una utopía en plena revelación.

La edición XXIII del Salón de Mayo parisino de aquel año llegó a Cuba para darle un giro más moderno a la visualidad de una revolución que se estancaba en su surrealismo tropical y que daba algunos síntomas de caer en el despreciable realismo socialista que el estalinismo impusiera en sus dominios.

Hasta que Ediciones Arte Cubano, del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, publicó hace cinco años Salón de Mayo de París en La Habana, julio de 1967, de Llilian Llanes, no se había vuelto a hablar más de aquel acontecimiento. Ahora, cuando se cumplen 50 años, tampoco se menciona mucho más.

La autora de tal estudio es profesora, curadora e investigadora de arte cubano y latinoamericano, ha publicado varios títulos sobre arte cubano y dirigió, desde su fundación, el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, institución donde organizó, a partir de 1984, las seis primeras ediciones de la Bienal de La Habana.

En un artículo que publicó Diario de Cuba en 2012 sobre esa visita del Salón de Mayo, Carlos Espinosa, que aún no había podido leer el libro, sin dudar de que fuera serio y riguroso, aconsejaba entrar en sus páginas recordando los juicios despectivos, posteriores al Salón, de José Antonio Portuondo, que lo consideró “una de las muestras de cómo todavía no podíamos nosotros librarnos por entero de cierto sentido de neocolonialismo intelectual”.

Aunque resulta válida la advertencia, el libro de Llanes, sin defender tales destimaciones, hace un análisis amplio del evento, incluye diversas opiniones y logra, en general, una remembranza agradecida, concluyendo que “tanto para los políticos cubanos como para los organizadores galos, la presentación de este evento en la Isla resultaba beneficiosa”, pues el Gobierno cubano demostraba que el arte nacional era libre y la directiva del encuentro se defendía de las crecientes acusaciones de anquilosamiento.

París en La Habana

Según la autora, el Salón de Mayo, inaugurado en 1945, en la dura posguerra, “constituyó uno de esos fenómenos artísticos del siglo XX que con frecuencia pasan inadvertidos para la historiografía del arte, sin recibir una justa valoración sobre la eficacia o no de su propuesta y de sus numerosas ediciones” y “había hecho suya la problemática de aquellos tiempos al proponerse ofrecer un espacio nuevo a los artistas europeos y servir de escenario a los principales movimientos y tendencias que tenían lugar en el viejo continente”.

Analizando la época en Cuba, Llanes se refiere a “la universidad para los revolucionarios”, la paranoia ideológica, las polémicas intelectuales, la lucha entre facciones contrarias dentro del Consejo Nacional de Cultura y las tensiones que vivía el mundo cultural de los sesenta, para poner en contexto la llegada al país de aquella invasión de formas e ideas novedosas preparada por Wifredo Lam y Carlos Franqui.

La exposición se inauguró el 29 de julio entre notables acontecimientos. Se festejaba el XIV aniversario del asalto al Moncada —que Fidel Castro había planeado como una fingida “rebelión de sargentos del ejército”— y, unos días antes, había pasado por La Habana el poderoso líder soviético Alexéi Kosiguin. Como era natural, coincidentemente se celebraba la Primera Conferencia Latinoamericana de Solidaridad, que trajo a figuras políticas como el dirigente de los Panteras Negras Stokeley Carmichael.

En su discurso de apertura, el Canciller Raúl Roa celebró “el crecimiento de la guerra de guerrillas en América Latina, la corajuda batalla de la población negra norteamericana, la resistencia victoriosa del pueblo vietnamita y los sonados triunfos de nuestros deportistas en los juegos panamericanos”.

Un poco después, tendría lugar en la Casa de las Américas el Encuentro de la Canción Protesta, otro evento más que se efectuaba “rodeado del aura política y del fervor ideológico que inspiraba la Revolución”, como describe Llanes. No menciona que el Salón pareció programado justo para unos meses antes de que se iniciara el Congreso Cultural de 1968, de tan triste memoria.

La gran mayoría de los 200 expositores era de Europa —algunos solo enviaron sus obras— y entre ellos brillaban nombres como Picasso, Max Ernst, Man Ray, Lucio del Pezzo, Roberto Matta, Jorn, Karel Appel, Alexander Calder, Lulio Le Parc, René Magritte o Antonio Saura. Por Cuba participaron 10 artistas: cuatro residían en París desde hacía años —Lam, Jorge Camacho, Agustín Cárdenas y Tomás Marais— y seis en La Habana —René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Raúl Milián, Raúl Martínez, Antonia Eiriz y Tomás Oliva—.

Pabellón Cuba (Foto: Ernesto Santana)

La muestra se instaló en el Pabellón Cuba —construido en 1963 para el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos—, en plena Rampa y muy cercano al Hotel Nacional, donde se albergaban los invitados.

Carnaval artístico

Si ya desde antes de la inauguración el Salón asumió una atmósfera prodigiosa con la realización del gigantesco mural Cuba Colectiva, muchos otros asombros aguardarían luego al numeroso público, como la obra Bahía de Cochinos, del islandés Erró, que representaba a Fidel rodeado de cerdos, imagen que generó una enorme polémica.

Pero más arrebatada resultó la idea del propio Comandante de exhibir, en un edificio aledaño, varios ejemplares de la ganadería cubana en instalaciones con aire acondicionado. O aquel cañón automático antiaéreo calibre 40. O las copias facsimilares de dos cartas famosas: la de Fidel a Celia, donde asegura que su destino será luchar contra “los americanos”, y la del Che despidiéndose de aquel.

No obstante, cuenta Llilian Llanes en su libro que “en realidad, en el imaginario colectivo lo que permaneció fue aquel extraordinario espectáculo previo, donde los intelectuales y artistas participantes en el evento pintaron un enorme mural ante el público habanero aglomerado en la calle. Ese mural ha quedado hasta hoy como expresión”, afirma la autora, “de unos tiempos donde los intereses colectivos estaban por encima de cualquier otro, de aquellos nuestros años felices donde se aspiraba a la construcción de un mundo más justo para todos”.

El mural tenía 5 metros de alto y 10 de ancho y fue pintado —en la noche del 17 de julio, cuando acababa de arribar el grueso de los visitantes— por escritores, artistas, funcionarios y amigos, en un alucinante carnaval artístico, a la entrada del Pabellón, con música y mulatas de Tropicana y pases de ron y cientos de espectadores en la calle cerrada al tránsito. En torno a los andamios donde se trepaban los que pintarían o escribirían un texto, estaban funcionarios del Comité Central del Partido y de otras instituciones nacionales.

Lam lo describió como “un gran cuadro mural como homenaje a la Revolución Cubana” que llevará el nombre Cuba Colectiva”. Tenía forma de espiral para evitar preferencias y los segmentos se sortearon, excepto el primero —en el centro, que se decidió que fuera para el pintor cubano, el más internacional del momento— y el número 26, por la fecha, reservado a Fidel Castro y que quedó en blanco, como se puede ver en la parte superior de la portada del libro, pues él prefirió participar solo desde lejos con su obra maestra vacuna.

Algunos de los cien participantes fueron Jorge Camacho, Gherasim Luca, Piotr Kowalski, Luis Miguel Valdés, Ramón Estupiñán, Peter Weiss, René Portocarrero, Lesbia Vent Dumois, Oscar Hurtado, Antonio Vidal, Carmelo González, Michel Leiris, José Masiques, Félix Beltrán, Domingo Ravenet, Mariano Rodríguez, Haydée Santamaría, Lisandro Otero, Roland Penrose, René de la Nuez, Juan Goytisolo, Chago Armada, Loló Soldevilla, Tomás Oliva, Heberto Padilla, Tomás Marais, Fernando Luis, Agustín Cárdenas, Sandú Darié, Fayad Jamís, César Leal, Raúl Martínez, Ernesto González Puig, Harald Szeemann, Amelia Peláez y Antonia Eiriz.

Epílogo: socialismo real tropical para todos

Tras su estancia en La Habana, la exposición fue trasladada a Santiago de Cuba hasta el 7 de octubre, cuando se clausuró el Salón de Mayo y el Ministerio de Comunicaciones imprimió una pulcra colección de 25 sellos —que fue muy solicitada entonces y aún sigue teniendo un alto valor en el mundo— en recuerdo del que Llanes considera “el más importante acontecimiento cultural realizado en el país hasta la fecha”.

Ella misma, cuando a principio de los ochenta fundó la Bienal de La Habana, tenía muy claro en su mente como referencia el Salón de Mayo. Por eso, al retirarse, dedicó varios años a investigar todo lo referente al evento y a recogerlo en este libro que, además, cerró con anexos muy útiles, donde encontramos discursos de varios funcionarios y organizadores, entrevistas, caricaturas y textos publicados por la prensa de la época.

A los dos días de la clausura moría en Bolivia el Che. Meses después, comenzaba la Ofensiva Revolucionaria, el castrismo apoyaba la invasión soviética a Checoslovaquia y empezaban a abrirse enormes brechas entre la izquierda internacional y el gobierno cubano, quien se ensañaría cada vez más con sus artistas e intelectuales, en una oscura espiral donde participaron solo unas pocas manos.

Uno de los visitantes franceses en la muestra, José Pierre, escribió que “ser surrealista, he aquí una cosa que, para un cubano, no presenta verdaderas dificultades”. Los intelectuales que temían que les fuera impuesto en Cuba el realismo socialista a los escritores y artistas, verían luego que más bien se impuso el surrealismo socialista, o sea, el socialismo real tropical, a todo el país.

Sello conmemorativo por el Salón de Mayo (Foto: Cortesía de Ernesto Santana)

Antonia Eiriz y Umberto Peña dejarían de pintar por las acusaciones ideológicas contra ellos. Innumerables escritores y artistas serían perseguidos y muchos se marcharían del país. Pero en realidad el calvario fue general para todos los cubanos. E indescriptible. Con algo mucho peor que un gris quinquenio o un decenio negro.

Y aquel mural colectivo quedará, entre otras cosas, como una parodia de aquel Sgt. Pepper que los Beatles habían publicado semanas antes. Un Sargento en Jefe rodeado de sargentos nada rebeldes que le dedicaban loas, le temían y recibían su desprecio, del que al final casi todos se apartarían, dejando que envejeciera en el poder entre rejuegos de su fracasado y peligroso Club.

Pero, como decía Kipling, ya esa es otra historia.


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