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(Reuters)

MIAMI, Estados Unidos.- La Asamblea Constituyente promovida por Nicolás Maduro quedó instaurada finalmente, a pesar de las protestas, los pronunciamientos de rechazo o cuando menos de reserva, así como peticiones mesuradas para que el proyecto fuera frenado. Una de las últimas llegó desde el Vaticano. Luego de una jornada de votaciones señalada por irregulares, acusaciones de fraude y actos de violencia, la institución asamblearia quedó sellada mediante la controvertible fórmula de la unanimidad. Un acuerdo cuya credibilidad resulta sospechosa cuando en el consenso median elementos tales como la coacción y la pertenencia cómplice al grupo donde no se admiten discrepancias, desacuerdos y mucho menos la oposición de criterios o soluciones alternativas.

Como era de esperar, en la gala inaugural no faltaron los tonos amenazantes con ánimos de revancha. A pesar de la procesión con rosas rojas en las manos que inició la ceremonia de entronización, los protagonistas respaldaron un discurso que justifica el desplazamiento de los parlamentarios legitimados por el voto mayoritario de sus electores para un mandato que no ha concluido. La superposición de poderes se hace desde una legalidad forzada, ignorando disposiciones de una Constitución todavía vigente. Peor aún, con el ánimo de pisotear desde la descalificación del insulto, la ofensa y el uso de herramientas tales como las acusaciones conspirativas sobre enemigos del pueblo y minorías oligárquicas. Esto cuando más de 7 millones de personas demostraron con su participación ante las urnas su rechazo a la Constituyente.

El deterioro de la economía junto al de la imagen de varios de los principales miembros del chavismo militante, y de algunos de los integrantes de su círculo cercano (familiares y amigos) acelera los temores sobre un estado de corrupción que puede ser motor impulsor de la desesperada carrera hacia una radicalización del proceso bolivariano. Acusaciones pesan sobre las altas esferas acerca de su implicación en la red conformada por el caso Odebrecht. Que la corrupción es un problema que incide en la realidad venezolana no es secreto. Algunos episodios ponen de manifiesto su presencia nociva. El más reciente salió a la luz a través de las páginas del periódico La Razón que dio cuenta de los enormes desembolsos hechos por los hijos de la primera dama en uno de los hoteles más lujosos de Madrid. Miles de dólares dilapidados en 18 días de hospedaje en una de las mejores suites del Ritz madrileño.  Un comportamiento que pone en entredicho esos desgarres de justicia y austeridad revolucionaria del que tanto pregonan desde Miraflores. Una imagen contrastante, justo cuando en la misma España lloran la tragedia sufrida por varios miembros de la ONG Vicente Ferrer en la India, donde sin alardes ideológicos laboran centenares de ciudadanos que dedican tiempo, trabajo, descanso y dinero para ayudar a los más pobres entre los pobres de ese país asiático.

Viendo el panorama que rodea la actualidad venezolana no se auguran buenos resultados para su futuro próximo. Ya se anuncian medidas contra las principales figuras del liderazgo opositor o aquellos que han osado calificar cada paso del oficialismo como la antesala de un auto golpe de estado institucional contra la democracia. Uno de los blancos principales ha sido la fiscal Luisa Ortega, sustituida de manera fulminante en esta jornada en que da inicio la asamblea paralela a la que aún funciona por el mandato de la anterior elección. No es la única medida que se anuncia. Se adelantan otras que auguran un horizonte poco promisorio para la buena salud del sistema democrático del país sudamericano.

Se abren muchas interrogantes sobre lo que seguirá, pero algunos hechos pudieran adelantar las respuestas. La supuesta intentona de militares rebeldes contra un cuartel ofrece una pista. Rodeado por un grupo de efectivos poco numeroso, con sus caras pintarrajeadas por el camuflaje, un oficial de baja graduación se manifiesta contra lo que califica acto criminal del gobierno. Lo hacen desmarcándose de una identidad golpista. El confuso hecho, desde las limitaciones de su alcance, recuerda aquel que tuvo lugar en Turquía, un escenario en el que se apoyó el presidente Erdogan para respaldar el voto para su proyecto de reforma constitucional y de paso emprender una limpieza política de críticos, opositores, enemigos o cualquier elemento capaz de poner obstáculos a su plan. Los calificativos coinciden en ambos casos: intromisión extranjera en los asuntos internos y la participación de elementos mercenarios y terroristas interesados en afectar la democracia establecida por la voluntad popular.

Algunos aseguran que la resistencia cívica se mantendrá en Venezuela. Un cartel portado por un manifestante de última hora parece predecir las consecuencias de quedar petrificados ante la movida totalitaria y en simple espera por el desarrollo de los acontecimientos. “Calle o Cuba” rezaba el lema del letrero, sentencia popular sobre lo que puede esperar a la nación sudamericana en caso de que este plan no sea revertido. Ciertamente los venezolanos deben ser los únicos que deben, y pueden, corregir el rumbo de su destino político y social. Su acción cívica será la fuerza capaz de evitar que la falsa aprobación de un proyecto con el que se les promete construir justicia y equidad se convierta en todo lo contrario. La aplicación de la fórmula de unanimidad para deslegitimizar voces incómodas sustituyéndolas por las complacientes y aprobatorias, es el paso que antecede a la caída por el precipicio de la dictadura. Una vez en el abismo, salir resulta una empresa difícil que exige un elevado coste. La historia pasada y cercana lo demuestra con varios ejemplos.


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