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Cartel alusivo al fallecido líder cubano Fidel Castro en La Habana (EFE)

GUANTÁNAMO, Cuba.- Marketing es una voz invasora e innecesaria, pues en español tenemos “mercadotecnia”, que según el Diccionario Océano de la Lengua Española es el “conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente de la demanda, y estudio de los procedimientos y recursos tendentes a este fin”.

La palabra se menciona mucho en esos medios, pero a pesar de su uso y de los cientos de cursos que a lo largo y ancho del país se ofrecen sobre mercadotecnia, el cubano de a pie continúa sin satisfacer elementales necesidades materiales y se ve obligado a comprar productos como el pollo, el aceite y la leche, en tiendas que los venden a precios muy superiores a los del “capitalismo salvaje y feroz que tanto explota a los pueblos”, según la comidilla oficialista.

Esta mercadotecnia no ha aportado nada en beneficio del pueblo, pero la que sí ha rendido pingües beneficios al castrismo es la mercadotécnica política, que podríamos definir como el arte de divulgar una idea como si fuera algo indubitable.

En los primeros momentos del triunfo revolucionario, Fidel Castro aseguró que esta revolución era tan verde como las palmas, aunque pocos meses después la realidad demostraba que no era como las palmas sino como el melón, verde por fuera y roja por dentro. Lo significativo no era el color, sino si se iban a cumplir las promesas que Fidel Castro hizo al pueblo cubano y por las que tantos jóvenes dieron sus vidas, es decir, si se iban a cumplir el Programa del Moncada, los Pactos de México y de la Sierra y si se iban a celebrar elecciones generales y multipartidistas. Muy pronto, ante la reiterada pregunta de cuándo serían las elecciones, el caudillo preguntó incómodo: ¿Elecciones para qué? Ahí mismo demostró su afición por las mieles del poder, las mismas que sacó en cara a Carlos Lage y Felipe Pérez Roque cuando ya él las había disfrutado por más de 47 años.

Ante numerosos periodistas que lo recibieron en Washington en 1959, Fidel Castro aseguró —golpecitos en el pecho incluidos— que ni él ni su revolución eran comunistas. A finales de ese año aseguró lo mismo en el juicio celebrado contra el comandante Huber Matos, mandado a detener por él y acusado de traición por haberle escrito una carta pidiéndole la baja del ejército. Allí el comandante en jefe tildó a Matos de mentiroso por afirmar entre la oficialidad que la revolución estaba tomando un rumbo hacia el comunismo. Al manzanillero un tribunal testaferro de Castro —hay que leer las actuaciones del juicio oral para conocer hasta qué grado de parcialidad llegaron los jueces— lo condenó a veinte años de privación de libertad. Menos de un año y seis meses después, sin someterlo a consideración de todo el país, Fidel Castro proclamó el carácter socialista de la revolución cubana. Al hacerlo, confirmó las sospechas del comandante Matos, cuyo encierro se volvió más injusto. A Matos no lo soltaron, en Cuba tampoco ha habido socialismo.

Fidel Castro, autor del concepto de revolución, afirmó que esta era, entre otras definiciones, no mentir jamás, que era tratar a los demás con igualdad. Pero la historia de su revolución es un corolario de mentiras, discriminaciones, prisiones, fusilamientos y aplicaciones selectivas de la ley para quienes defendieron o defienden su derecho a luchar por esa igualdad proclamada, pero que sólo es para los comunistas y quienes les sirven.

Una de las connotaciones simbólicas de la mercadotecnia del castrismo fue el perenne uso del uniforme verdeolivo por Fidel Castro. Así exportaba una imagen de eterno inconforme con el régimen burgués, representado por el traje o el smoking, mientras él y sus acólitos llevaban una vida nada proletaria. Y cuando cambió el uniforme verdeolivo por la guayabera o el traje civil en las reuniones internacionales, lo hizo para vender una imagen a tono con la democracia que sí representaban los demás presidentes.

Apenas dijo que Cuba iba a ser una potencia médica sus papagayos aseguraron que lo éramos. Aún lo hacen, aunque la mayoría de nuestros hospitales están en estado deplorable y en muchas ocasiones carentes de especialistas e insumos necesarios para brindar un servicio de calidad. Dijo que Cuba iba a ser una tacita de oro y la pobreza se enraizó en la mayoría de las casas, excepto en las de los miembros de la nomenclatura partidista y gubernamental.

El castrismo asegura que en Cuba no se violan los derechos humanos y no reconoce elementales derechos civiles y políticos. Afirma que nuestro sistema electoral es el más democrático del mundo y el delegado no tiene ningún poder de decisión, el pueblo no elige a los diputados y mucho menos al gobierno central, electo por quienes ni siquiera representan el 0.5% de la población con derecho al voto. Continúa presentando a la revolución como algo permanente y hace más de tres décadas nuestra sociedad transita por un marcado conservadurismo.

La mercadotécnica política está indisolublemente ligada al castrismo, tanto como la idea de Goebbles de que una mentira repetida muchas veces llega a ser aceptada como verdad. Pero un proverbio africano asegura, y la historia lo ha demostrado, que lo que la mentira recorre en mil años, la verdad lo hace en un segundo.


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