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Portada del Diario de la Marina (fr.wikipedia.org)

MIAMI, Estados Unidos.- Este 3 de agosto se cumplieron 6 años del fallecimiento en Miami de José Ignacio Rivero Hernández, el director del Diario de la Marina, la publicación periódica de más larga historia en Cuba, pues su primer número había visto la luz el domingo 16 de septiembre de 1832 y apareció ininterrumpidamente en La Habana hasta el 10 de mayo de 1960, en que fue expropiado y cerrado por el gobierno de Fidel Castro. Fue perseguido por el G2 después que sus agentes irrumpieron en el periódico en Prado y Tte. Rey y lo vandalizaron. Había órdenes de captura y juicio sumario por los llamados tribunales revolucionarios. Salvó su vida al entrar en la embajada de Perú, que le dio asilo político. Mi padre, que trabajaba en contabilidad, vivió para contarlo. Quedo “excedente” y fue enviado a trabajar a una convertidora de papel y cartón como estibador.

Cuando a la prensa oficialista no le queda otra opción que citar al Diario de La Marina está obligada a decir que era un periódico reaccionario, colonialista y al servicio de la burguesía. Pero si alguien quiere investigar sus miles de páginas digitalizadas por la Universidad de la Florida, se dará cuenta que era una publicación muy abierta. En las páginas del Diario de la Marina se denunciaron crímenes de los gobiernos de Machado y de Batista. El Partido Comunista Cubano, el Partido Ortodoxo y otras agrupaciones políticas como el Partido Socialista Popular encontraron espacio para expresar sus opiniones. Cada número podía tener entre 30 y 40 páginas y costaba 3 centavos.

A continuación un resumen del artículo “El Diario de la Marina y el último de los Rivero” publicado por el intelectual cubano Roberto Méndez Martínez el 13 de Septiembre de 2011 en el Portal Digital www.ipscuba.net:

“Nicolás Rivero Muñiz dirigió el periódico hasta 1919, a partir de 1919 y hasta 1944 por su hijo José Ignacio Rivero Alonso, ‘Pepín’. Cuando fallece ‘Pepín’ Rivero en 1944, la dirección se entrega a su hijo José Ignacio Rivero Hernández, formado en el Colegio de Belén de los jesuitas y luego diplomado en periodismo en la Universidad de Marquette, en Wisconsin, Estados Unidos. El diario llegó a tener las máquinas de rotograbado más modernas de Cuba. Su tecnología moderna permitía una excelente reproducción fotográfica y le posibilitaba ofrecer, con cantidades mínimas de texto, los principales acontecimientos en la Isla y el mundo. El viejo edificio de Prado y Teniente Rey fue sustituido por otro mucho más funcional y sólido encargado a la firma G. del Valle y G. Nava.

De este modo, en los años 20 del pasado siglo, pudo ver la luz el Suplemento literario del Diario de la Marina, que, aunque consagraba varias páginas a secciones de humor, cartelera cinematográfica y anuncios clasificados, el resto, dedicado a la literatura, llegó a convertirlo en uno de los más importantes suplementos culturales aparecidos en Cuba en el siglo XX. Dirigido por José Antonio Fernández de Castro, en él figuraron firmas tan notables como las de Alejo Carpentier, Manuel Navarro Luna, Luis Felipe Rodríguez, Ramiro Guerra y entre los colaboradores extranjeros tuvo lo mismo a Jorge Luis Borges que a Adolfo Marechal, Baldomero Sanín Cano, Luis Cardoza y Aragón y José Carlos Mariátegui. Así mismo, este incluía la página “Ideales de una raza”, destinada a discutir y airear los problemas de la población negra, a cargo de Gustavo Urrutia, quien, aunque en general adoptaba un tono conciliador, con frecuencia ponía sobre el tapete asuntos más o menos “tabú” para otras publicaciones de gran circulación; precisamente esta página acogió —en plena dictadura machadista— el 20 de abril de 1930, la primera edición de los Motivos de son de Nicolás Guillén.

A esas alturas, la Sociedad Anónima Diario de la Marina, era ya un estricto negocio familiar, presidido en 1957 por Silvia Hernández, viuda de Rivero, mientras sus hijos José Ignacio y Oscar retenían la dirección y la administración respectivamente. Su Junta Consultiva ilustraba perfectamente las implicaciones sociales de la empresa. En ella tenían asiento tanto el Cardenal Manuel Arteaga Betancourt como los políticos Cosme de la Torriente, Raúl de Cárdenas y Elicio Argüelles, algunos de los hombres de negocios más prominentes del momento, como Agustín Batista, Juan Gelats, Segundo Casteleiro, Julio Blanco Herrera, pero quedaba espacio para intelectuales prominentes como José María Chacón y Calvo y Ramiro Guerra Sánchez.

Excepcional apoyo tuvo el último de los Rivero del Ingeniero Jefe de la publicación, el poeta Gastón Baquero, quien en materia de política suscribía las mismas ideas de sus propietarios, aunque era de origen humildísimo, pero en cuestiones de literatura y arte tenía muchísimo más alcance. Gracias a él, José Lezama Lima mantuvo entre septiembre de 1949 y marzo de 1950 su sección “La Habana”, en la página 3 del periódico, con artículos que luego formarían parte de la sección “Sucesiva o las coordenadas habaneras” de su libro Tratados en La Habana. A partir de entonces, colaboraría con artículos sobre arte y literatura en la cuarta página de la publicación, hasta fines de noviembre de 1958. Otras firmas promovidas por él fueron las de Medardo y Cintio Vitier.

No resulta sencillo echar a un lado en la cultura cubana esta publicación en la que pueden hallarse, durante décadas, las críticas de arte del asturiano Rafael Suárez Solís, las estampas costumbristas de Eladio Secades y donde hicieron parte de su aprendizaje como periodistas figuras que luego fueron maestras para varias generaciones como Juan Emilio Friguls y Walfredo Piñera. Sin olvidar que, de modo sistemático o no, colaboraron con ella nombres significativos del siglo XX como Anita Arroyo, Jorge Mañach, José María Chacón y Calvo, Julián Alienes Uriosa y Antonio Lancís.

Lamentablemente, no se ha logrado entre nosotros restaurar una colección íntegra del diario, mucho menos digitalizarla para el uso de estudiantes de periodismo e investigadores de la cultura. Alguna vez habrá que rescatar tanta página notable perdida entre la hojarasca muerta. Mientras tanto, quede al menos la inquietud de saber que el Diario de la Marina fue mucho más que el imperio perdido de los Rivero (1)”.


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