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Niños en una escuela primaria (Getty)

LA HABANA, Cuba.- El curso escolar empieza siempre igual, con muchas estadísticas, muchas fotos de estudiantes sonrientes, con los triunfalistas discursos de los funcionarios asegurando que, a pesar de “algunas carencias”, todas las condiciones están dadas para que eche a andar exitosamente la nueva temporada educativa.

La falsedad y la verborrea desvinculada de la realidad no pueden ser más idénticas. Y este año se repiten más que nunca las alusiones, dedicatorias y referencias a Fidel Castro, pues este es el primer curso sin su presencia, y los educandos deben oír su nombre y ver una foto suya mil veces al día.

Los funcionarios reconocen la gran falta de maestros y profesores, además de elementos de la base material de estudio, pero este será de todas formas otro fructífero período de la producción en serie de revolucionarios “como el Che”.

En fin, palabras, frases, discursos inflamados e inflados de vacío. La realidad no importa. La realidad es verbal; la escuela, “el centro cultural más importante de la comunidad”; la educación preescolar, la “primera infancia”. Desde muy temprano a los estudiantes se les inculca el “amor a la historia”. Etcétera.

Pero todavía hay palabras mayores y superfrases. Y hasta correspondencia con los fantasmales lineamientos del partido. O sea, la educación en este país, la educación socialista, no es un armatoste, no es una aberración: es todo un sistema racional, basado en una avanzadísima pedagogía científica, y solo el enemigo puede considerarlo un proyecto fracasado y empeñarse en juzgarlo por su resultado final, los egresados.

Sería mejor juzgar por los altos propósitos que declaran los funcionarios, por sus luminosos fines y su compleja metodología: por su humanismo, en definitiva. Así, resulta que nos hallamos ante el “tercer Perfeccionamiento del sistema nacional de enseñanza”, que “se aplicará de manera experimental en 154 escuelas de todas las provincias, en los grados primero, cuarto, séptimo y décimo; así como en primero, segundo y cuarto años de vida de la primera infancia”.

¿De qué hablan las laboriosas autoridades? Hay transparencia: “la aspiración es lograr un modelo de escuela más abierta y participativa, en la que el estudiante reciba los conocimientos que necesita”. Suena comprensible. Suena hasta bailable.

“Las nuevas realidades socioeconómicas y un mayor acceso a las nuevas tecnologías son condiciones que ponen el imperativo a la pedagógica nacional, que tiene ante sí retos como la necesidad de un mayor poder de análisis ante el aluvión de información disponible, la crisis de valores y los cambios en los patrones de género y sexualidad”, leemos en la prensa oficial.

Se subraya que esta es una nueva propuesta. Cira Piñeiro Alonso, alta funcionaria del Ministerio de Educación, describió “un currículo general (para todos los centros escolares) y el propio de cada institución: la escuela puede proponer sus propios programas, según el desarrollo local, las necesidades del territorio y de los alumnos, y estos serán elaborados tomando en cuenta la opinión del claustro, de los estudiantes y de los familiares”.

Pareciera que el sistema educativo se está actualizando y entra en una novedosa etapa, dejando atrás los viejos conceptos y la ineficiencia. “Cada momento es educativo, tanto en la institución como en el hogar”, leemos: “Hay acciones asociadas al programa Educa a tu hijo, en relación con el mejoramiento de los materiales que se facilitan para la capacitación ofrecida a la familia”.

He ahí un punto clave: cuál es el vínculo entre la institución educativa y la familia. Como el homeschooling —educación en el hogar— es una modalidad pedagógica utilizada en muchos países, en Cuba se quiere hacer ver ahora que la familia forma parte esencial de la educación.

Pero sabemos que bajo el gobierno castrista la familia jamás ha tenido ni voz ni votos reales en la educación de los hijos. La familia puede aprovechar para inculcar en su seno otros valores que no son los de la educación estatal y acaso aliviar un poco los efectos del adoctrinamiento ideológico, pero no puede oponerse a ese tipo de educación.

En mayo pasado, se dio el caso del pastor Ramón Rigal y su esposa Ayda Expósito, que habían decidido educar a sus hijos en el hogar para que no sufrieran más acoso en la escuela, donde, además, les inculcaban ideas que contradicen los valores de la familia. Rigal fue condenado a un año de trabajo correccional y su esposa a un año de arresto domiciliario.

Una prestigiosa institución extranjera que promueve el homeschooling otorgó una beca que ayuda a ambos padres en esta modalidad de educación. Pero el Estado cubano les dejó claro que no reconoce ese procedimiento, que esa opción somete a los niños a una educación capitalista, muy diferente de la socialista, que es la que legalmente se imparte en Cuba.

Las reformas de Raúl Castro tienen una existencia demasiado intangible fuera de la mente de sus creyentes. El control sobre la educación se mantiene hasta el punto de ni siquiera en una institución tan prestigiosa y cara como el Colegio Internacional de La Habana —donde muchos extranjeros que residen o trabajan aquí matriculan a sus hijos— pueden entrar niños cubanos. Un exitoso músico intentó que su hija estudiara allí, pero no se le permitió porque el Colegio no imparte el tipo de educación que deben recibir los estudiantes en Cuba.

La revolución pudo crear un modelo de educación muy avanzado, abierto, libre y verdaderamente redentor de acuerdo con sus supuestos objetivos; pudo intentar la formación de seres humanos libres, creativos, fraternos y emancipados, en cambio puso al individuo al servicio del estado, sometido a un falso mesías para que, hundido en la masa, nunca asumiera la condición real de ciudadano.

Por eso, las carencias materiales, la falta de personal e incluso la baja preparación de los pedagogos, no son problemas básicos de la educación en el país, pues pasan a un segundo lugar cuando se comparan con el verdadero mal: la naturaleza servil y deshumanizadora del proceso educativo, que se evidencia cuando, por ejemplo, vemos a los pioneros participar —bajo la guía de sus maestros y de agentes de la policía política— en un acto de repudio.

Ese espectáculo tan alarmante fue concebido y santificado por el mismo bondadoso y humilde líder cuyas fotos cubren, obligatoriamente, un pedazo de pared en cada escuela, formando una especie de capilla o altar, como si eso pudiera borrar la oscura historia de ese hombre que nunca se les cuenta a los escolares que pasan ante su rostro sonriente.


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