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Niño cubano durante un acto político en honor a Fidel Castro (vanguardia.cu)

LA HABANA, Cuba.- Se supone que cualquiera puede sentir fidelidad hacia lo que le parezca más apropiado, pero es triste ver un tipo de lealtad algo absurda, que no se basa en la convicción personal, sino en la ajena, como puede ser la del propio padre. No creo que la “lealtad heredada” abunde mucho ya en estos días, pero a veces todavía nos sorprende, como una especie de atavismo.

Así me ocurrió hace un par de noches, cuando escuché una conversación entre dos hermanos que me pareció ejemplar sobre dos puntos de vista que no son tan contrarios como parecen a primera vista. Iván y Juan Luis rondan los cuarenta años y estaban en el cumpleaños de una pariente. Daba la casualidad, además, de que en esos días se cumplía un año de la muerte del padre de ambos.

Era evidente que la conversación desagradaba a los que estaban en la sala, por parecerles poco apropiada, pues giraba en torno a la fidelidad a la revolución del fallecido, que había sido toda su vida un incondicional del “proceso revolucionario” y de su liderazgo, sobre todo de los Castro. Alguien comentó que los hermanos, gente muy apacible, nunca hubieran tenido una conversación así en público ―y quizás ni en privado― de no ser por la cerveza.

Iván, el menor, defendía la fe del padre y aseguraba que él nunca traicionaría su memoria. Hay que añadir que, evidentemente para ambos, el fallecido había sido un magnífico padre en todos los aspectos. El hermano mayor, Juan Luis, aseguraba que el viejo había sido un “revolucionario sincero”, o sea, “un ingenuo que no sabía cambiar su opinión sobre una cosa cuando esa cosa cambiaba”.

Pero Iván repetía los argumentos que siempre había usado el padre mismo para defender “el proceso”, que ya se puede suponer cuáles eran, y Juan Luis replicaba que, si el viejo se empeñó siempre en vivir en los años sesenta, él, Iván, no debía hacerlo: tenía que pensar con su propia cabeza y darse cuenta de que ya casi nadie creía sinceramente en “esto”.

Su argumento era que, según una fórmula nada nueva, no se podía ser revolucionario, honesto e inteligente a la misma vez, porque, si eras honesto y revolucionario, no eras inteligente; si eras inteligente y revolucionario, no eras honesto, y, si eras honesto e inteligente, entonces no podías ser revolucionario de ninguna manera.

Iván se encogió de hombros: “Esos son chistecitos de intelectuales”. El viejo había sido siempre un trabajador manual y, durante muchos años, dirigente del Partido Comunista en su taller. Su mayor preocupación fue que sus hijos estudiaran y fueran también incondicionales al “proceso”, pero Juan Luis estaba seguro de que, si hubiera podido comprender la verdad, habría pensado distinto.

El otro le señaló que, si consiguió ser universitario, fue gracias a la revolución, y el mayor le recordó que el tío Fulano, pobre como toda la familia, se había doctorado en Farmacia en el año 57. En ese punto el diálogo se tornó áspero. Iván le dijo a su hermano que siempre había sabido que era un traidor y un mal agradecido. Juan Luis le dijo que era “un perro que mordía por orden del que le daba la comida”.

La parienta del cumpleaños tuvo que interceder para que “dejaran la zoncera”, que parecían dos borrachos de esquina dándose “actos de repudio uno al otro”. Los hermanos se abrazaron y se rieron, pero Iván estaba encaprichado en que él sería “siempre fiel a lo que había sido siempre fiel” su querido padre.

Entonces la madre de ambos, que no se había dado ni un solo trago, pero que tenía una muy bien ganada fama de no callarse nada y de soltarle a cualquiera lo que tuviera en mente ―alardeaba de ser una guajira bruta―, les dijo que ninguno de los dos sabía de lo que estaba hablando, y que, en definitiva, ni siquiera el viejo había sabido qué cosa era la fidelidad.

“Yo le soy fiel a quien me es fiel, pero al que me traiciona yo lo traiciono también, ¡y muy campante! Si tú sigues creyendo en el que te traiciona, es porque eres un ‘tarrú’ y no hay más que hablar”, dijo la abrumadora mujer. Y sin duda alguna ya no había más que hablar. Por lo menos los dos hermanos se fueron cada uno para una esquina, como boxeadores mareados.


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