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Bicitaxistas en La Habana Vieja (Foto: María Matienzo)

LA HABANA, Cuba.- “Yo no le tengo miedo a los inspectores”, dice uno de los pintores que venden en la esquina de San Miguel y Galiano. “Esto está aprobado por el director provincial del poder popular”, se reafirma, como si sus palabras fueran una garantía.

En Cuba hay dos grandes grupos de cuentapropistas frente a los inspectores: los que tienen los papeles en orden y los que pueden pagar un “gran soborno”.

El 27 de agosto, en el área de venta para los trabajadores por cuenta propia La Caridad, situada a un extremo de la calle Galiano, hubo un intento de decomiso masivo de la ropa que venden allí.

Según un exfuncionario del Poder Popular de Centro Habana, “eso fue un hecho totalmente ilegal porque esas no son funciones de la policía”, y explica: “Para realizar cualquier tipo de decomiso debe estar presente un cuerpo de inspectores, la científica —o sea, peritos— y, como apoyo, la policía. Además puede o debe de haber alguien de Fiscalía, pero nunca un camión de policías semiuniformados como dicen que pasó”.

Según testimonios de los vendedores, en la puerta “se paró” un hombre que suele ser “bukenke” en el parque “El Curita” y gritó: “Déjenme eso así mismo”, pero tras la gritería, los policías tirándose del camión y el cierre de las puertas, no pasó nada. Minutos después, vendedores y dueños se llevaba su mercancía por la puerta trasera.

La Caridad es uno de los primeros espacios creados después que el gobierno decidiera prohibir la venta de artículos importados y es el primero de lo que podría llamarse una cadena de establecimientos Trabajadores por Cuenta Propia (TCP) situados a lo largo de toda la céntrica Galiano. Sin embargo, ninguno ha recibido un ataque similar y todos venden lo mismo.

“No sé si es resultado de una ley mal redactada o mal aplicada. Yo lo que sé es que esto está del carajo”, dice una desconocida que quiere comprar un par de zapatos marca Lacoste en la TCP Salón Galiano, “Pregunté allí y no supe, hasta que la dueña me aclaró que costaban 35 (CUC), porque lo que ellos llaman promotores me dieron como tres precios diferentes: 45, 40 y finalmente 35”.

Cataloga las TCP como “candongas controladas” porque “son los mismos sujetos de La Cuevita revendiendo cosas; pero si no es así, dónde y cómo”.

A la clasificación de “candonga” que da la desconocida se le podría agregar que todas las TCP padecen de lo mismo: hacinamiento, un calor que se convierte en vaho y en que ninguno vende artesanía.

Otro entrevistado que dice llamarse Luis se ha dado cuenta de otros detalles: “Solo los dos primeros puestos venden artesanía, el resto es baratija, ropa de afuera, y te tratan bien hasta que se dan cuenta de que no vas a comprar. Entonces eres mierda. ¿Qué se ha creído esta gente, eh? Es como si no le tuvieran miedo a nada ni a nadie”.

Hace un análisis más profundo mientras ve “joyas” de acero quirúrgico: “Los del problema no son ellos, no”, y se refiere a los vendedores. “Es que los han puesto a todos en la misma categoría. No puede ser que una persona que produzca lo que vende, que se esfuerce, esté en el mismo punto que estos que revenden. Es como si les intentaran bajar la autoestima a los que pueden crear, a los que están haciéndose con sus ideas de sus propias empresas”, comenta Luis, y deja claro que “emprendedores” no pueden ser todos.

Vista de las afueras del área ‘La Caridad’ (Foto: María Matienzo)

Remata: con que “este es el resultado de una pila de cosas que pasan en este país y de las que nadie habla”.

Hay quienes dicen que en las TCP “no hay por qué temerle a los inspectores” porque “los vendedores lo tienen todo bajo control”, y aunque “nadie se vuelve rico allí, sí alcanza para pagar” lo que sea necesario.

En las TCP “nadie suelta prendas”, dice Odalys, quien alguna vez vendió en la esquina de Galiano y Neptuno, un espacio en remodelación para que cumpla las mismas funciones de antes.

“El sistema es lo que está jodido”, y parece una verdad de Perogrullo. “La palabra no es miedo, pero se vive con tremendo sobresalto porque en cualquier momento los quitan y nos jodemos todos, los que venden y los que compramos”, afirma Odalys

Los que temen

En “La Cancha”, otra TCP, el primer puesto es de anticuarios desplazados de la Plaza de Armas, pero esos sí parecen temerle a los inspectores porque cuando se les hace más de dos preguntas empiezan a hacerse señas entre ellos.

Otros con “pánico” son los bicitaxistas o los que tienen negocios de comida.

Oscar, por ejemplo, dice haber esperado dos meses para que le “devolvieran la licencia” de lo que él llama “el carro”, que no es más que un bicitaxi. Tuvo que ir a una oficina en el municipio Playa para ver cómo “se disputaban” su caso.

“Yo supongo que era para que soltara prenda, pero yo estoy pasmao”, añadió. “La calle está en candela, a veces (los inspectores) se te tiran de dos en dos, a veces es mejor ni salir”.

Elisa cuenta que hace un par de meses a un puesto de carne de puerco en la calle Consulado en Centro Habana “se le tiró” una inspectora. “Una tipa para cogerle miedo. Imagínate que le decía al carnicero: ‘Me voy a quedar aquí velándote, me oíste?’, y se paró en la acera de enfrente para amenazarlo con señas y todo porque en vez de vender por el frente, lo cogió vendiendo por el costado”.

Entonces se pregunta: “Si la carne es de él, si la está dando al precio que es, ¿a quién le importa?”, y describe la reacción del carnicero: “Se puso rojo de la impotencia, parecía que le iba a dar una cosa”.

Vidriera del ‘Salón Galiano’ (Foto: María Matienzo)

Por las características, la misma inspectora fue vista “acosando” junto a otros tres inspectores a una brigada de albañiles en la remodelación de una casa en la calle Perseverancia, entre San Lázaro y Laguna. “Aunque estos parecían frescos”, comenta la fuente anónima, y se refiere a la tranquilidad con que uno de los constructores decía: “Por eso yo tengo todo en regla, ¿quiere ver?”.

Pero de mil, uno. La mayoría se aterra cuando un inspector de presenta porque el miedo, los sobornos, los malos tratos de los revendedores y hasta los inspectores son el resultado de políticas encaminadas a limitar el desarrollo económico individual a través, como el gobierno suele llamar, del “esfuerzo propio”.


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