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(EFE)

LA HABANA, Cuba.- Yariel no formó parte de la delegación cubana al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, pero yo, que creo en sus méritos, reconozco que el muchacho pudo engrosar la comitiva isleña que por estos días desanda la ciudad rusa de Sochi. Supongo que a este joven, que jamás puso un pie fuera de la geografía que lo vio nacer, le habría encantado estar en aquel Palacio al que llaman: “de Hielo”.

Y hasta puedo suponer el sobrecogimiento de Yariel contemplando la arquitectura de aquel sitio. Puedo imaginar a un Putin, enterado de la proezas del joven, que se deslumbra, que le estrecha la mano, que le pregunta por Cuba, por su familia, que le da la espalda luego, que lo olvida; pero no importa, en mi cabeza Yariel pudo ser uno de esos jóvenes “seleccionados cuidadosamente” y con el índice, para hacer el viaje a Rusia, al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, para ofrecer el más uniforme de los discursos, eso que no permite disentimiento.

Este cubano no fue talentoso en los estudios, no pasó del grado décimo. Este muchacho no es un obrero vanguardia, y no conoce del sol tan fuerte que agrede a quien labra la tierra cada día. Su hazaña es en apariencias altruista. Su generosidad, cree él, ayudó a salvar un montón de vidas. Resulta que este joven, que podría estar en Sochi, es donante de sangre. Hasta cuatro veces al año extiende el brazo para “regalar” su savia.

El joven Yariel tiene dos hijos, y negocia su sangre con el médico de la familia. Y es que las autoridades de salud le exigen al galeno que sea bueno en su labor proselitista, para que Cuba siga siendo un pilar en la donación de sangre. El médico sabe que las autoridades le señalarán con el dedo, lo llamaran incumplidor, si no consigue que unos cuantos de los residente en su área de salud extiendan el brazo, sientan el pinchazo de la aguja, vean salir el fluido rojizo.

El médico es convincente. Ese joven galeno ofrece una dieta, de esas que dan a los pacientes con altas cifras de colesterol, pero antes tiene que ir al Banco de Sangre más cercano a regalar  lo que corre por sus venas. ¿Regalar? Yariel acepta, y cómo no aceptar si todo está resuelto, si del laboratorio viene luego el resultado de un análisis que nunca se hizo pero advierte que sus cifras de colesterol son altas, son altísimas, aunque su figura esbelta, su cuerpo fibroso, diga lo contrario.

Y cada mes Yariel recibe, en pago, una bolsa de leche y unas libras de un pescado al que llaman chicharro, que no tiene muy buen sabor pero que llena el estómago, y tiene alto contenido de hierro. Y el médico, el pobre médico conseguirá que no lo señalen con el dedo, que no le digan que incumplió con sus deberes, que lo dejen tranquilo por un rato, y quien duda que tanto proselitismo, tanta farsa, pusieran en un avión con destino a Sochi, a ese médico farsante u otro que exhiba un empeño parecido.

Y allí estará, junto a los otros miembros de la delegación, cualquier médico que se enreda en tales patrañas, para cumplir con los empeños del gobierno. Ese médico será uno de los responsables de que la Organización Mundial de la Salud otorgue distinciones a la Isla, que hable de la filantropía de los cubanos, del espíritu desinteresado de sus hijos.

Cualquiera de esos médicos puede estar ahora mismo en Sochi como miembro de esa uniforme delegación; todos atildaditos, con el cabello cortado prolijamente, vestidos con un jeans y una camiseta que luce la bandera cubana y algún lema que exalte la “perfección” del socialismo nacional.

Yariel merece estar en Sochi, aunque sea un mentiroso, aunque sus cifras de colesterol sean las justas. Yariel no sale a la calle a robar, Yariel no se prostituye. Él trabaja cada día, y miente porque no le pagan lo que merece. Yariel sabe que sus dos hijos necesitan alimentarse bien y está dispuesto a mentir para que crezcan sanos y bien alimentados. Él no es un mentiroso, mentiroso es un gobierno que se ufana de tener más de 400 000 donaciones de sangre al año. Yariel ese que no está en Sochi, es uno de esos héroes que propicia las vanidades del gobierno, pero, ¿cuántos cómo ese médico estarán hoy en aquel festival de Rusia?


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