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Cola en las afueras de una farmacia en La Habana, octubre 2017 (Foto archvio)

LA HABANA, Cuba.- La farmacia, en plena avenida de Carlos III, en la capital cubana, estaba atestada de personas. La cola se extendía hacia afuera del local y formaba un conglomerado humano en el portal, entorpeciendo el paso a la entrada del edificio de apartamentos colindante. “¡Hace una semana que no puedo dormir por falta de mi medicina!”, grita a voz en cuello una paciente frustrada al enterarse que, después de esperar su turno por más de una hora, ya se ha agotado el alprazolam, medicamento indicado por su psiquiatra para tratar su ansiedad y su trastorno del sueño. “¡Llevo días recorriendo las farmacias de los 15 municipios y nada!, ¡a nadie le importa, nadie sabe cuándo habrá la medicina, nadie soluciona el problema! Aquí el que no tiene un buen billete o un familiar en el extranjero que le mande la medicina lo único que le queda es morirse. Y después pon el noticiero y oye lo bueno que es el sistema de salud cubano. ¡Es una burla y una falta de respeto!”.

Las impasibles dependientas tras el mostrador continúan despachando los escasos productos en existencia y la mujer sale como una tromba furiosa de la farmacia. Mientras se aleja por la acera sigue descargando su impotencia en alta voz, desbarrando contra “este puñetero país de mierda” y agitando en el aire la inútil receta. La gente en la cola se queda mascullando sus propias y particulares desgracias. Un señor hipertenso se queja de que hace dos meses no logra comprar el enalapril ni la clortalidona, una cardiópata asegura que están faltando los antiarrítmicos como el atenolol y el nitrosorbide. Todo el mundo comenta sobre la escasez de duralgina, aspirina, meprobamato.

Es una escena cotidiana. La severa escasez de medicamentos que se ha estado agudizando en Cuba en los últimos meses, lejos de solucionarse, ha devenido tendencia que amenaza con convertirse en un mal tan “irreversible” como el sistema sociopolítico que la genera. La propia prensa oficial ha reconocido la falta de medicinas, que incluye al menos 160 fármacos, pero no ha apuntado la solución del problema ni una probable fecha de normalización en los abastecimientos a las farmacias.

Esta carestía, sin embargo, no es un fenómeno aislado ni reciente. Desde los angustiosos años 90’, tras el colapso del comunismo soviético, no solo se produjo una caída estrepitosa en la producción nacional de fármacos, sino que también disminuyó sensiblemente la importación de los que no se generaban dentro de la Isla. De hecho, la mayoría de las medicinas que se expendían libremente en la red de farmacias, sin necesidad de prescripción facultativa, pasaron a ser “controladas”, lo que significa que comenzaron a venderse solo contra receta médica debidamente acuñada.

Desde entonces y hasta hoy, la lista de fármacos racionados incluye también algunos de los analgésicos más básicos, materiales de curación, ungüentos, termómetros y otros artículos, lo que ha marcado una mengua significativa en el botiquín familiar del común de los cubanos.

Fue precisamente en medio de la crisis de los 90 cuando se implementó el “tarjetón”; una ficha personal donde constan nombres y apellidos, número de identidad y dirección particular, concebida para garantizar en las correspondientes farmacias los medicamentos necesarios para los pacientes de enfermedades crónicas —diabéticos, hipertensos, cardiópatas, neuróticos, etc.—, previa presentación del certificado médico que acreditara el padecimiento en cuestión.

Justo es reconocer que la medida logró su propósito, al menos mientras se mantuvo estable el suministro regular de las medicinas en las farmacias. Sin embargo, la actual crisis de medicamentos afecta incluso a este creciente sector de pacientes crónicos, a muchos de los cuales les resulta vital el acceso a los fármacos indicados en el tratamiento de sus enfermedades.

El asunto se torna tanto más grave por cuanto la población cubana presenta una indetenible tendencia al envejecimiento, y se sigue registrando un aumento significativo de enfermedades de alto riesgo para la vida, como la hipertensión, las afecciones cardiovasculares, la diabetes y la hipercolesterolemia.

Entretanto, y como sucede invariablemente ante cada situación de penuria, a lo largo de los años se ha desarrollado una robusta e intrincada red de mercado ilegal de medicinas, en cuya ancha corriente medran tanto ciertos administradores y dependientes de farmacias —dado su acceso directo al producto— como pequeños negociantes de ocasión, de esos que pululan en cada barrio traficando con cualquier cosa medianamente vendible, hasta algunos galenos inescrupulosos y “cuadros” burócratas del sistema nacional de salud, quienes disponen a su arbitrio de los talonarios de recetas. Porque, como se sabe, la corrupción y las miserias son directamente proporcionales: crecen a la par.

Por supuesto, la ley de la oferta y la demanda funciona perfectamente en el mercado negro, de manera que a medida que aumenta la escasez los precios de las medicinas se han disparado. Algunos productos duplican, cuando no triplican, su precio anterior en el propio mercado informal. Por ejemplo, un blíster de 10 tabletas de la muy demandada duralgina (dipirona), un analgésico que en la red de farmacias tiene un precio de 40 centavos en moneda nacional y que hasta hace poco costaba 5 pesos (CUP) en el mercado negro, ahora se llega a cotizar en 10 (CUP).

Lo mismo sucede con los psicofármacos, también de alta demanda en un país donde el estrés y la depresión forman parte del cotidiano de vida. El clorodiazepóxido, el diazepam, el alprazolam, entre otros, se han encarecido hasta ponerse fuera del alcance de aquellos que más los necesitan: los más pobres.

Hasta el momento, las autoridades han evitado profundizar en el tema, que apenas han mencionado tangencialmente. Días atrás el anuncio en los medios oficiales acerca de que en la televisión se destinaría una transmisión de la “Mesa Redonda” a analizar este delicado asunto, creó expectativas en la población. Sin embargo, por razones no explicadas al público se ha pospuesto dicho programa.

Por el momento, se mantiene la crisis, y según testimonios de algunos galenos que han preferido permanecer en el anonimato, en hospitales como el muy renombrado Hermanos Ameijeiras, enclavado en el municipio Centro Habana, pronto comenzarán a impartirse charlas y conferencias a los médicos sobre las bondades y ventajas de la medicina homeopática, lo cual indica que las carencias de medicamentos verdaderamente efectivos van para largo.

Varios estantes están vacíos en esta farmacia. La situación se repite en toda la capital (Foto archivo )

Pero tan irritante como la crisis es la “solución” que se aporta desde la sección Acuse de Recibo del periódico Juventud Rebelde. Bajo el título de “Medicamentos, angustias y estrategias”, el reportero Jesús Arencibia Lorenzo reproduce la carta de un lector que se queja de que nunca alcanza a comprar sus medicamentos de hipertenso —es decir, fármacos controlados por “tarjetón” y supuestamente garantizados por la red de farmacias— porque mientras él pasa el día trabajando hay personas que no trabajan y que hacen la cola y “acaparan”, de manera que “siempre son los mismos” los que consiguen las medicinas cada mes.

El lector en cuestión comenta que “cada minuto, hora, día y mes que pasa” sin las medicinas se sufre “deterioro del organismo y propensión a sufrir accidente cerebrovascular o de miocardio”. Todo lo cual es rigurosamente cierto y razonable; no así su propuesta de solución. El referido lector asume que, ante la insuficiente distribución del medicamento lo justo es “aunque sea repartir a la mitad: un mes para ti, uno para mí”.

Es decir, su propuesta no consiste en exigir que se busque una vía para solucionar la escasez de medicinas, sino poder acceder a los fármacos al menos en meses alternos: el mes en que “le toque” la medicina estaría a salvo del infarto y al mes siguiente (cuando “le toque” a otros) viviría bajo riesgo de morir. O sea, este sujeto no aspira siquiera a tener la medicina cada mes, como “los acaparadores”, sino que para él la expresión máxima de justicia sería que éstos estuvieran tan jodidos como él.

Un supuesto que apoya el periodista Jesús Arencibia, cuando arenga: “En medio de carencias cuya solución muchas veces no está al alcance inmediato de la mano, lo que no se debe perder, al menos en un proceso social como el nuestro, es el sentido de la justicia y de la bondad, para que bonanzas y penas se repartan con la mayor equidad, en cada caso”.

Y añade al cerrar: “Quizá cuando avancemos al escenario de máxima transparencia”, en el cual la entrada de fármacos a las farmacias y los registros de cifras de pacientes sean documentos accesibles y públicos para la ciudadanía —“escenario de control popular”, lo llama él— “tal vez evitemos que unos pocos se beneficien mientras los demás siguen aguardando en zona de peligro”.

Todo lo cual sugiere que al final del día podrán faltar los medicamentos que nos mantienen dolorosamente vivos en esta ínsula absurda, pero lo que sí no puede faltarnos es la “bondad” que nos permite multiplicar las miserias. ¡Y todavía hay quienes se preguntan cómo es que el castrismo ha logrado sobrevivir por más de 60 años!


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