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Nostálgicos del régimen totalitario soviético en Moscú (Cordon Press)

GUANTÁNAMO, Cuba.- Todo poder sostenido sobre la violencia genera injusticia social, conclusión irrefutable cuando se estudian procesos históricos como la Revolución de Octubre, ocurrida en San Petersburgo el 7 de noviembre de 1917.

Gracias a la propaganda comunista muchos creen que Lenin participó en el asalto al Palacio de Invierno y que la toma de este se produjo después de una gloriosa batalla. Desconocen que León Trostki dirigió los sucesos, que el zar había sido depuesto desde febrero —fecha en que se produjo la revolución— y que el 7 de noviembre hubo en realidad un golpe de estado para impedir que Rusia se convirtiera en una república democrática.

De Alexander Fiódorovich Kerenski los manipuladores oficialistas afirman que fue un reaccionario, a pesar de que desde que se graduó como abogado en 1904 hasta 1917, dedicó su vida a derrocar al zarismo, por lo cual sufrió persecución y cárcel.

¿Fue el 7 de noviembre de 1917 una jornada heroica?

Cuando el movimiento revolucionario ruso derrocó al zar en febrero de 1917, sus dirigentes gozaban de gran autoridad y prestigio ante el pueblo. En él había representantes de ideas muy apegadas al zarismo, socialistas moderados, republicanos, y también estaba la minoría bolchevique.

Las derrotas del ejército ruso en la Primera Guerra Mundial, los sabotajes a la economía, el caos y la especulación, fueron factores que permitieron que los bolcheviques pasaran a ser mayoría dentro de las fuerzas políticas que conformaban el espectro político de entonces, sobre todo por las consignas que les ganaron muchas simpatías en el pueblo: “Paz, pan y tierra” y “Todo el poder para los soviets”.

Desde el exilio Lenin instó a los bolcheviques a que tomaran el poder por la fuerza. Pero la mayoría de sus camaradas no apoyaba tal idea pues creía que la imposición de intereses sectarios podría provocar un caos mayor. Fue entonces que se aprobó el plan de tomar el poder pacíficamente durante el II Congreso de los Soviets, que se iba a iniciar precisamente en la noche del 7 de noviembre, con la idea de que el destino del país fuera decidido por la Asamblea Constituyente. Pero Lenin era otro zar en ciernes —como luego lo fue Stalin— y no pensaba lo mismo. La orden del gobierno provisional de enviar al frente militar a gran parte de la guarnición de San Petersburgo resultó el catalizador que provocó el golpe de estado de los bolcheviques liderados por Trotski.

Los sucesos del 7 de noviembre nada tuvieron de heroicos. En ciudades importantes como Moscú la jornada fue absolutamente tranquila. Los muertos del bando de los bolcheviques no pasaron de seis y en el caso de los defensores del Palacio de Invierno no hubo bajas mortales.

Esa misma noche llegó Lenin a San Petersburgo. Las fuerzas políticas que participaron en la jornada inaugural del II Congreso de los Soviets protestaron enérgicamente contra el golpe de estado de los bolcheviques y reclamaron el respeto al gobierno provisional, lo cual no fue admitido por Trotski. Ante esa respuesta abandonaron el local, oportunidad aprovechada por los bolcheviques para conformar un nuevo gobierno únicamente con militantes de su partido. Este es el funesto inicio de la mal llamada democracia socialista, que no es lo uno ni lo otro, pues como atinadamente afirmara Rosa Luxemburgo: “la libertad solo para los partidarios del gobierno, solo para los miembros de un partido —no importa cuán numerosos— no es libertad”.

Lenin impuso una sistemática represión contra el resto de las fuerzas políticas, la cual tuvo gran costo para su partido en las elecciones para la Asamblea Constituyente, donde los bolcheviques resultaron minoría. Entonces, en un acto muy propio del autoritarismo zarista —contra quien decía luchar— Lenin disolvió la asamblea, encarceló o ejecutó a muchos de los políticos elegidos por el pueblo e instauró su dictadura. Si eso lo hubiera hecho el zar, para los sumisos ideólogos del castrismo habría sido un acto reaccionario; como lo hizo Lenin es revolucionario.

El holocausto más grande y cruel que ha conocido la historia

La paz lograda en la Primera Guerra Mundial fue precaria pues debido a la imposición de la dictadura comunista comenzó una guerra civil. Derrotada la oposición militar y con la consolidación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), las injerencias en los asuntos internos de otros países estuvieron en todos los confines del mundo. Dos bloques militares se enfrentaron provocando innumerables tensiones y guerras y la URSS se convirtió en un estado policíaco que serviría de modelo a George Orwell para escribir su extraordinaria novela 1984.

Los campesinos tampoco recibieron la tierra prometida debido a los nefastos resultados de la colectivización forzada impuesta por Stalin. El pan —si lo equiparamos a los bienes indispensables para una vida digna— nunca existió en abundancia ni tuvo calidad. En cuanto a otorgar todo el poder a los soviets fue otra promesa incumplida pues el autoritarismo del zar fue sustituido por el de la autocracia unipartidista.

Tanto en la URSS como en el resto de los países donde han sucedido revoluciones violentas, el desconocimiento de la voluntad popular fue práctica política. La historia demuestra que cuando no se realizan transformaciones que benefician a todos los ciudadanos en un clima de verdadera tolerancia, libertad y respeto a todos los derechos humanos, dichos procesos acaban sucumbiendo. Por eso la URSS no sobrevivió a pesar de los intentos de reformarla. Lo mismo ocurrirá con el proceso cubano porque toda dictadura es antinatural.

La URSS se erigió sobre el loable propósito de empoderar al pueblo. Nunca lo consiguió. Horrorizan los millones de muertos por hambre, cárcel, asesinatos, colectivización forzosa de la tierra y confinamientos en los gulags. Su historia es el registro del mayor holocausto que ha conocido la humanidad.


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