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LA HABANA, Cuba.- Con solo 23 años, Adonis Milán ha llevado a escena tres piezas y dos performances. Su última obra, Máquina Hamlet, estrenada el pasado 30 de septiembre en la salita de la Madriguera, espacio de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), vio la luz bajo una “sutil” aura de censura. “Tu obra solo estaba programada para un día”, fueron las palabras del técnico de la sala, y ahí Adonis tuvo que encolerizarse y echar mano a los amigos, para que le consiguieran un proyector y los recursos mínimos para producir la pieza, que contaba con público a la espera. Este evento, sumado a su postura crítica, motivó la prohibición de futuras presentaciones de su trabajo en este lugar.

Según sus palabras su formación ocurrió en el escenario, primero como actor y luego como asistente de dirección de varios grupos. Experiencias que lo llevaron a crear el colectivo Perséfone teatro, en el año 2015, sin una nómina estable de artistas.

Aunque a su entender en Cuba no existe un movimiento independiente de teatro, la estrategia que muchos directores jóvenes asumen ante los obstáculos, la censura solapada o la falta de materiales, es la resistencia. En el último espectáculo uno de los textos manejados por una actriz que sostenía un machete fue: “Abajo la sumisión, viva el odio, el desprecio, la rebeldía”. Y precisamente es eso, plantarse con un machete y, a cualquier costo, hacer la función.

Ante la interrogante de cómo su generación mira a las figuras de Carlos Celdrán, Nelda Castillo, Carlos Días y otros, Adonis responde que “como dioses”.

“Como mismo el pueblo cubano vio a Fidel Castro durante muchos años, como un dios. Ya yo estoy dejando de mirarlos de esa manera, por la propia madurez que creo he alcanzado durante este tiempo de trabajo, aunque sigo respetando y admirando sus obras”, explica.

Añade que “ellos han sabido pactar con el juego del régimen. Criticable o no, lo han hecho, y tienen un espacio. Si eso no hubiese sucedido no existiría el teatro cubano. Porque nuestro teatro se resume a estas tres personas prácticamente. Y eso es muy doloroso”.

Amén de su juventud, su obra es en esencia apocalíptica. Se ha movido entre asuntos como la emigración, el regreso, la insularidad, la violencia, el poder, los delirios, las utopías.

“Hay una cosa que se llama descodificación genética de la cual yo he investigado, porque yo tengo todas estas ambivalencias y empatías emocionales con cosas que yo no he vivido o no de manera consciente. Mi padre robó la lanchita de Casa Blanca en el 1994 y se fue. Y mi madre fue al maleconazo cuando yo tenía meses de nacido porque habían dicho que el mar se iba abrir para todo el que quisiera irse. Y estuve presente cuando Fidel dio su discurso para apaciguar a la gente y cuando llegaron las brigadas Blas Roca. Son cosas que están en mí y por eso afloran”, comenta.

Aunque no ve su futuro en Cuba, tiene alguna expectativa con respecto a los cambios que prometen avecinarse al creer, que su generación es la del cambio, “la que destruirá todo, para construir de cero”.


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