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Marcelo Hernández

"A veces sueño que regreso a Moscú pero los contornos de los edificios se ven borrosos", confiesa Valentina Rodríguez, de 72 años. Se casó con un cubano que estudió en una universidad moscovita en los años 80 y vivió muchos años en La Habana hasta que emigró a Estados Unidos.

Valentina tuvo dos hijos de aquel matrimonio, uno todavía vive en Ciego de Ávila, en el centro de la Isla, y el otro emigró a EE UU. Son los llamados polovinos, que en ruso significa la mitad de algo o el 50% de una cosa porque se parecen al "agua tibia, con un poco del frío ruso y del calor cubano", explica.

Nunca pensé que iba a terminar viviendo en Estados Unidos", confiesa en una grabación que mandó a 14ymedio.

"En un momento estábamos por todas partes en Cuba, pero ahora hay que caminar para encontrar un ruso", ironiza Valentina, con un vocabulario lleno de giros cubanos. Los datos oficiales confirman esta percepción: según el consulado ruso en la Isla quedan poco más de 1.000 nacionales, aunque esta cifra se triplica al incluir a los descendientes.

Últimamente, a medida que se acercaba el centenario de la Revolución Rusa, la prensa oficial ha remarcado la amistad con Rusia desde que en 1973 Cuba se integró al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), y que llevó a que la presencia de los "camaradas" se disparase por todo el territorio nacional. "En la mayoría de los ministerios había un asesor soviético que reportaba directamente a Moscú y podía intervenir en las decisiones", cuenta Valentina.[[QUOTE:Últimamente, a medida que se acercaba el centenario de la Revolución Rusa, la prensa oficial ha remarcado la amistad con Rusia desde que en 1973 Cuba se integró al Consejo de Ayuda Mutua Económica]]De ese contacto tan intenso llama la atención de que no queden más huellas que en la gastronomía, el habla popular o los gustos culturales. Quizás porque las diferencias eran tantas que, en palabras de un académico y escritor, "los cubanos y los rusos latían en diferentes longitudes de onda" y a veces simplemente no coincidían en nada.

"Me recibieron con cariño pero también había de vez en cuando algún conflicto porque yo tenía una manera muy diferente de ver la vida y de enfrentar los problemas", recuerda Valentina. "Para mi los primeros meses fueron maravillosos, pero con el tiempo era una lucha diaria con la familia cubana, los vecinos y hasta en la calle".

No solo los rusos estaban por doquier, los emblemas y símbolos de la Unión Soviética llenaron la realidad cubana durante más de tres décadas. Por las calles transitaban miles de automóviles Lada junto a los ruidosos camiones Kamaz, devoradores de enormes cantidades de combustible, pero fuertes como un tanque de guerra.

En las viviendas, las lavadoras Aurika se alternaban con los ventiladores Órbita y en los televisores Krim, también llegados desde el lejano país, se veían infinidad de dibujos animados y filmes made in URSS. Tras la caída de la Unión Soviética aquellos dispositivos fueron sustituidos por otros provenientes de China, Corea del Sur y hasta de Estados Unidos, mientras que las producciones de Hollywood llenaron la parrilla televisiva.[[QUOTE:No solo los rusos estaban por doquier, los emblemas y símbolos de la Unión Soviética llenaron la realidad cubana durante más de tres décadas]]"Eran feos pero duraderos", comenta a 14ymedio un reparador de electrodomésticos que se especializó en arreglar las lavadoras soviéticas. "Tengo muchos clientes que siguen usándolas". El técnico opina que los cubanos nunca valoraron las cosas que vinieron de la Unión Soviética porque costaban muy poco y además las veían toscas o feas. "Pero eran muy buenas", considera.

El apodo que recibieron los rusos durante su presencia en la Isla y que dura hasta el día de hoy alude precisamente a esa imagen áspera que los nacionales captaron en ellos. Fueron rebautizados como bolos en alusión a su falta de sofisticación y por su tendencia a priorizar el funcionamiento ante que los detalles estéticos.

Mientras el discurso político se llenaba de frases que hablaban de soberanía e independencia nacional, tras bambalinas los soviéticos sostenían toda la economía de la Isla. Fidel Castro llegó a recibir para su proyecto revolucionario más de 4.000 millones de dólares anuales de la URSS, además de las facilidades de pago y comercio con otras naciones del campo socialista.

El país recibía unos 200 millones de dólares que pagaba Rusia cada año por concepto de renta del Centro de Radares Lourdes, en la provincia de Pinar del Río, un enclave militar que algunas voces dentro del Comité de Defensa y Seguridad del Consejo de la Federación rusa piden reabrir.

El economista Óscar Espinosa Chepe, fallecido en 2013, era muy claro con el peso económico que la Isla representó para la URSS: "En realidad, no fue Gorbachov. ¡Cuba acabó con la Unión Soviética!", comentó hace seis años a la prensa española. "Sólo en créditos impagados, los rusos estiman que perdieron unos 20.000 millones de dólares de la época".[[QUOTE:Fidel Castro llegó a recibir para su proyecto revolucionario más de 4.000 millones de dólares anuales de la URSS]]La ayuda sostuvo el sistema de salud y educación del que el Gobierno cubano se ufanó durante años en los foros internacionales. "Pero no sirvió para desarrollar el país, ni el campo ni la industria sobrevivieron al colapso de la Unión Soviética", añadió entonces Espinosa Chepe.

El sostén económico del Kremlin fue disminuyendo hacia finales de la década de los 80 y se detuvo poco después, desencadenando en la Isla el llamado Período Especial, una crisis económica sin precedentes. Cuba quedó entonces con una deuda de 35.000 millones de dólares con Rusia, que el Gobierno de Vladimir Putin condonó más tarde en un 90%.

En la última edición de la Feria Internacional de La Habana, la semana pasada, la presencia ruso volvió a ser notable, pero esta vez bajo otras reglas. Ambos países avanzaron en las negociaciones de la reforma de la red de ferrocarriles, un proyecto que abarca trabajos en más de 1.100 kilómetros de vía férrea y también en el suministro de equipos de construcción, viales y transporte.

Polina Martínez Shviétosova, escritora de origen ruso residente en La Habana, opina que en los últimos años "los rusos han vuelto, han estado viniendo como empresarios y sería bueno que llegaran más". Aunque lo ideal, opina, es que los emprendedores cubanos, como particulares, pudieran presentarles una cartera de negocios sin la interferencia del Estado.[[QUOTE:En la última edición de la Feria Internacional de La Habana, la semana pasada, la presencia ruso volvió a ser notable, pero esta vez bajo otras reglas]]Sin embargo, reconoce que ese momento parece lejano y que por ahora la mayor relación comercial entre personas de ambos países está marcada por los viajes de las mulas "que van a comprar a Rusia muchos productos que aquí faltan".

Martínez Shviétosova sueña con volver a vivir en Rusia. "Quisiera que mi pasaporte fuera un avión", cuenta. La escritora prefiere que no la encasillen en una nacionalidad. "Quiero quitarme el cuño de que soy cubana o que soy rusa", pero le gusta llamarse polovina.

La escritora recomienda algunos lugares en la capital cubana que ofrecen platos rusos. El local TaBARich abrió sus puertas en octubre de 2013 y su director, Pavel, asegura que está pensado "para la comunidad rusa que vive en Cuba y también los cubanos nostálgicos de la era soviética".

La pasada semana, en un cine habanero se transmitió un ciclo de películas rusas. "Estas no son como las de antes", advertía un vendedor de periódicos a la entrada de la sala. "No hacen llorar tanto", bromeaba. "No son soviéticas, son rusas", repitió varias veces mientras solo unas cuatro personas compraban entrada para la tanda nocturna.


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