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Bruno Rodríguez, canciller cubano (AP)

LA HABANA, Cuba.- Un verdadero ejemplo del ejercicio de la democracia lo constituyó la votación en la ONU sobre la resolución cubana A/72/L.30: “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”, al obtener 191 votos a favor y 2 en contra, sin abstenciones. Este escrutinio se lleva a cabo por vigesimosexta ocasión.

No obstante, tal y como expresara la embajadora de los Estados Unidos de América ante ese organismo internacional, Nikki Haley, la sesión para votar la resolución cubana es una pérdida de tiempo, ya que no sirve para nada.

Cada vez que el régimen dictatorial apunta su dedo contra el “bloqueo”, lo califica de una violación flagrante, masiva y sistemática de los derechos humanos de los cubanos e incluso se preocupa por la violación de los derechos y las libertades civiles de los ciudadanos estadounidenses que tienen una prohibición legislativa de viajar a Cuba.

Según fuentes oficiales, los daños que el “bloqueo” ha ocasionado al país ascienden a 130 178 millones de dólares (a precios corrientes), lo que nunca se ha mostrado es cómo llegan a esa cifra y si se incluye el dinero que ha dejado de ingresar “la familia real Castro” en sus cuentas en bancos extranjeros.

El Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, se entrevistó —a inicios del mes de noviembre— con cubanos residentes en los Estados Unidos de América y sostuvo reuniones con miembros del Congreso, empresarios, representantes de centros académicos y con la prensa, con el fin de exponer las opiniones del régimen cubano. Esto lo hizo en plena libertad de movimiento, acción y palabra.

Sin embargo, cada vez que visita la isla un alto funcionario de cualquier país, se le lee “la cartilla” y se le prohíbe reunirse con los opositores, les violan el derecho de ejercer la democracia, pero lo más triste es que los visitantes lo aceptan con tal de pisar suelo cubano. Esos son los mismos que votan contra el bloqueo en la ONU y durante su estancia en nuestro país, les están embargando sus derechos.

Después de esta historia que tanto se ha repetido, habría que considerar si sería posible que algún país democrático, de esos que le dan la mano a la dictadura y le siguen la rima, tome la iniciativa y presente una resolución para ser votada en la ONU que tenga tantos números, letras y barras como sea necesario y que se intitule: “Necesidad de poner fin al bloqueo político, económico y social impuesto por la dictadura militar castrista contra el pueblo de Cuba”.

“No hay familia cubana ni servicio social en Cuba que no sufra las privaciones y consecuencias del bloqueo”, dijo Bruno Rodríguez Parrilla en su discurso el pasado 1ro de noviembre ante la Asamblea General de las Naciones Unidas; pero pudo añadir que tampoco existe alguna que no esté privada de sus derechos fundamentales dentro del país, además de estar condenada a la pobreza de por vida.

La economía cubana en estos momentos sufre de la crisis que ha creado la falta de sistema, la mala gestión, el trabajo improductivo, la doble moneda y toda una serie de obstáculos que no le permiten avanzar hacia el desarrollo. Es el pueblo quien recibe de forma directa estas consecuencias y privaciones, que no tienen nada que ver con el embargo y sí con la displicencia que muestra la dirección del país para todo lo que se relacione con el cubano de a pie.

La sociedad cubana, por su parte, ha llegado a un punto en que no puede estar más deteriorada en lo que a la moral se refiere. Tres generaciones han sufrido de la falta de ética y de las soluciones de control, que van a parar en las sanciones a prisión, inclusive sin haber cometido algún delito, solo por considerar que el individuo representa una “peligrosidad predelictiva”.

Es galopante la corrupción a cualquier nivel e incluso en las instituciones; todo en estos momentos tiene un valor monetario: la policía, los inspectores, los jueces, los abogados, cualquier representante del Estado en algún lugar que tenga vínculos con las necesidades de la población.

Es virtual el discurso oficial que parece defender al pueblo, que sufre un síndrome de agotamiento social que no puede ser curado en las circunstancias en que se vive, por el contrario, llegará un momento —y va a ser pronto— en que la enfermedad será tan grave, como para que la sociedad se considere que está en terapia intensiva.

No obstante, la prepotencia gubernamental, que ha tenido éxitos diplomáticos en sus relaciones con algunos países, sigue sofocando los oídos de los que le prestan atención. Según plantea el régimen, el presidente Trump no tiene la menor autoridad para cuestionar a Cuba, pero la dictadura no desperdicia tribuna alguna para ofender al gobierno americano, a través de cualquiera de sus “loros parlantes”; e incluso constantemente ha estado sembrando el odio en el pueblo cubano contra ese país, al que le ha cambiado su nombre oficial por el de “imperialismo yanqui”.

Pocas cosas en nuestra querida isla no están mal por causa del “bloqueo”, el que se utiliza para culparlo de la falta de medicinas, alivio de enfermedades como el cáncer infantil, y cualquier otra situación que “ande por ahí” y haya que buscarle un causante. Pero la realidad es que ese “bloqueo” no le hace tanto daño al pueblo cubano, como el que origina la dictadura totalitaria.


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