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(AFP)

LA HABANA, Cuba.- Advierto que no revelaré las verdaderas señas del muchacho que es el centro de estas líneas, y también que en lo adelante su apelativo será X. Llegado el final el lector sabrá justificar mi empeño. Lo que sí quiero que sepa ese posible lector es que este estudiante universitario guardó injustamente dos años de prisión, después de que la policía descubriera que tenía en uno de sus bolsillos dos cigarros de marihuana y que se hacía acompañar por una joven holandesa.

“Prostitución”, dijo el policía mirando al joven cubano después que la muchacha mostrara el pasaporte. “Tráfico de drogas”, dijo él satisfecho, después de requisar los bolsillos del joven. Y como si aquello no bastara preguntó al varón si pretendían subirse al pedestal vacío que mostraba a su acompañante. Por supuesto que el guardia no dijo pedestal, pero X ya no recuerda la palabra con la que el guardia definió esa base donde alguna vez se levantó la estatua de Estrada Palma.

El joven universitario tuvo ganas de decir que habían sido los “revolucionarios”, y no él, quienes perpetraron la infamia de destrozar el monumento, pero se calló. Así comenzaron las tribulaciones de X, que fue arrestado, llevado a la estación más cercana bajo la sospecha de tráfico y posesión de marihuana, a pesar de que el policía aceptara los cincuenta euros que le ofreció la joven holandesa.

Así comenzaron sus tribulaciones, las que continuaron con manipuladas investigaciones, y con un juicio que lo llevó por dos años a una cárcel de provincia. Allí conoció el infierno que son las cárceles cubanas. Allí tuvo ganas de gritar, pero se obligó al silenció para que el desacato no añadiera más años a su encierro. X también tuvo ganas de escapar y se contuvo; X quiso llorar, quiso morir, pero con los días y los meses se fue acostumbrando a la rutina.

X odió esa primera marihuana que lo llevó a la cárcel, pero un mes después no pudo soportar las tensiones y el infierno que se vive en esos espacios tan cerrados. X aceptó probar el “tres con dos”, una liga de tres tabletas de gravinol con dos de tramadol. Todavía X recuerda los efectos de aquel compuesto; primero se creyó en el cielo pero un buen rato después ya andaba por el suelo y vomitando. Lo peor vino más tarde, y lo conoció en el subsuelo que resultó aquella celda de castigo.

Las buenas maneras del Disciplina, un preso que se había convertido en su más cercano, hicieron que lo devolvieran a la galera, y X decidió mantenerse alerta en lo adelante y no probar más “aquello”, pero reincidió muchas veces, sobre todo cuando pensaba en el futuro que creyó tener después que se graduara en la universidad y con el que, “injustamente”, había acabado la “justicia cubana”.

Fue el Disciplina, su más cercano, quien le propuso el negocio. La primera vez dijo rotundamente que no, pero aceptó luego. Solo tenía que dejarse retratar con el celular del amigo. “Prueba”, dijo el socio, y él se quitó la camisa, dejó que la cámara le apuntara al torso, que se detuviera en sus pectorales, en el abdomen que parecía tallado, en los robustos brazos. “La cara no”, dijo X, y el amigo aseguro que no hacía falta.

Fue esa imagen la primera, la que enviaron en un MMS junto a una pregunta: ¿Te gusta?, y nada más. Unos minutos después ya estaba la respuesta: ¡Me encanta! Aquel elogio vino acompañado de breve transferencia: dos CUC que llegaron al celular de su amigo. Así comenzó el negocio en el que, al menos al principio, eran hombres homosexuales la presa elegida. El Disciplina tenía muchas números de posibles clientes. X dejó que el amigo le retratara el torso.

Solo que los clientes, esos que pagaban, querían más. Ya no se conformaban con el pecho robusto de X, ese que cuidaba cada día más. X aceptó enviar imágenes de sus partes más pudendas, y recibió reclamos a montones, y se excitó, y dejó que su virilidad viajara en un MMS a La Habana, a Roma, a Miami. Y crecieron los pagos, y hasta tuvo su celular propio con recargas que llegaban de cualquier parte del mundo, y que le servían para conseguir cualquier cosa de la que se antojara en la prisión, incluso fuera.

X tuvo “pabellón” todos los meses; solo tenía que recibir en su celular la foto de alguna candidata, y si le convenía pactaba el encuentro, gozaba… X creció cada vez más en su negocio y se convirtió, gracias a esas imágenes de su cuerpo, en uno de los presos más poderosos, capaz de sobornar a las más altas autoridades del penal. X pensó en más, y entonces vinieron los videos, “personalizados”, como dice el mismo. X se masturbaba delante de la cámara del celular y discurseaba, repetía, una y otra vez, el nombre de su “amado” cliente. Las entradas se volvieron “astronómicas”.

El pago por estos nuevos servicios no llegaron a su celular. Estos iban a la cuenta que abrió su madre en un Banco cubano, o venían por Western Union, si es que el amante vivía en los Estados Unidos. X siguió siendo poderoso, y llegó a controlar casi todos los negocios. X salió de pase todas las veces que quiso, para eso tenía dinero. Y más tuvo cuando esos amantes morbosos, esos a quienes les encantaba la idea de tener un marido preso que guardaba todas sus ganas para un encuentro real, vinieron de diversas geografías a buscarlo. Él pagaba a las autoridades el pase, y salía, salía, salía.

Y salió “definitivamente” un día, solo que ahora dice que no sabe por cuánto tiempo, y poco le importa. X reconoce que además de las infinitas bondades de su cuerpo, a sus clientes los “mata” el morbo de tener un amante preso. X pudo graduarse en la universidad, y lo quiso mucho, pero ya eso está entre sus añoranzas. Poco le importa ser una víctima de este gobierno irresponsable que lo mandó a la cárcel; poco le importa la injusticia de los defensores del orden, aunque hace unas semanas se encontró con aquel policía que lo atrapó, injustamente, en la calle G y junto al pedestal sobre el que antes se levantara la estatua de Don Tomás de Estrada Palma.

Se encontraron en una fiesta, también en el Vedado. Ahora el policía es un “pinguero”, y llegó con un novio de Sudáfrica. X pensó quedarse quieto, pero no lo consiguió, la yerba, el alcohol, la rabia, hicieron que levantará la mano, y con un buen golpe consiguió fracturarle un pómulo al que antes fuera policía. “Esa es la ley en la que ahora creo”. Así dice este joven que pudo ser un graduado universitario, y que este país, y su sistema penitenciario, echaron a perder. X es uno más de todos esos presos que hay en esta pequeña isla, que tiene una de las más grandes poblaciones penales del mundo y a la que maneja con ilegal injusticia.


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