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Un cubano mira las listas de electores en una circunscripción (EFE)

LA HABANA, Cuba.- En la novela Ensayo de la lucidez, del portugués José Saramago, un gobierno es puesto contra las cuerdas cuando en unas elecciones municipales, el 83% de los electores de la capital de un país depositan sus boletas en blanco.

¿Se imaginan qué pasaría si eso ocurriera en Cuba en las elecciones para delegados del Poder Popular? No fuerce su imaginación: nada pasaría. Los mandamases, que lo tienen todo pensado, no se inmutarían y se las arreglarían para informar que el porcentaje de participación fue casi el mismo de siempre; acaso un poquito, solo un poquito menor, a causa de las secuelas del huracán Irma.

Sería harto improbable el escenario de una abrumadora mayoría de las boletas en blanco o de un elevado índice de abstencionismo. Pese al mucho descontento y apatía de la población, que sabe que las elecciones son una farsa y que no les reportará cambio beneficioso alguno en sus míseras vidas, la mayoría acude disciplinadamente a los colegios electorales y vota por cualquiera o por todos los candidatos, da lo mismo. Aunque votar no es obligatorio, no quieren señalarse y que tomen represalias contra ellos. Así que acuden a votar antes de que la gente del CDR vaya a buscarlos a sus casas y los miren con desconfianza.

Hay quienes depositan las boletas en blanco o las anulan. Pero son pocos los que se atreven. A no pocas personas les he escuchado expresar el temor de que las boletas estén marcadas, para saber lo que hace cada uno con ellas. Y hasta hay paranoicos que aseguran que en los colegios electorales hay dispositivos electrónicos colocados por la Seguridad del Estado para vigilar sus actos. No hay dudas de que el régimen ha tenido éxito en la tarea de sembrarnos a la policía en el alma.

No obstante la coacción y el miedo, las cifras oficiales de los comicios realizados en los últimos diez años indican que va en aumento el número de ciudadanos que desafían al régimen no asistiendo, votando en blanco o anulando la boleta. Y es probable que la cantidad real sea mucho mayor que la admitida oficialmente, que en ocasiones ha llegado a superar el 10%. Pero eso no es problema para el régimen. Las boletas en blanco que puedan ser llenadas en las mesas, las llenan y ya. Y las anuladas se achacan a “deficiencias humanas”.

En anteriores comicios, dirigentes del Gobierno han llegado al descaro de afirmar que la mayor parte de las boletas anuladas se deben al “exceso de entusiasmo de algunos electores”.

Para las elecciones que se celebrarán el 26 de noviembre, el régimen, para impedir la nominación de opositores, ha violado desfachatadamente sus propias reglas del juego.

Esas votaciones se realizarán sin que se haya materializado la anunciada reforma de la Ley Electoral, con las comisiones de candidatura controladas como siempre por el Partido Comunista, con las fotos de los candidatos a delegados —todos leales al régimen, muchos con militancia en el partido único— mostradas en los murales de las bodegas, con unos pocos datos, sin explicar sus propuestas sencillamente porque no existen: no pueden existir.

Los miembros de Candidatos por el Cambio y #Otro18 que se han propuesto participar en los comicios, han sido impedidos de asistir a las asambleas de nominación; son difamados, acosados y amenazados por la policía política. El vicepresidente Miguel Díaz-Canel, en pose de tipo duro, advirtió desde hace meses que a “los contrarrevolucionarios” no se les daría la menor oportunidad. Y cuando se trata de prohibir y reprimir, en eso sí, los mandamases cumplen sus promesas.

luicino2012@gmail.com


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