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MIAMI.- Tomás Regalado, cubanoamericano que termina su labor de ocho años al frente de la alcaldía de Miami, ha concedido una entrevista al Diario las Américas, que a continuación reproducimos:

¿Quién es Tomás Regalado?

-Un cubano que nació en el seno de una familia de clase media. Mi padre fue abogado y periodista y mi madre se dedicó a atender el hogar. Viví poco tiempo en Cuba porque primero, en los años 50, cuando era un niño, partimos al exilio en Miami [porque su padre se oponía a la dictadura de Batista. Luego la familia regresó al país] y más tarde, en 1962, cuando tenía 14, fui enviado a EEUU como parte de la Operación Pedro Pan, como precaución, por temor al régimen político en la isla. O sea, nací en Cuba pero mi vida ha transcurrido en Miami. Aquí crecí, estudié, tuve la familia e hice mi carrera de periodista en la radio, la televisión y la prensa escrita. Pude reportar noticias desde Nicaragua, El Salvador, Soweto, Medio Oriente y Angola, entre otros lugares, hasta que tuve la oportunidad de reportar desde la Casa Blanca, durante los gobiernos de Ronald Reagan y George H. Bush. Luego, en 1996, opté por el puesto público de comisionado en la Ciudad de Miami, mientras continuaba trabajando como comunicador en la radio, y en el 2009 fui electo alcalde, y entonces decidí dedicarme por completo a la alcaldía.

Desde su llegada como menor de edad a EEUU hace 55 años, muchas cosas han cambiado. ¿Cómo percibe el futuro de los jóvenes, que llegaron cuando eran prácticamente niños, como usted, y hoy afrontan el riesgo de que el programa DACA que los protege sea suspendido?

-Quienes llegamos en los años 60 cuando éramos menores, ya teníamos una ley que protegía a los cubanos. Si no hubiera existido esa ley, tal vez me hubieran deportado. Por ello creo que el pecado más horrendo que se puede cometer es deportar a esos jóvenes porque ellos pertenecen a los Estados Unidos. Han hecho su vida aquí. Su idioma natal es prácticamente el inglés. Entiendo muy bien la necesidad de controlar la inmigración ilegal pero estos jóvenes llegaron aquí cuando eran niños y no es humano desarraigarlos del único país que conocen bien.

De todas sus experiencias como reportero de noticias, cuál recuerda con especial atención.

-Son muchas pero desde el punto de vista profesional como periodista, yo diría que mis días en la Guerra de Angola, a finales de los años setenta, a la que acudieron soldados de Fidel Castro para apoyar al Gobierno izquierdista. Tuve la satisfacción de que los guerrilleros angolanos se dieran cuenta de que no todos los cubanos son malos. Por otra parte, recuerdo con especial atención que fui testigo de las palabras de Ronald Reagan frente al Muro de Berlín (1987), cuando le dijo a (jefe de Estado de la Unión Soviética) Mijaíl Gorbachov ‘Derribe este muro’. También recuerdo el encuentro de Reagan con el papa Juan Pablo II (1987), aquí en Miami, una reunión que muchos dicen cambió el curso de la historia. Estuve en el encuentro del presidente George Bush y el líder obrero polaco Lech Walesa (1989), en los astilleros de Gdanks, donde pude darme cuenta que una dictadura comunista podía ser derrotada. Además, presencié la victoria de Violeta Chamarro en Nicaragua (1990), que significó mucho para mí y para todos.

¿Cómo se sintió en Angola cuando vio a militares cubanos que representaban al Gobierno que provocó el exilio de su familia?

-Recuerdo que un coronel y un capitán de la fuerza aérea cubana, que fueron derribados por los guerrilleros, eran acusados de bombardear una zona civil. Los guerrilleros pedían que los fusilaran y el general guerrillero Jonas Savimbi me pidió que hablara con ellos, que si confesaban que bombardearon a civiles los perdonaría y los entregaría a la Cruz Roja Internacional. Cuando hablé con ellos, el coronel me dijo que moriría por la revolución (de Castro). Luego supe que confesaron y regresaron a Cuba. Años después aquel general escribió un libro y relató como el periodista, que hoy es alcalde de Miami, le salvó la vida. Creo que ese pasaje demostró que todos somos cubanos, sólo que unos viven en otra “provincia”, aquí en Miami.

¿Qué le motivó iniciarse como político en 1996, cuando optó por ser comisionado?

-A los medios de comunicación, especialmente la radio, la gente acude para plantear sus problemas, sus necesidades, porque ven al comunicador como un intermediario, un amigo, para resolver sus problemas. Entonces mi misión era orientar, acudir a Gobierno municipal, para ayudar a esas personas a resolver sus problemas. Pensé en aquel momento que yo era un intermediario entre las personas con necesidades y el Gobierno, y decidí aspirar al puesto de comisionado del distrito 4. Esa posición me permitió acercarme aún más a la gente y hoy puedo decir que he tenido la satisfacción de trabajar para el pueblo.

¿Qué le hizo dedicarse al servicio público como político, después de haber sido periodista por tantos años?

-Cuando fui electo alcalde supe que el puesto demandaba más tiempo de mí. Además, como alcalde no podía seguir siendo comunicador de un sólo medio, cuando el alcalde tiene que servir a todos.

Cuando usted aspiró a la alcaldía señaló que su misión sería “mantener los impuestos bajos, reducir la burocracia gubernativa, arreglar las calles y recoger la basura”. ¿Logró sus objetivos?

-Entrego esta alcaldía orgulloso de haber cumplido. Dije que no aumentaría los impuestos y durante siete presupuestos consecutivos hemos reducido impuestos. Mientras más reducimos impuestos, más inversiones tenemos. También dijimos que Miami sería más segura y hoy tenemos el mayor número de policías en la historia de la ciudad. Aún hay crimen y delitos, pero las estadísticas demuestran que el crimen y los delitos han disminuido. Tenemos otros retos, como el tráfico de vehículos, pero como municipio no tenemos la autoridad para resolver ese problema, eso depende del Condado. Pero como ciudad hemos aliviado en parte ese problema con el servicio de trolleys, que es una red de transporte público gratuito que cuenta con 10 rutas. El servicio de recogida de basura tiene 99% de aprobación. Una de mis mayores satisfacciones es que el Miami Marine Stadium, único en el mundo por su ubicación frente al mar, que fue cerrado en 1992 tras los daños del huracán Andrew, será pronto reparado. Prometimos que sería reparado y hemos logrado agrupar los fondos privados. El arquitecto Hilario Candela, que diseñó el anfiteatro (1963), ha realizado el análisis de reconstrucción y pronto volveremos a tener el Miami Marine Stadium, donde tantos conciertos de música importantes tuvieron lugar y donde además los cubanos celebraron el día de la Virgen de la Caridad del Cobre por más de 20 años. Yo no estaré aquí en la alcaldía para reinaugurarlo, pero tengo la satisfacción de decir que será reconstruido sin que le cueste un centavo al pueblo de Miami.

¿Cuál considera su mayor logro como alcalde?

-Entregamos una ciudad económicamente sostenible. Asumimos el ayuntamiento cuando estaba prácticamente en bancarrota. Entonces tomamos medidas drásticas, comenzando por mí cuando reduje mi salario de alcalde. En estos ocho años de mandato he dejado de cobrar 60.000 dólares cada año. Reducimos la plantilla, renegociamos contratos con los empleados. Policías y bomberos fueron afectados porque había que vivir como vive cualquier familia, no se podía gastar más de lo que se ingresaba. Hoy podemos decir que Miami ha recibido más de 53.000 millones de dólares en los últimos siete años. Ahí está el desarrollo de Wynwood, Midtown, Edgewater y Brickell. También La Pequeña Habana, adonde la gente no quería ir antes, hoy nuestros hijos van a comer y bailar. Hoy en el centro de Miami, el downtown, la gente va a pasear. Antes no era así.

Lo más importante, que no fue una promesa de campaña, es que entregamos una ciudad sin escándalos. Antes, aquí frente al ayuntamiento, tiraban plátanos porque acusaban a Miami de república bananera. Los comisionados y el alcalde hemos tenido muchas diferencias pero las hemos asumido con respeto y decoro. Ojalá continúe así porque al final no van a acusar al alcalde o a los comisionados de los errores, sino a los cubanos en general, como hicieron antes. Hoy sólo deseo que los próximos alcaldes y comisionados quieran a la ciudad, no para que sea un trampolín (político para llegar a otros niveles), sino para protegerla. Que traten de mejorarla porque siempre se puede mejorar.

¿Mencionaría el mayor revés?

-No haber logrado acabar con los estereotipos, que haya gente aún que tenga miedo ir a determinadas barriadas porque piensan que los afroamericanos se tiran tiros. No logramos acabar con los tabúes, las leyendas urbanas. Entiendo que un asalto, un balazo o que arrastren a una señora por el suelo pesan más que las noticias buenas. Hay que hablar de las cosas buenas. Es cierto que podemos ver un drogadicto transitar por las calles de Overtown, Liberty City o la Pequeña Habana pero en esos lugares también hay mucha gente que ha trabajado toda su vida y han ayudado a construir esta ciudad.

Usted, siendo alcalde de Miami, no ha olvidado su origen cubano. ¿Se considera un hombre de dos patrias?

-No. Mi patria es los Estados Unidos, pero no se puede ser un buen estadounidense si no eres un buen cubano, o un buen venezolano, o un buen colombiano, o un buen nicaragüense. Hay gente que me ha dicho, incluso sabios de la política, que no hable mucho sobre Cuba porque soy alcalde de una ciudad de EEUU. Y les respondo, hablo de Cuba y qué. No sólo tengo el derecho de hablar, sino además tengo el deber de hablar. Recuerdo que el alcalde de Nueva York Ed Koch, de origen judío, dijo que Yasser Arafat no era bienvenido a la ciudad porque mataba judíos. Eso de ser políticamente correcto, no hablar de Cuba o no meterse en lo de Venezuela, no va conmigo. Si a la gente no le hubiera gustado lo que yo digo no hubiera votado por mí. Creo que los funcionarios públicos no sólo tienen el derecho a opinar, sino también el deber de hablar sobre inmigración, lo que sucede en Cuba, en Venezuela, en Nicaragua y cualquier lugar.

¿Qué recuerda como el peor pasaje de su vida?

-He tenido momentos muy difíciles en mi vida pero recuerdo mucho cuando vine a Estados Unidos y no sabía qué sucedería. Me sentía muy desorientado. Sólo recordaba entonces lo que mi mamá me dijo al despedirme en el aeropuerto de La Habana: “no te preocupes mijito, que Fidel se cae en tres meses y vas a regresar’. Vi cómo pasaban los meses y Fidel no se caía.


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