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LA HABANA, Cuba.- La celebración de Halloween, o Noche de Brujas, es una tradición anglosajona que, tras múltiples apropiaciones, ha pasado al mundo occidental, sin discriminación de credos o idiomas. Cada 31 de octubre, en países de Europa y América Latina los ciudadanos se dejan invadir por una ola de disfraces, decoración y confituras vinculadas a esta antigua creencia pagana que fue absorbida por la industria del divertimento a mediados del siglo XX.

Los cubanos, siempre prestos a dejarse envolver por todo lo que parezca moderno, o diferente, también se han sumado al jolgorio del miedo, sin preocuparse por los orígenes celtas de Halloween o sus connotaciones satánicas —según el cristianismo—, ni considerar su inserción en la cultura urbana como un atentado a la identidad nacional. La celebración de la fecha en la Isla viene ocurriendo desde hace varios años, pero ha ganado auge tras el acercamiento con Estados Unidos y como parte de las experiencias culturales importadas por familiares y amigos emigrados.

A pesar de que las tiendas no se llenan de disfraces y accesorios para acompañar la celebración, las casas de alquiler de trajes, que antes se limitaban a proveer su mercancía para actividades escolares, bodas y fiestas de quince, hoy reconocen que la Noche de Brujas se ha convertido en el segundo evento más rentable del año, solo superado —dato curioso— por la conmemoración del natalicio de José Martí, el 28 de enero.

Las fiestas de Halloween tienen lugar, por lo general, en bares privados, casas o establecimientos estatales previamente alquilados. Pero la incomodidad de los guardianes de la cultura ante la espontánea demostración de felicidad ciudadana no se ha hecho esperar.

El argumento de que la Noche de Brujas no es una fiesta tradicional cubana, se ha convertido en torpe justificación para ocultar el viejo resentimiento contra las prácticas culturales de origen anglosajón. El hecho de que a estas alturas la caduca terminología de “penetración cultural” continúe siendo un motivo para confundir a las personas e impedir que elijan lo que prefieren en materia de diversión, evidencia que el cambio de mentalidad en Cuba está todavía más distante que la recuperación económica.

En cualquier país, la víspera de Halloween pone en acción una industria que abarrota los comercios desde los primeros días de octubre, trascendiendo la simple venta de disfraces y artículos decorativos. El suceso reviste un significado sociocultural donde se solazan realidades antropológicas que no se perciben de modo consciente; pero para el ser humano lo terrorífico, el misterio y la muerte poseen un elemento lúdico irresistible.

Aunque las limitaciones económicas no permiten que la festividad alcance niveles espectaculares, los cubanos también son presa de esta fascinación. Varias personas que conversaron con CubaNet, coinciden en que la esencia de Halloween es disfrutar de una visualidad inspirada en lo monstruoso y aterrador; aunque a la caravana de brujas, vampiros, momias, zombies y caminantes blancos se han unido también princesas y súper-héroes.

Ir de puerta en puerta gritando “caramelos y galleticas” —variación cubana de trick or treat— no significa que los chicos corran peligro de americanizarse. En este sentido, el reguetón y la saga de “Rápido y Furioso” pueden considerarse epítomes del consumismo y lo “americano” al más puro estilo  Hollywood; sin embargo, los medios cubanos de comunicación los han difundido hasta taladrar el cerebro de la juventud.

Declarar la guerra a Halloween luce contradictorio y desatinado, máxime si entre sus defensores están los hijos y nietos de la casta verde olivo, quienes no escatimaron en la decoración de sus bares para recrear un ambiente similar al que podría observarse en cualquier nación extranjera. En el polémico bar Fantasy, la decoración para la Noche de Brujas fue tan exquisita que nadie creería que semejante parafernalia capitalista pertenece a un centro nocturno cubano.

Al margen de esos sitios privilegiados, los simples mortales se divierten y aprecian la inventiva de muchos jóvenes que no pueden alquilar o comprar un disfraz; así que lo confeccionan en casa con lo que encuentran, logrando a veces resultados asombrosos.

El conflicto identitario, de existir, iría en otra dirección. En lugar de lanzar velados ataques contra Halloween, los “culturólogos” cubanos deberían replantearse su política, que conspira contra el conocimiento y la apropiación, por parte de los jóvenes, de una parte significativa del patrimonio nacional intangible.

Después de 1959, varios enfoques sobre la cultura y la historia cubanas perdieron terreno ante el agresivo adoctrinamiento. No es de extrañar que hoy la población ignore que la Isla cuenta con su  propia mitología, sustentada en la superstición de los criollos y el imaginario aportado por indios, españoles y africanos; componentes todos de otra narrativa sobre lo que somos.

Si las nuevas generaciones sienten la necesidad de comulgar con prácticas culturales foráneas, antes de condenar se debe tener en cuenta la negligencia en la enseñanza y transmisión del legado propio, así como la tendencia global al multiculturalismo. Desde esta perspectiva, Halloween ofrece un espacio precioso a la imaginación y el diálogo con los mitos, que representan una de las mayores fuerzas de la creación folklórica mundial.


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