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LA HABANA, Cuba.- Las “elecciones” previstas para febrero de 2018, momento en que Raúl Castro cederá el poder a un nuevo mandatario, podrían marcar —según la apreciación de ciertos analistas— el anhelado viraje en la vida política de la Isla. La llamada “generación histórica” ya no estará físicamente en el poder; una coyuntura que, sumada a las actuales condiciones socioeconómicas, pudiera aportar la nueva perspectiva que tanto necesita el país.

Las observaciones y análisis están concentrados precisamente en ese cambio a nivel de cúpula, perdiendo de vista que el problema esencial se encuentra, utilizando términos del oficialismo, “en la base”. Las asambleas para la nominación de candidatos a delegados del Poder Popular, que fueron interrumpidas tras el paso del huracán Irma, han retomado su curso, registrando niveles de asistencia que deben figurar entre los más bajos en la historia de Cuba postrevolucionaria.

El gobierno no publica estadísticas; pero en varios municipios de La Habana se ha reportado que la participación ciudadana ha sido de escasa a nula. No hay que esperar a que algún vecino se haga eco de la apatía general; basta con asomarse al balcón durante unos minutos, a la hora en que fue programada la asamblea, para ver que la misma no comienza por falta de auditorio. Sin embargo, los informes  aseguran que cada convocatoria tuvo al menos un ochenta porciento de participación, el mínimo obligatorio para otorgar validez al proceso.

En vísperas de unos comicios tan importantes para la nación, CubaNet conversó con los ciudadanos acerca de su participación y expectativas en la nominación de esos candidatos que van a integrar la nueva pirámide sociopolítica, en cuya cima se colocará el próximo presidente cubano. Las respuestas no trasuntan anarquía o insurgencia; sino el profundo desconocimiento del sistema electoral y la falta de interés por ser parte activa en su desarrollo.

La mayoría de los entrevistados ni siquiera saben quienes son los posibles candidatos a delegados en sus circunscripciones; algunos sí, pero no pueden explicar qué méritos los hacen elegibles, y otros prefieren malo conocido que bueno por conocer. Todos coinciden, no obstante, en que van a votar cuando tengan que hacerlo; es la única forma de no buscarse problemas.

En Cuba no se elige al delegado porque este tenga un plan de acción para mejorar el barrio. Cualquiera dispuesto a asumir la responsabilidad es aceptado por los vecinos, habituados desde hace años a que no se solucionen los problemas de la comunidad. Ser delegado es, más que una responsabilidad comunitaria, un acuerdo político que otorga ciertos beneficios al investido a cambio de mantener el cargo ocupado, evitando así el avance de la oposición.

Cualquier artimaña es útil para que el estado de cosas permanezca inalterable. El gobierno habla de democracia y voluntad ciudadana para ocultar el desinterés de los cubanos por apoyar un proyecto de nación que lleva casi sesenta años dando timonazos sin concretar resultados positivos y duraderos.

Desafortunadamente, cuando a un pueblo no le importa su propio destino político, se coloca al borde del precipicio. En Cuba la abstención es extrañamente interpretada como un “sí”, y mucha gente cree que el cambio se producirá de manera espontánea, cual si la consciencia política estuviese encadenada a una concepción mágico-religiosa del desarrollo socioeconómico.

Las próximas “elecciones”, como todo lo que acontece en el panorama político nacional, están fuera del control de los ciudadanos. Un delegado no es más que un tramitador de quejas en un país lleno de problemas. Aquellos que no aprovechan descaradamente las ventajas de esta jerarquía, se amargan en la interminable cruzada de “elevar” reclamos y solicitudes, buscando soluciones que no pueden atravesar el espesor de la corrupción.

No es de extrañar que las personas se mantengan al margen de los sufragios, una conducta que los auditores del Poder Popular eclipsan alterando los resultados de la asistencia a las asambleas. Lo peor es que no lo hacen porque respalden al sistema; sino para evitar tener que regresar a cada comunidad con el único fin de presionar a los vecinos, o rogarles que nominen a cualquiera con tal que la casilla no quede en blanco.

Los auditores han sido advertidos de que ninguna circunscripción asignada debe quedar sin delegado, y ante la amenaza de eventuales sanciones, intentan por todas las vías que el proceso se lleve a cabo. De no suceder por la vía democrática, recurren al fraude para salvar el pellejo, sin el menor pudor ni consciencia del daño que causan a un país debilitado por la mala administración, los éxodos, el brusco descenso en la calidad de la educación y los fenómenos naturales.

Los cubanos van a nominar, elegir y votar como analfabetos funcionales, en un acto de imperdonable deslealtad cuyas consecuencias se extenderán por décadas.

En la actualidad, la percepción de la Historia como un Olimpo que absuelve, perdona o condena es irrelevante; especialmente si el recuento de la humanidad parece ser letra muerta. Pero es innegable que los cubanos estamos contribuyendo a una atrofia nacional por la cual nos culparán las futuras generaciones. Cada decisión política que hemos dejado en manos de otro, ha representado un costo social enorme e irreversible.


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