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LA HABANA, Cuba.- La historia reciente de Cuba no sabe de prosperidades; pero es innegable que en los últimos años algunas cosas han cambiado para que, al menos, los cubanos sean dueños de su casa y su carro. Pudiera decirse que la llegada de Raúl Castro al poder, en 2006, le dio “agua al dominó”, otorgando ciertas facilidades que no están al alcance de todos los que trabajan, pero sí de quienes tienen dinero suficiente.

Aunque no de manera normal, la mayoría de los cubanos puede salir al extranjero o gestionar su propio negocio. La economía se ha movido ligeramente, las relaciones con Estados Unidos se reanudaron bajo la presidencia de Barack Obama y parecía que Cuba se colocaba en la senda de un cambio que, a largo plazo, pudiera resultar beneficioso para la ciudadanía en general.

Sin embargo, el año 2017, último de Raúl Castro en el poder según él mismo anunció, se ha caracterizado por un lamentable retroceso en la arena diplomática y una serie de medidas que han perjudicado al sector privado y pueblo en general.

En el primer punto de interés se encuentran el tema migratorio y el enfriamiento del diálogo con el gobierno de Estados Unidos tras la victoria presidencial de Donald Trump. La eliminación de la política “pies secos, pies mojados” por parte de Barack Obama, tuvo un impacto muy negativo a nivel social, pues bloqueó abruptamente la vía más utilizada por los cubanos para acceder a mejoras económicas.

La nuevas medidas tomadas por el gobierno de Trump hacia Cuba han suscitado el desánimo de los nacionales; no porque el tenue beneficio económico resultante de la corta luna de miel Obama-Castro se hiciera sentir de forma concreta en la vida diaria de los cubanos, sino porque la idea de una reconciliación abría caminos de esperanza para el naciente sector privado y generaba en el mismo una actitud muy positiva ante la posibilidad de nuevas transformaciones que, eventualmente, situarían a la Isla más cerca del progreso.

Con el episodio de los ataques sónicos, el diálogo entre ambas naciones ha descendido a un nivel crítico, y la tensión política ha contribuido a entorpecer los trámites migratorios para la reunificación familiar. La obligación de gestionar visas estadounidenses a través de un tercer país supone para las familias cubanas un gasto que, en muchos casos, no pueden permitirse; ello sumado a la zozobra de tener que realizar en patio ajeno un engorroso papeleo del que depende el futuro de los potenciales migrantes.

A la vuelta de tuerca en las relaciones con Estados Unidos, se han sumado la congelación —por parte del gobierno de Raúl Castro— de las licencias para ejercer el trabajo por cuenta propia, y los estragos ocasionados por el huracán Irma.

El acoso al sector privado, bajo el pretexto de evitar la acumulación de riquezas y las desigualdades sociales derivadas del caso, ha tronchado los planes de personas que no desean trabajar para el Estado, cuyos salarios continúan siendo los más bajos de América Latina. El desarrollo del sector privado, aunque debe perfeccionar muchos aspectos, ha garantizado alternativas laborales para cubanos desempleados, especialmente los jóvenes tan faltos de motivación por la carestía generalizada y la pésima remuneración en la esfera estatal.

Con el azote de Irma, miles de familias sufrieron el daño parcial o total de sus viviendas, amén de otras pérdidas materiales que, en una economía como la cubana, son difíciles de reponer. Afortunadamente, solo hubo que lamentar diez muertes; pero de ellas, dos fueron un tétrico aviso de lo que podría suceder en próximos temporales considerando el precario estado constructivo de la capital.

En lo concerniente a la política de casa, la sucesión prevista para 2018 no genera mayores expectativas porque el nuevo mandatario no será escogido por el pueblo. El candidato que muchos daban por seguro, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha manifestado una actitud claramente retrógrada, proclive al inmovilismo y la represión de las libertades ciudadanas. Si llegara a convertirse en presidente, no pasaría de ser una suerte de director ejecutivo al frente de una empresa familiar.

No es de extrañar que la mayoría de los entrevistados por CubaNet consideren que el 2017 ha sido un año entre regular y malo. Más allá de las adversidades climatológicas y las veleidades políticas cubano-estadounidenses, está esa lucha continua que no da tregua.


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