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LA HABANA, Cuba.- Son varias las veces en las que me he encontrado y conversado con el poeta cubano Delfín Prats, pero ahora recuerdo una de manera muy especial, y que sucedió hace unos cuantos años. Bien que recuerdo su pregunta, “¿qué estás leyendo ahora?”, y de mi mochila saqué los dos tomos enormes del “Orlando Furioso”, aquel poema épico escrito, en el siglo XV, por el italiano Ludovico Ariosto, y noté el brillo en sus ojos mientras acariciaba los tomazos, y el silencio que hizo por un rato.

Entonces mencionó, muy conmovido, a su amigo Reinaldo Arenas. Lo describió sentado, y cubierto únicamente por una trusa, leyendo con grandísima atención las aventuras de Orlando, de Angélica, y de aquel tocayo de mi interlocutor. Según Delfín no eran aquellos los peores días para Reinaldo, esos no habían llegado aún, ni tampoco muchas de esas grandes peripecias que vivió más tarde.

Hoy resulta difícil pensarlo tan silencioso y leyendo, y es que de él se cuentan muchas cosas, y casi siempre están en el centro sus desafueros sexuales, aunque él era mucho más. Reinaldo está entre nuestros más grandes escritores, y aunque se le niegue con insistencia el derecho, está definitivamente en el Panteón de los grandes, de los imprescindibles.

Hoy, cuando ya pasaron 27 años de que se marchara, pienso en todos sus viajes sin regreso; el primero fue aquel que lo puso en la Tierra tras abandonar el útero materno. Arenas pasó su vida dejando cosas atrás, alguna vez se marchó de la casa para unirse, siendo un jovenzuelo, a los guerrilleros que pretendieron, consiguieron, sacar a Batista del poder, aunque hoy no se mencione la vocación revolucionaria del escritor, ni su entusiasmo primero, quizá para no tener que buscar las causas del desencanto. Reinaldo abandonó también el Oriente y vino a La Habana cuando todavía creía en los rebeldes que tomaron el poder, hasta que descubrió que aquello no era lo que él había creído, y que lo llevó a escribir: “Todo lo que pudo ser, aunque haya sido, jamás ha sido como fue soñado”.

Reinaldo no fue un desquiciado trashumante, más bien lo fueron obligando a abandonar los lugares que más amó, y a escurrirse, a esconderse, como aquella vez que tuvo como “techo el cielo” cuando andaba huyendo de quienes lo acusaban de seducir a los más jóvenes. Y en aquel sitio hizo una y mil cosas para que no lo atraparan, pero lo consiguieron, y otra vez abandonó la frondosidad de aquel parque, y llevaron a la cárcel de la que alguna vez también salió.

Entonces vino otro desplazamiento que lo llevó por mar a Florida, a la que tampoco se acostumbró, y decidió emprender camino nuevamente, esta vez a Nueva York. De la Gran Manzana disfrutó la libertad, esa que tanto añoró en la isla. No sé si allí fue feliz, pero al menos nadie lo acusó de pederasta. Reinaldo era un eterno viajero, un inconforme, y hasta se enfermó, lo enfermó la libertad que antes no tuvo, como tantos que no supieron qué hacer con tanta libertad, con tantos cuerpos jóvenes y hermosos, con cuerpos de todo tipo, y después de tantas prohibiciones y castigos. Reinaldo cumplió con sus deseos, y enfermó.

Arenas enfermó porque un bicho inmundo invadió su cuerpo, de la misma manera en que invadiera el cuerpo y la sangre de muchos en el mundo, entre ellos de un montón de soldados cubanos que hacían guerras ajenas en la muy lejana África, y que trajeron a Cuba el mal. Reinaldo enfermó y tuvo miedo, tanto miedo que abandonó su casa de Manhattan y fue recluido en un hospital, del que finalmente huyó, para volver al apartamento que antes abandonara, quizá al único sitio al que volvió, con la certeza de que allí se encontraría con el retrato de Virgilio Piñera colgado en la pared, y a Virgilio, su figura tutelar, le estuvo pidiendo, exigiendo casi, un milagro. “Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano”. Así le pidió al escritor que tanto quiso.

Solo entonces, y después de revisar la escritura pendiente, como podía un hombre tan enfermo y desesperado, abandonó la vida, que era la única manera que tenía de abandonar su apartamento, de abandonar la tierra, todo. Virgilio dejó cada lugar en el que estuvo, abandonó una realidad que tan adversa le resultaba. Arenas no quería “mendigar la vida”, por eso se la quitó o se marchó, como antes lo hizo de Aguas Claras y de la casa materna, y de La Habana, y de… Fue un 7 de diciembre cuando decidió hacer su último viaje…, esta vez, ¿sin regreso? No estoy tan seguro, porque al menos yo lo imagino, muchas veces, sobre un muelle, que saliendo de la tierra entra en el mar, y se detiene.

Y ahí está él, sentado en el borde del muelle, cubierto por una trusa minúscula, con los ojos puestos en las páginas del Orlando Furioso de Ludovico Ariosto, y también descubro cuando abandona discretamente la lectura sin cerrar el libro, que permanece delante de su cara. Entonces mira discretamente, y de soslayo, el cuerpo de hermosos jóvenes que se lanzan desde el muelle, que lo abandonan para entrar en la inmensidad de las aguas, mientras él espera a que vuelvan.


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