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Bruno Rodríguez junto a su homólogo español, Alfonso Dastis y Federica Mogherini, junto con otros cancilleres europeos (EFE)

BELEM, Brasil.- La responsable máxima de la política exterior europea, Federica Mogherini, acaba de visitar La Habana y con gran e innecesaria algarabía ha destacado, por un lado, su apoyo económico y político a la dictadura cubana, y por otro una crítica redoblada a la actual política norteamericana hacia la isla. Estos gestos, inusuales por poco apegados a la política europea democrática y de derechos humanos, resultan contraproducentes en grado sumo, lo que amerita un análisis.

Los aspectos más destacados de la actual jerarquización de la Habana por parte de la Unión Europea indican que se trata más de una revancha contra Estados Unidos que de una política sensatamente establecida. El apoyo de EEUU a la decisión del Reino Unido para abandonar la UE, la retirada estadounidense del Tratado de París y su llamado para que Europa cumpla sus deberes económicos con la OTAN, y últimamente la decisión de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, unido a otros aspectos de la política común, muy probablemente ha movido los resortes en la UE para tomar a Cuba como “campo de batalla”.

Esto en política no es nuevo. La Rusia de Vladimir Putin ha hecho algo similar, también usando la isla como “campo de conflicto”, al hacer un acercamiento a La Habana con vistas a ayudas económicas, intentando además montar bases militares. Lo anterior se interpreta como una reacción a la política de EEUU de apoyar a Ucrania en su diferendo con Rusia, que ha llegado últimamente hasta el ofrecimiento de armas por parte de Norteamérica a ese país exsoviético.

En este contexto geopolítico la dictadura cubana tiene ahora su tabla de salvación por partida doble. Esto da respiro al castrismo en el momento más crítico de los últimos años, cuando comienza el delicado proceso del cambio de mando hacia una nueva generación.

Si los razonamientos anteriores tuvieran el aval de la realidad, estos apoyos a la dictadura castrista —europeo por un lado y ruso por otro— pudieran negociarse por parte de EEUU sin mayores dificultades, en función —en ambos casos— de que son “políticas de reacción”, basada en posiciones del adversario y no en principios. “Crear problemas para vender soluciones”.

En tales circunstancias, no caben dudas que la dictadura castrista gana un respiro para la sucesión en marcha. Sin embargo, el saber que las políticas de acercamiento de sus flamantes socios comerciales y políticos son para lesionar a EEUU, queda claro que dichas políticas de acercamiento a la isla pueden estar encima de una mesa de negociaciones en cualquier momento, sin que necesariamente los intereses de la dictadura cubana sean consultados.

Con las políticas anteriores, tanto la Unión Europea como la Rusia de Putin admiten indirectamente que el paso de Cuba hacia la democracia depende básicamente de la voluntad política norteamericana, habida cuenta de la debilidad de la oposición cubana. Lo anterior pone de relieve la importancia en tener en la presidencia de Norteamérica a un hombre declaradamente enemigo de la dictadura castrista, lo que no necesariamente implica que éste pase de inmediato a una acción en favor de la necesaria democratización de la isla.

Artículos de este autor pueden ser encontrados en Cuba Libre Digital


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