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Michelle Bachelet (EFE)

LA HABANA, Cuba.- Hacen sentir vergüenza ajena las carantoñas al Gobierno castrista de la presidenta chilena Michelle Bachelet durante su visita a Cuba. Es otra figura del mundo democrático, otra más, que antepone los negocios a los derechos humanos y a la democracia para transar con una dictadura de 59 años que ni por un momento ha dejado de serlo. Pero en el caso de Bachelet, que sufrió la dictadura militar de Pinochet —su padre, el general Alberto Bachellet murió en prisión, y ella misma fue encarcelada y forzada al exilio— es más lamentable aun su indiferencia ante la falta de libertad y las violaciones de los derechos humanos que padecemos los cubanos.

Como otros gobernantes latinoamericanos que han viajado a La Habana, Michelle Bachelet abogó por la integración continental y alabó “los avances de Cuba”. Se deshizo en elogios a sus anfitriones y cargó la mano en los ingredientes izquierdistas de sus discursos.

Parece que los presidentes latinoamericanos hablan otro idioma en sus países. Bachelet, en sus dos periodos al frente del gobierno de Chile, aunque ha sido una buena presidenta, no hay dudas de eso, socialista como es no ha conseguido que los mapuches dejen de ser echados de sus tierras y de ser brutalmente reprimidos por los Carabineros; no ha logrado disminuir la pobreza extrema que padecen muchos en Chile, uno de los países de Latinoamérica donde es mayor la desigualdad social; ni ha satisfecho los reclamos de los estudiantes en pro de una educación mejor y asequible para todos.

A propósito, las protestas de los estudiantes, que también eran reprimidas por los Carabineros, sin escatimar los chorros de agua a presión, durante mucho tiempo fueron instigadas, dirigidas y llevadas a extremos irresponsables por la bellísima Camila Vallejo, una joven comunista, hoy senadora, devota del castrismo que viajó a La Habana, fue recibida por Fidel Castro y que, casualmente, tenía una relación amorosa con un “seguroso” cubano que probablemente le daba sabios consejos sobre la praxis revolucionaria.

La amabilísima y despistada Bachelet parece haber olvidado ya el mal rato que le hizo pasar hace nueve años, durante su anterior visita a Cuba, Fidel Castro, cuando la recibió y abogó ferviente y regañonamente porque Chile le concediera la salida al mar a Bolivia, como reclama Evo Morales —el “compañero Evo”—, uno de los entrañables de La Habana.

Michelle Bachelet, luego de marchar bien marcial, como en sus tiempos de ministra de Defensa, ante la guardia formada en honor suyo en el Palacio de la Revolución, besó al general-presidente Raúl Castro y conversó afablemente con él, de igual a igual, cual si hubiese sido electo democráticamente igual que ella.

Algunos, como Bachelet, mantienen la tesis de que forzar el parecido del Gobierno cubano con el resto de los gobiernos latinoamericanos incidirá en una futura evolución de Cuba hacia la democracia. Algo harto dudoso que, si funcionase, será a muy, muy largo plazo, y que conducirá más que a una real democracia a un burdo remedo de ella.

Bachelet agradeció a Cuba por su ayuda en tiempos difíciles para Chile. Es cierto, si nos atenemos a la ayuda humanitaria prestada durante el terremoto de 1960 y a los chilenos que hallaron refugio en Cuba durante la dictadura de Pinochet —por cierto, la mayoría se largó en busca de mejores lares a la primera oportunidad que tuvieron—.

Los momentos difíciles de la dictadura de Pinochet se debieron en gran parte a la intromisión castrista.

Fidel Castro, molesto porque el marxista Salvador Allende hubiera llegado a la presidencia por las urnas y no a través de la lucha armada, siempre quiso influir en el gobierno de la Unidad Popular para que las cosas en Chile se hicieran a su manera. Y la ayuda cubana resultaría más dañina que beneficiosa para Allende.

Fidel Castro visitó Chile a fines de 1971. Permaneció más de 20 días en el país austral y lo recorrió de punta a punta. Pronunció discursos incendiarios, opinó profusa e imprudentemente acerca de todo, y aconsejó a Allende la formación de milicias obreras. La visita, que pareció interminable, fue el catalizador de la crisis.

Alejado de los métodos leninistas, Salvador Allende no quiso formar las milicias proletarias como aconsejaba Fidel Castro para “mantener la adhesión de los vacilantes, imponer condiciones y decidir el destino de Chile”, según expresaba en la carta entregada a Allende por Carlos Rafael Rodríguez y Manuel “Barba Roja” Piñeiro, el 29 de julio de 1973, 42 días antes del golpe militar.

Cuando los golpistas hallaron el cadáver de Allende en el Palacio de La Moneda, el 11 de septiembre de 1973, el fusil ametrallador que le regaló Fidel Castro estaba a sus pies. Pero los de la tropa élite del Ministerio del Interior cubano ya estaban a buen recaudo.

En fin, para qué abrumar con historias tristes que pocos parecen recordar…

Michelle Bachelet, que sufrió una dictadura militar y luchó los derechos humanos, debería saber, como otros latinoamericanos desmemoriados, el valor de la solidaridad internacional en la lucha por la democracia. Pero ya olvidó lo que es vivir privada de libertad. ¡Qué pena!

luicino2012@gmail.com


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