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Fidel Castro haciendo su entrada a La Habana el 8 de enero de 1959. A su derecha Camilo Cienfuegos y a su izquierda Huber Matos (Corbis)

LA HABANA, Cuba.- Advierto que ninguna errata hay en el título y que no atribuyo los famosos “Caprichos” al pintor oficial de Felipe IV. No trastroqué a Goya por Velázquez. El Velázquez del que escribo no es el pintor de “Las meninas”, y tampoco trazó la figura de algún rey que lo estuviera protegiendo. Este Velázquez jamás tuvo un pincel en la mano ni pintó a reinas austriacas o españolas; y aunque sabe de lo esencial que resultó, y resulta todavía, el huevo para la mesa cubana, tampoco coloreó a una vieja poniendo uno de ellos en un sartén, y sobre grasa caliente.

Este hombre, ya viejo y a quien todos conocen como Velázquez, no trazó escenas en las que aparecieron mesas pobres, aunque las conoce, rodeadas de bocas hambrientas, y mucho menos a un aguador de Sevilla, pero reconoce la importancia que tienen esos aguadores en la seca vida de La Habana Vieja. Este viejo Velázquez repara fogones, a pesar de los ochenta y cinco años que celebró hace poco. Su nieto me invitó al cumpleaños, y yo fui. Allí conocí a Velázquez, quien, después de tanta insistencia me mostró algunas libretas en las que ha estado anotando por años lo que considera, simplemente, caprichos.

La primera de todas las libretas abre con lo que supone “El mayor de todos los Caprichos en la historia cubana”, que, según cree este anciano, es la fecha del triunfo de la “revolución”. Primero de enero de 1959, así anotó Velázquez, para después hacer algunas observaciones. Advierto que su interés no está en conseguir una escritura virtuosa. Su propósito, es hacer anotaciones para él mismo, para que, si le llegara la “esclerosis”, su familia no olvide jamás lo que él supone como “intencionados descalabros” a la hora de recoger ciertos sucesos de la Historia cubana, y que, según cree, los cubanos aceptan como si fueran “autómatas”.

“¿Por qué se recoge como fecha del triunfo el primero de enero?”, me pregunta y no me deja responder, y hasta me arrebata el cuaderno, ese que exhibe el número 1, que yo había tomado hacía solo un instante muy breve. “La fecha pudo ser otra, me dice con el cuaderno ya en sus manos, y también que la fecha pudo ser otra: “El primero de enero no es más que un capricho”. Y ahí es cuando comienza la enumeración, que confirma mirando sus propias anotaciones.

Velázquez asegura que la cosa empezó a ponerse buena para el ejército rebelde cuando el Segundo Frente comenzó a tomar cuarteles en Oriente, y que se puso mejor el día 28 de diciembre cuando consiguieron vencer a las tropas apostadas en el Cuartel de Palma Soriano, y que hizo que Raúl y Almeida pudieran rodear la ciudad de Santiago de Cuba; pero todavía faltaban algunos días para que todo estuviera “a pedir de boca”. Ese 28 de diciembre, me cuenta Velázquez, como si yo no lo supiera, que el Che tomó Santa Clara, y que el 31 descarriló, y tomó, el tren blindado con todo lo que tenía adentro. El anciano da esa fecha como una posibilidad para establecer el “triunfo”, porque según dice todo giró a favor de los rebeldes a partir de ese instante, todo se definió, tanto que obligó a Batista a “poner pie en polvorosa”.

“El 31, Batista dejó todo a cargo del general Eulogio Cantillo y se largó, dejando el ‘camino abierto’ a los rebeldes, quienes convocaron a una huelga general bajo el lema: ‘Revolución, SÍ; golpe de estado, NO’. Así entró Gutiérrez Menoyo a La Habana y Fidel a Santiago de Cuba. Y no sería hasta el día 2 que comienza la huelga, jornada en la que se detuvo a Cantillo”. También me asegura Velázquez, con tono alfabetizador, que ese 2 de enero el Directorio Revolucionario, con Faure Chomón al frente, toma el Palacio Presidencial, y que la huelga no terminaría hasta el 4 de enero, “lo que hace que ambas fechas servirían para sellar al triunfo”.

Un día después entra en La Habana, como presidente provisional, Manuel Urrutia, quien traía el encargo de disolver el Congreso “y un montón de cosas más”. “¿Esa no pudo ser también la fecha elegida?”, me pregunta. Y el viejo sigue enumerando: “Fue el 8 de enero cuando entró Fidel a La Habana y anunció que la tiranía había sido derrotada, y cuando habló de alegría del pueblo y de todo lo que quedaba por hacer, de todo lo difícil que estaba por venir, y que se cumplió. Esa pudo ser también, creo yo, la fecha del triunfo, como también el 11, que fue cuando los rusos, que ya se estaban afilando las uñas, reconocieron al gobierno”.

Velázquez no se cansa de enumerar fechas que podrían “destinarse” para definir el día del “triunfo”, y cuando habla de destinar, pone en duda la que se reconoció oficialmente, la que él supone que no podía ser mejor para los vencedores, porque unas horas antes, el 31, era año viejo todavía, y nada bueno puede traer lo viejo. “No es lo mismo celebrar el triunfo un día 31 de diciembre, que es lo viejo, lo que se deja atrás, que el primero de enero, dos veces 1”, y también asegura que “eso lo pensaron muy requetebién”. Él asegura que ese día era el más conveniente porque, “según la numerología, el uno es independencia, originalidad, coraje, y un montón de cosas más, pero diciembre, y 31, es lo viejo, lo que se debe dejar atrás”. Así me asegura Velázquez, quien no ha soltado ni un instante el primero de todos sus cuadernos, esos que hablan de la conveniencia de situar un triunfo en el primer día del año. “Lo tenía to’ pensao”, dice el viejo que no recuerda ninguna otra “guerra” que diera la victoria a uno de los contrincantes un primero de enero, y también asegura que la historia cubana de los últimos años está regida por “caprichos”, y no de Goya.


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