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LA HABANA, Cuba.- Tanto ha sido el manoseo indiscriminado con la historia cubana durante el siglo XIX y parte del XX, a cargo del castrismo, que si el general Máximo Gómez (1836-1905) se salvó de un naufragio donde otros han desaparecido, es porque el vencedor de mil batallas, resulta un hombre imprescindible para la historia de Cuba.

Aun así, los nuevos historiadores oficialistas y además los periodistas domados por la dictadura de los Castro, han repetido que Gómez se sumió en una profunda frustración cuando vio que la República cubana no se parecía en nada a lo que él había soñado.

Para nada pensó el estratega más brillante de la historia que Estados Unidos había llegado a las costas cubanas para interrumpir la victoria. Todo lo contrario. Gómez apreció, con su larga vista de buen guerrero, cómo llegaba a su fin la terrible situación de la isla, con la intervención militar estadounidense.

En su intento por obtener la paz, fracasó cuando desde el segundo año de la guerra del 95, comenzó a gestionar con los capitanes generales y con otras altas autoridades españolas, el reconocimiento de la definitiva independencia cubana.

Como siempre supo y así lo dejó dicho, “sólo Estados Unidos no contempla con indiferencia o con platonismo sentimental, la guerra que vuelve rojas las bellas tierras de la fértil Cuba”. Y acusó a España de “hacer una guerra para matar al sospechoso, al criminal, al prisionero indefenso, a los heridos”.

El 9 de febrero de 1897, estando en Sancti Spíritus, provincia de Las Villas, “el más capaz de todos”, como decía Maceo, le envía una extensa carta a Grover Cleveland, presidente de Estados Unidos, con el propósito de que ayude a los cubanos y salvar lo poco que le quedaba al país, devastado no sólo por la tea incendiaria de Gómez y Maceo, sino además, por la reconcentración de Valeriano Weyler, todo para despojar a los campesinos de sus propiedades y obligarlos a servir a un ejército que rechazaban.

Gómez, dominicano de sobrio comer y enemigo de la vulgaridad y las malas palabras, había conocido bien de cerca a buenos estadounidenses bajo su mando y ascendidos por su valentía, como el brigadier General Henry Reeve y el teniente coronel Frederick Funesten.

En su carta a Cleveland apela a la sabiduría de los hombres de Estados Unidos, capaces de “decidir por sí solos qué tipo de acción se debe tomar”.  Sabía Gómez entonces que era posible que gente civilizada no consintiera el sacrificio de hombres desarmados e indefensos.

La misiva de Máximo Gómez (que se encuentra en los archivos del Congreso norteamericano y forma parte del libro La Sovietizacion de Cuba y sus Consecuencias, del autor Ed Prida), enviada al estadounidense, debería de ser un recordatorio a aquellos que aún callan los beneficios que representó desde muchos puntos de vista la ocupación militar en Cuba,

Cuando Gómez pidió a Estados Unidos que detenga la crueldad de España en Cuba, estaba pensando a favor de los cubanos. “Donde está Gómez -decía nuestro José Martí- está lo sano del país”.

Sus palabras finales nos dicen de su buen corazón y de la lucidez de su mente:

“Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en su memoria y Dios, el supremo misericordioso, verá en él la obra más meritoria de toda la vida”.

Su despedida no deja lugar a dudas. Estamos ante el gran héroe de Cuba:

“Yo soy tu humilde servidor”.


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