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(conektioblog.com)

LA HABANA, Cuba.- El funcionariado partidista retranquero e inmovilista y la burocracia ministerial engendrada durante décadas por el régimen castrista, con su renuencia a las reformas y la economía de mercado, su testarudo apego —a pesar de los reiterados fracasos— a la planificación centralizada estatal, y su ojeriza a los negocios privados, recuerda a la ultraconservadora burocracia confuciana que llevó a la decadencia a la dinastía Ming (1368-1644).

A aquel funcionariado de los últimos tiempos de la dinastía Ming, con su hipócritamente interesada interpretación de las ideas de Confucio, más que el crecimiento económico y el desarrollo del país, le interesaba la preservación del pasado. Así, debilitaron y aislaron a China del mundo exterior.

En 1436, un edicto imperial prohibió la construcción de barcos para la navegación oceánica. Luego prohibieron la construcción de barcos de más de dos mástiles. El comercio con ultramar se detuvo. Los barcos de la poderosa flota de guerra del almirante Cheng Ho se pudrieron en los puertos y empezaron los piratas a asolar las costas chinas.

Atenidos a su puritanismo moral, los mandarines sentían aversión por los comerciantes y los empresarios, a los que limitaban y condicionaban su progreso. Al respecto, refiere el historiador británico Paul Kennedy en su libro de 1987 Auge y caída de las grandes potencias: “La acumulación de capital privado, la práctica de comprar barato y vender caro, la ostentación del nuevo rico… Todo eso ofendía a la elite burocrática… Si bien no deseaban poner freno totalmente a la economía de mercado, los mandarines intervenían con frecuencia contra los comerciantes, confiscando sus propiedades o prohibiendo sus negocios. A los ojos de los mandarines, el comercio de los chinos con el extranjero resultaba sospechoso simplemente porque escapaba a su control”.

Es inevitable la comparación con el mandarinato conservador e inmovilista de por acá, que impone trabas y limitaciones absurdas a los dueños de negocios privados, y también a las cooperativas, y que prohíbe acumular capital y propiedades, condenando a los cubanos —excepto a los privilegiados de la elite y sus familiares y allegados— a la miseria perpetua.

Adicionalmente, con su temor a que los cubanos tengan acceso a la información sin que medie el control estatal, los paranoicos mandamases han limitado todo lo posible el acceso a Internet, situándonos entre los países más rezagados en la tecnología de la información y las comunicaciones. Las poses proinformatización del vicepresidente Miguel Díaz-Canel y los puntos wifi no deben hacernos olvidar que hace varios años, Ramiro Valdés, ex ministro del Interior y uno de los llamados “comandantes históricos de la revolución”, comparó la red de redes con potros desbocados a los que había que domar, y que Machado Ventura, el segundo secretario del partido único, y otros altos dirigentes, han expresado su temor de que Internet sea utilizada como “un arma de subversión ideológica”.

Los gobernantes cubanos advierten de la necesidad de incrementar la producción agrícola e industrial, pero en la práctica la entorpecen, al seguir apostando a ultranza por la planificación centralizada y la empresa estatal del socialismo, por mucho que haya quedado demostrada su ineficacia.

Donde mejor se puede apreciar esto es en la agricultura. Las decisiones sobre las tierras, los cultivos, las inversiones y los insumos necesarios, no son tomadas por los que trabajan los campos sino por los burócratas del Ministerio de Agricultura. A ello se deben los bajos rendimientos, y las cosechas que se pierden en los campos por falta de envase, de transporte, de combustible, o por el pésimo desempeño del Acopio estatal, incapaz de garantizar adecuadas condiciones de almacenamiento. De ahí también los altos precios en los agromercados, que no bajan por mucho que intenten toparlos las autoridades.

A pesar de que la mayor cantidad de tierra cultivable está en manos de las empresas agrícolas estatales, los campesinos y los arrendatarios son los que producen más. Y producirían aún más si les permitieran tener la iniciativa, y decidir, ellos que sí saben, teniendo en cuenta el funcionamiento del mercado, el estado del tiempo, las condiciones de la tierra y las cosechas. En eso, los productores del campo aventajan ampliamente a la burocracia centralizada del Ministerio de Agricultura, por muy organizada y competente que pudiera ser, lo cual no es. Aun así, el Estado mantiene su apuesta por la agricultura socialista, aunque eso implique tener que aumentar la importación de alimentos que se pudieran producir en el país.

Los mandamases se niegan a reconocer el fracaso de los métodos socialistas en la economía. Reconocer la superioridad de la iniciativa privada significaría para ellos la reducción de sus poderes, y a no muy largo plazo, tendría implicaciones en otras esferas de la toma de decisiones.

Los mandamases castristas no poseen la erudición de los mandarines confucianos de la dinastía Ming, pero de bobos no tienen un pelo. De ahí que aunque actualmente den grima de tan calamitosos y sigan arruinando al país, se mantengan como lapas aferrados al poder, y preparando el traspaso a sus herederos.

luicino2012@gmail.com


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