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Delia Otero (Foto: María Matienzo)

LA HABANA, Cuba.- Reidel García Otero, recluso de Valle Grande, murió el 23 de enero a los 30 años de edad. A Delia Otero González, su madre, le dijeron todo el tiempo que “solo tenía catarro”.

“No voy a permitir que nadie me diga que mi hijo estaba enfermo porque mis dos niños son sanos”, afirma la madre no solo de Reidel sino de su hermano gemelo quien también después de los sucesos ha bajado de peso considerablemente. “No son ni de tener problemas de salud ni de tomar medicamentos y nunca han esta ingresados”.

Reidel García Otero estudió contabilidad en la escuela “Amistad cubano-soviética” y trabajaba desde los 18 años en la carpintería militar que todos conocen como “la Gaspar de la Yuri”. Allí varios carpinteros cometieron el delito de hacer trabajos “por fuera”, cuenta la madre de Reidel. “Mi hijo aceptó que había trabajado como ayudante en tres casas en Viñales y entregó las cosas que compramos aquí en la casa con el dinero que ganó, y como era el contador ellos querían que explicara más, pero mi hijo les decía que le preguntara a los demás si querían saber más”.

Luego de una semana en la prisión de Reloj Club lo trasladaron a Valle Grande en octubre del año pasado, con el fin de mantenerlo bajo custodia mientras se desarrollaba la investigación que culminaría en un juicio donde los acusados no tendrían derecho a abogados porque la empresa donde se cometió el supuesto delito es militar.

“Cuando supe que estaba en Valle Grande fui a ver a una de las fiscales”, cuenta Delia, quien suplicó por la suerte de Reidel. “Le conté lo que son para mí mis hijos, lo que me había costado tenerlos”, pero la fiscal le contestó “simple y llanamente que eso no era una decisión de ella y que de todas maneras él estaba donde tenía que estar”. Nadie quiso escuchar que los jóvenes como él llegan a esos extremos porque los salarios no les alcanza para nada.

Cuando empezaron las visitas descubrió que con el régimen carcelario de “baja seguridad” al que supuestamente responde la prisión de Valle Grande, solo pueden coger sol dos veces al día, que es un lugar “muy húmedo y frío”, pero el día 10 de enero “él estaba en perfectas condiciones”.

Delia Otero, quien siempre intentaba parecer fuerte, el lunes 15 se levantó con un mal presentimiento.

Reidel y su hermano gemelo de niños (Foto: María Matienzo)

“Hoy Reidel no va a llamar”, le comentó a su esposo, y así fue. Comenzó una pesadilla pero nunca pensó que fuera a tener el final que tuvo.

El martes fue a fiscalía pensando que solo lo habían trasladado por el proceso de investigación.

“Hubo un viaje (una vez) que no me llamó y logré que me dijeran que lo habían llevado para 100 y Aldabó”. Comparte el terror que le generó que su hijo estuviera en “ese lugar” por los cuentos de torturas. “Allí estuvieron cuatro días en celdas de castigo hasta que regresaron el domingo y enseguida me llamó”, pero en esta ocasión ni en la misma fiscalía sabían decirle, por lo que fue directamente a la prisión.

En Valle Grande entonces ve a “Mercedes en Atención a la Población y me dice que va a averiguar”, añade Otero.

Cuenta que Mercedes regresa con la reeducadora, Neivis, y le aseguran que estaba bien, “que lo que tiene es catarro, me dice además que allí todos tenían catarro porque el lugar es muy frío y me da una notica de mi hijo”, en la notica Reidel pedía que le llevara vitamina C, Cogrip, duralgina y jarabe, todos medicamentos necesarios para combatir un estado gripal, y se fue más tranquila.

La vitamina C no la encontraron en las farmacias y tuvieron que comprarla en divisa, por lo que no le dio tiempo regresar ese mismo día.

Al día siguiente le llevaron los medicamentos con las indicaciones de cómo tomarlos, pero no le aceptan el jarabe porque no estaba sellado. El jueves, cuando fueron a llevarle el jarabe, descubrieron que las medicinas nunca llegaron a su hijo y la justificación fue que los encargados de llevar los medicamentos eran los médicos y hacía dos días que no pasaban.

El viernes recibió una llamada del padre del otro preso con la alarma de que su hijo estaba muy mal.

“No atiné a nada, me puse lo primero que encontré”. Delia revive el desespero que padeció aquel día: “Cuando llego intentó localizar al jefe de la unidad porque yo necesitaba ver a mi hijo, pero quien estaba era un capitán y me manda a decir que estaba en una reunión de cuadros, después iba a almorzar y después tenía otra reunión”. Ella decidió que se quedaría allí hasta que le dejaran ver a su hijo.

Reidel en una cama del hospital Covadonga, donde falleció (Cortesía)

En esa espera también ve a una doctora de la prisión y la llama con la esperanza de que supiera sobre el estado de su hijo y que le hiciera llegar un abrigo. La doctora la tranquiliza diciéndole que Reidel lo que tenía era solo catarro, después descubrió que esa misma doctora fue quien lo llevó para el hospital.

Pero Delia no se explica cómo la doctora le dijo que su hijo tenía solo catarro y minutos después la oficial de Atención a la Población le informó que a su hijo se lo habían llevado para la conocida Covadonga, hospital Salvador Allende.

“Quiere decir que estando yo ahí parada mi hijo salió en una ambulancia”, y cuando llegan al hospital reconocen a la doctora que les había brindado la información falsa y que tampoco pudo decirle sobre el estado de su hijo ni dónde lo tenían en ese momento.

La recepcionista fue quien el anunció que había llegado “muy malito”, y que lo tenían en la sala de observaciones, en cuidados especiales. “Lo primero que le veo son los pies y el doctor Silvio me dijo que mi hijo llegado con 15 de presión, con los pies cianóticos, con un paro respiratorio”.

Delia todavía está esperando la explicación, por parte de la prisión, de por qué su hijo llegó así al hospital. “Todo el tiempo estuvo en coma, entubado y ventilado, con shock séptico, extremadamente crítico, pero en las condiciones en que llegó ni siquiera podían trasladarlo a terapia intensiva”.

Luego en terapia estuvo Reidel cinco días, hasta el 23 de enero a las 2 y 35 cuando falleció, después de cinco paros respiratorios, ya con sus pies, manos y orejas necrosados.

Según la madre, el angiólogo le dijo que si se hubiese salvado “habría que haberle amputado sus piernas, y que su afectación cerebral era muy grande”.

“Cuando supe del quinto paro le pedí a Dios que se le llevara, que estaba llevando una muerte muy triste, muy dolorosa, y él no se merecía eso”, dice Delia.

La madre está muy agradecida con los médicos de la Covadonga porque intentaron sacar de la muerte a su hijo. “No se explicaron cómo un muchacho tan joven pudo llegar en esas condiciones”. Asimismo se pregunta qué hicieron los médicos de la prisión de Valle Grande porque “nadie se puede morir de una neumonía, si lo hubiera auscultado, si se hubieran preocupado, pero así perdí yo a mi hijo”.

Método para Reidel (Foto: María Matienzo)

Tampoco sabe por qué el doctor de prisión, Jorge Mario González Fleites, con el número de identificación médica M173339, le recetó Metocarbamol, un relajante muscular, y vitaminas B11 y B12, días alternos, si su hijo solo tenía catarro.

En la 4ta Unidad de Policía, a donde pertenece el hospital, practicaron la autopsia, del cual aún no están los resultados. “Nadie me puede decir que mi hijo tenía alguna enfermedad crónica porque mi hijo es un muchacho sano”.

El cuerpo fue cremado por lo que tendrá que confiar en la ética de los forenses que la practicaron.

Aun no puede acusar formalmente, pero ya envió cartas al Ministerio del Interior, al Consejo de Estado, a la Federación de Mujeres Cubanas, a la sede de las Naciones Unidas en Cuba, a la CNN, y a 15 y K que “es donde está (el Departamento de) Prisiones”.

También escribió al Ministerio de Salud Pública porque “alguien tiene que hacerse responsable por esto, porque es increíble que ese niño haya llegado el 19 y que tres días después, porque le presentamos una queja a Servicios Médicos del MINIT es que empiezan a interesarse por el caso”.

“¿Cómo te puede caber en la mente que tú seas responsable de toda esa gente que está allí, que lo lleves en las condiciones en que llevaron a mi hijo y que no haya una representación máxima allí presente para meterme un tiro o para decirme que ellos son responsables y que tiene que saber?”, se pregunta.

Delia Otero supo de dos casos más en la misma situación de su hijo y en los que después “no pasó nada”. Sin embargo ella siente que tiene la obligación de contar la historia de su hijo a quien quiera escucharla para que otras madres sepan.

Delia no espera ni siquiera justicia, solo que la escuchen: “Tengo un dolor muy grande. Yo me hubiese arrancado mi vida con mis manos para dársela a mi hijo”.

Los medicamentos que nunca llegaron a Reidel (Foto: María Matienzo)


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