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Representación de Alejandro Magno en el “Mosaico de Issos” (commons.wikimedia.org)

LA HABANA, Cuba.- Todo comenzó allá, en los recónditos parajes orientales cubanos, cuando un niño-adolescente-campesino quiso ser Alejandro Magno, uno de los conquistadores de la antigüedad que gobernó Europa y Asia con sus campañas militares y sus célebres invasiones.

Tanta era su obsesión por el macedonio, que quiso llamarse como él y pidió a sus padres cambiar Hipólito, su segundo nombre, por el de Alejandro. Incluso casi todos sus hijos de los años sesenta se llaman así.

Si los que han investigado las acciones militares más famosas de la Historia creyeran lo que cuenta Fidel Alejandro en sus cien horas de conversación con Ignacio Ramonet, sobre su guerra en la Sierra Maestra, ya lo hubieran colocado en la lista donde aparecen los quince mejores líderes militares del mundo, que comienza con Napoleón Bonaparte, Alejandro Magno, Guillermo el Conquistador, Julio César y Gengis Kan.

Pero su tan contada guerra, que terminó gracias a la retirada de Batista, nos hace reflexionar.

Basta leer la página 223 en adelante del libro del periodista español, para descubrir otra de sus historias inventadas, sobre todo en los meses finales de 1958, cuando decidió invadir un país con apenas doscientos guerrilleros frente a los diez mil hombres del Ejército, integrados en catorce batallones, unidades independientes de infantería, artillería y tanques, apoyadas por la aviación y las fuerzas navales y una población con más de seis millones de habitantes que nunca respaldó a los rebeldes, según los resultados de las dos huelgas generales concertadas por él para terminar la guerra.

Su admiración por las invasiones de Alejandro se vio culminada en aquella ocasión, cuando ordenó “que las columnas rebeldes de Camilo y el Che avanzara en todas las direcciones sobre el territorio nacional, sin que nada ni nadie pudiera detenerlas”.

El Che entraba en la ciudad de Santa Clara en espera del negociado tren blindado y Camilo, que jamás llegó a Pinar del Río, “liberó” al pueblo de Yaguajay cuando los militares no hacían resistencia y se sabía que Batista había partido de Cuba.

Mueve a risa las razones expuestas por el Máximo Líder cuando explica que en definitiva no envió a Camilo al Occidente, “porque teníamos en la cabeza la historia de la invasión en la Guerra de Independencia de 1895 y pesaba mucho esa influencia histórica”.

No hay dudas de que en aquellos momentos el Iluminado Comandante se sintió un Alejandro Magno invadiendo el Imperio Persa, o Napoleón conquistando España.

Todo parece indicar que Fidel desconocía, mientras lo entrevistaba Ramonet, el concepto que se tiene de una invasión, una acción de considerable magnitud que requiere de muchas fuerzas para mantener un territorio.

Tal vez por eso llamó invasiones a sus infiltraciones tácticas, que no se consideran invasiones, sino escaramuzas de grupos guerrilleros que entraban en pueblos y ciudades, recibidos al fin por una población y un ejército ansioso de paz.

De esa forma, Fidel se quedó con los deseos de vencer al Ejército en los territorios central y occidental, interceptar y paralizar los movimientos de tropas por tierra y liberar poblaciones a través de las Columnas “Antonio Maceo” de Camilo, con 92 hombres y 82 armas y la “Ciro Redondo” del Che, con 140 hombres y 130 armas. Ni siquiera pudo en aquellos momentos finales contar con los importantes frentes que habían participado en la lucha contra Batista, dirigidos por Eloy Gutiérrez Menoyo y el Directorio 13 de marzo.

Aun así, dijo a Ramonet y ha repetido miles de veces: “La marcha de ambas Columnas fue una proeza militar, comparable con la de Antonio Maceo y Máximo Gómez, en 1895”.


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