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Miami, USA, Alfredo M. Cepero, (PD) Desde el mismo instante en que Donald Trump fue postulado como candidato a la presidencia por el Partido Republicano, los demócratas pusieron en marcha una guerra sin cuartel utilizando el equivalente de armas nucleares del campo político. Había que derrotarlo a toda costa y utilizando cualquier tipo de armas. Tanto su persona como su agenda fueron declaradas radiactivas y el demócrata que se atreviera a apoyarlas seria puesto en cuarentena política. Todo esto explica tanto la estrategia suicida como la falta de una agenda constructiva de que adolece en estos momentos el Partido Demócrata para atraer el apoyo de los votantes.

Los demócratas empezaron con la burda patraña de un documento donde se afirmaba que Donald Trump o miembros de su campaña habían conspirado con los rusos para robarle las elecciones a Hillary Clinton. El mamotreto fue estructurado por el espía inglés Christopher Steele con datos fraudulentos comprados a espías rusos con 12 millones de dólares proporcionados por la campaña de Hillary Clinton.

Aunque reprobable e indigna, este tipo de estrategia electoral es común en las luchas políticas de muchos países. Pero lo que resulta inaudito es la participación del FBI y del Departamento de Justicia de Obama en esta conspiración. El partido en el poder utilizó el poder de intimidación de un organismo policial para derrotar al candidato del partido de oposición. Una bajeza sin precedentes en este país que viola sus preceptos constitucionales y es utilizada únicamente en repúblicas bananeras con tiranías como las de Cuba y Venezuela.

Pero los horrores no terminan aquí. El FBI, dirigido por el policía corrupto James Comie, utilizó como justificación el documento fraudulento de Steele para espiar a los miembros de la campaña de Donald Trump. Comie y sus apandillados se presentaron en cuatro ocasiones ante un juez de la Corte de Vigilancia de la Inteligencia Extranjera (FISA, por sus siglas en inglés) para obtener órdenes judiciales que le permitieran escuchar conversaciones telefónicas de los partidarios de Trump. Todo esto sin revelarle al juez que dicho documento había sido financiado con fondos de la campaña de Hillary Clinton. Una mentira castigable con años de prisión que quizás tenga que enfrentar Comie antes de que termine la investigación de este escándalo.

El congresista republicano James Jordan describió la situación con claridad meridiana cuando dijo: “Lo que tenemos aquí es que, en medio de unas elecciones presidenciales, el FBI presenta ante una corte secreta como FISA un documento de campaña de la oposición para obtener una orden secreta para espiar a ciudadanos norteamericanos, una violación flagrante de la Cuarta Enmienda de la constitución Norteamericana”.

Por su parte, Devin Nunes, el valiente presidente de la Comisión de Inteligencia de la Cámara de Representantes, puso la conspiración en su verdadero contexto cuando afirmó: “Hay pruebas incontrovertibles de que tuvo lugar una conspiración con los rusos. La conspiración fue entre el FBI de James Comie, el Departamento de Justicia de Obama, la campaña de Hillary Clinton y el Comité Nacional Demócrata”.

Jaque mate por Nunes y yo me pregunto si la Secretaria de Justicia Loretta Lynch informó o no a su jefe, Barack Obama, sobre esta insidiosa estratagema. Busque el lector la respuesta que le parezca más lógica.

Por otra parte, el arma predilecta de la izquierda demócrata contra el presidente es la que califican de resistencia. Una estrategia que no tiene otra meta que negarle el más mínimo éxito a Donald Trump. El problema para ellos es que la resistencia por la resistencia no tiene sentido, que la misma no produce beneficios a los ciudadanos sino es un arma para promover los intereses exclusivos del Partido Demócrata para hacerse con el poder.

Esta es la única forma de explicarnos el rechazo de los demócratas a la generosa oferta de Trump de legalizar a 1.8 millones de ilegales, más del doble de los que prometió Obama. Los demócratas sacrifican a sus muy publicitados “dreamers” con tal de no apoyar los planes de Trump de construir el muro en la frontera, eliminar la lotería de visas y ponerle fin a la migración en cadenas.

Esta avaricia de poder podría resultarles en un desastre en las urnas en este 2018 porque los votantes no son tontos y vaticino que no se dejarán engañar por una demagogia que ya va siendo obsoleta.

Al llegar a este punto, creo pertinente hacer una comparación somera de la agenda de Donald Trump frente a la agenda de sus adversarios en el Partido Demócrata.

Trump ganó las elecciones y después de electo sigue haciendo gala de su fe en Dios y defendiendo la libertad religiosa, promoviendo la seguridad en las fronteras, honrando la bandera y el himno de los Estados Unidos, aumentando el presupuesto de las fuerzas armadas, luchando contra las drogas, estimulando bonos a los obreros, reduciendo el nivel de desempleo, proponiendo una inmigración basada en méritos del inmigrante, aumentando en dos millones y medio el número de nuevos empleos y reconociendo a Jerusalén como la capital del Estado de Israel.

El hecho innegable es que, así como Ronald Reagan puso de moda el conservadorismo, Donald Trump ha puesto de moda el patriotismo. Una vez más los americanos muestran con orgullo su amor a los Estados Unidos sin preocuparse de ser acusados de xenófobos o de imperialistas. Unos “xenófobos” que poblaron con 400,000 cadáveres los cementerios de Europa y unos “imperialistas” que, durante la Segunda Guerra Mundial, salvaron al continente de la horrible pesadilla del nazismo sin apropiarse de un solo palmo de territorio.

Los demócratas, por su parte, además de resistirse a todo lo que proponga el presidente, siguen con su gastada agenda de una izquierda que, como ya sabemos, derrocha recursos creados por otros y es incapaz de producir riquezas. Por ejemplo, ataca los valores y símbolos religiosos, promueve el aborto indiscriminado, demanda fronteras abiertas, aumenta los impuestos a los productores, mantiene holgazanes que se niegan a producir, apacigua a los enemigos de Estados Unidos, desarma a los ciudadanos honrados, tolera a los criminales, resta autoridad a las fuerzas del orden público y reduce el presupuesto para la defensa nacional. Una agenda para la derrota en tiempos del renacimiento del patriotismo americano.

Para complicar las cosas, en los últimos diez años las bases del partido han caído bajo el embrujo de una demagogia de izquierda sin precedentes en su agresividad en la política norteamericana. Sus nuevos líderes, Bernie Sanders, Elizabeth Warren, Keith Ellison y Tom Perez, por mencionar unos pocos, exhiben conductas tan radicales como los más aventajados discípulos de Lenin. Quienes no comparten sus posiciones extremas, no se atreven a discrepar por temor a perder el apoyo de las bases del partido.

Lamentablemente, demócratas moderados como John Kennedy, Henry Jackson, Sam Nunn, Lyndon Johnson y hasta el degenerado sexual de Bill Clinton no cabrían en este Partido Demócrata del 2018.

Sin espacio para la negociación, no queda otra alternativa que la confrontación y esa tendrá lugar en el próximo mes de noviembre.

Y lo peor para los enemigos jurados del presidente es que, como todo fanático de cualquier causa, la izquierda demócrata no tiene la menor idea del peligro ni de las consecuencias de su conducta y de la percepción de la misma a la hora de enfrentar el dictamen de las urnas.

El ejemplo más ilustrativo fue la reacción de los legisladores demócratas durante el discurso de Donald Trump sobre el estado de la Unión. Frente a las cámaras de televisión y a la vista de toda la nación, mostraron caras de aburrimiento, rabia y frustración hasta en los momentos en que el presidente se refirió a temas que benefician a los mismos ciudadanos que ellos dicen defender. Demostraron que el Partido Demócrata no siente amor alguno por el norteamericano promedio y que ha abandonado toda pretensión de sentirlo. Que son el partido del antiamericanismo, el elitismo, la demagogia y la anarquía. Muchos ya lo sabíamos pero ya no queda lugar para las dudas.

En conclusión, según acostumbro a cerrar muchas veces, como demostraron las elecciones del 2016, ni los demócratas ni los republicanos pueden confiar únicamente en su base electoral para ganar elecciones.

En vez de enfrentarse a Trump en todos los temas y en todo momento, los demócratas harían bien en trabajar con los republicanos y moverse hacia el centro. De lo contrario, en el 2018 podría repetirse la sorpresa de 2016 en que fueron tirados a la lona sin saber de dónde les vino el golpe.
lanuevanacion@bellsouth.net; Alfredo Cepero
Tomado de: www.lanuevanacion.com
Seguir: http://twitter.com/@AlfredoCepero


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