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Miami, USA, Pedro Corzo, (PD) Antes que todo es un deber reconocer que Europa fue mucho más sensible ante la tragedia cubana que Latinoamérica.

Este hemisferio nunca instrumentó una estrategia contra la dinastía de los Castro a pesar de la proclamada fraternidad hemisférica, además, de haber sido víctima en numerosas ocasiones de la capacidad subversiva y desestabilizadora de la dictadura insular. Ni aun para fortalecer la democracia en sus respectivos países, los líderes políticos del continente fueron capaces de concertarse para cerrarle el paso al régimen que procuraba destruirlos.

Hace varios años en Caracas, en la Venezuela republicana, finales de los ochenta, durante un intercambio de opiniones auspiciado por la embajada de Estados Unidos en ese país por medio del sistema Wordnet, un participante uruguayo reprendió al moderador y a los cubanos presentes por acusar al régimen castrista de violar los derechos humanos, la respuesta fue unánime, “los derechos humanos son universales y los países que se dicen hermanos del pueblo cubano no han asumido el protagonismo necesario en Ginebra para asumir el rol que le corresponde”, una penosa actitud que no ha sido rectificada hasta el momento.

Por su parte la Unión Euro­pea esta­ble­ció en 1996 una Posición Común en su trato con Cuba que instituía las pautas sobre las cuales se desenvolverían las relaciones entre los estados, incluido el comercio, estrategia que intentaba promover cambios pacíficos hacia la democracia en la isla, un proyecto que promovió y concretó el gobierno de José María Aznar en España, contraria a la línea complaciente y generosa hacia la dictadura castrista del gobierno de Felipe González.

Sin embargo esa política ha sido quebrantada por factores dentro del Bloque que siempre han favorecido el entendimiento con el castrismo, elementos particularmente estimulados con el cambio de política hacia Cuba del presidente Barack Obama lo que influyó también entre los indecisos, al igual que ocurrió con otros gobiernos del resto del mundo, que a partir del restablecimiento de relaciones entre Washington y La Habana iniciaron con la dictadura un acercamiento sin precedentes.

La Unión Europea que ha defendido con vehemencia las libertades individuales y los derechos humanos es un foro donde conviven en base al respeto a los valores democráticos 28 países de diferentes culturas y tradiciones, lo que convierte en una fuerte contradicción y hasta negación de sus fundamentos, el estrechamiento de los vínculos con una dictadura cruenta que sigue siendo el reflejo del socialismo estalinista que por casi una centuria negó los postulados de Europa.

El más reciente informe de la UE sobre los derechos humanos en Cuba no deja de ser una aberración cuando refiere que en la isla hay una democracia unipartidista, cuando los principios de la entidad se basan en el pluralismo y en el respeto a los derechos ciudadanos.

No obstante, el fin de la Posición Común Europea hacia Cuba no justifica en ninguna medida que los “hermanos” latinoamericanos sigan siendo obsequiosos amigos de la dictadura, aunque algu­nos podrán argüir que en la década de los 60 la tota­li­dad de las nacio­nes del hemis­fe­rio, con la excep­ción de México y Canadá, rom­pie­ron rela­cio­nes con el régi­men insular y que el gobierno de la isla fue sepa­rado de la Orga­ni­za­ción de Esta­dos Ame­ri­ca­nos, una decisión que respondió a las gestiones diplomáticas de Estados Unidos no por la amenaza que La Habana significaba para la sobrevivencia de cada gobierno del hemisferio, tampoco por solidaridad con el oprimido pueblo cubano.

La situa­ción de los Dere­chos Huma­nos en Cuba, la per­ma­nen­cia de un régi­men dic­ta­to­rial que ha pre­ten­dido impo­ner su modelo de ges­tión en el resto del hemis­fe­rio no ha sido una preo­cu­pa­ción para la gran mayo­ría de los gobier­nos lati­noa­me­ri­ca­nos y ahora ha dejado de serlo para los de Europa

La desidia y la falta de soli­da­ri­dad han sido cons­tan­tes. Con­si­de­rar que la permanencia de la dic­ta­dura es con­se­cuen­cia de la con­ducta del vecino pode­roso del norte es igno­rar el ver­da­dero esce­na­rio: la complicidad de muchos gobiernos con la tiranía y la incapacidad del pueblo, a pesar de sus sacrificios, para destruir el régimen.
pedroc1943@msn.com; Pedro Corzo
Tomado de: El Nuevo Herald


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