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(foto del autor)

VILLA CLARA.- Recomencemos hablando de salud pública, principio y pilar de casi todo. Hasta de la propaganda oficial.

En abril murió —a causa de un accidente eléctrico— un hombre achicharrado, mientras se recuperaba en el salón posoperatorio tras una intervención uretral. Alguien dejó restos de alcohol por doquier, sin limpiar, y como era hora de almuerzo olvidaron desconectar los electrodos que se emplean para fulgurar.

Un largo proceso fiscal en contra el urólogo que lo operó —y otros sucesos de impericia técnica que causaron el deceso de otros dos pacientes a él imputables— concluyó con inusual condena a 3 años de aprisionamiento y el retiro del título a un experto profesional.

Hace unos días, la confidencia pública de una doctora que dio a luz en la cocina de su casa, asistida por el marido —¿aprendiz de partero?—, no habría resultado más o menos revoltosa si no fuera porque la médica (que es especialista clínica y no-primeriza) estuvo negando firmemente el embarazo a todo aquel que preguntaba por su vientre abultado, hasta que no pudo más seguir fabulando… y alumbró.

Afortunadamente los dos están bien, pero a la galena le ha sido retirada la facultad de ejercer cual facultativa, y todo el mundo se pregunta cuáles razones tendría para mentirse (y engatusar a sus colegas como a sí misma, si es que no está loca). Especulaciones aparte, tampoco se sabe si tuvo complicidad el compañero/consorte.

En el mismo ámbito ginecológico, otra noticia devino embrollo cuando una muy preasistida portadora de jimaguas —en estos tiempos especialmente por lo del índice poblacional en declive— trajo al mundo a tres, porque nadie del sistema de vigilancia intrauterino “vio ni oyó” (en ultrasonidos ni estetoscopios) el corazoncito del tercer miembro de la tribu.

La madre preparó cara canastilla para un par de mamones, y ahora hay que tapar y alimentar al chama extra con lo que haya. No son estos viejos tiempos de privilegios por arribar al “home” con tripleta engullidora, de manera que habrán de asegurarse inmediatamente quintales de malanga y una vaca aunque sea alquilada. El progenitor que vaya colgando guantes.

Continúan apareciendo en los bordes geográficos del territorio —entre cunetas y ríos—, arrojos de sacos con inmundicias: cabezas de perros y gatos. Porque nadie ha ofrecido resultados en ningún medio sobre la denuncia hecha hace cuatro años con la sospecha de inclusión de ciertas carnes (las que ya sabemos priman clarias) en los embutidos que confeccionan improvisados del “ahumado”, amén de las mortíferas sales nitrogenadas que nadie sabe cómo/dónde consiguen, sino del aparato estatal. En toda esta urdimbre terrorista está la mano corrupta de inspectores y policías ineptos en develar el origen/destino de lo comestible que matará otra fauna: la humana.

Hablando de animales, los continuos bisbiseos de la empleomanía de hoteles del cayerío, cuentan de frecuentes visitas de perros “elitarios” a sus establecimientos donde pernoctan como si fueran turistas. El doberman de Ramiro Valdés o el chiguagua de Díaz-Canel, cuando arriban al aeropuerto de Las Brujas —o bien por carretera—, ya conocen el lugar, husmean a empleados selectos que les atienden, pues son los primeros sabuesos nacionales admisibles en tan internacionales predios. La Casa de Protocolo (Santa María) o Villa Zayda del Río (Ensenachos), son los refugios predilectos para plantar cognoscibles meadas/cagadas, las que marcan “territorios”.

Los somelieres memorizan que el pollo deshuesado y a la plancha en el desayuno no es para engordar al hijo de Miguel, sino a su can. Y los que a-tienden camas y doseles, preparan condiciones para albergar ferocidad aislable como el de Ramiro, que no distingue dueño de rival cuando ingresa la noche.

En esas mismas playas inaccesibles para cubanos sin tupé ni dinero, suelen ahogarse extranjeros o infartar viejitos. No es relevante si son responsables de sus muertes por imprudencias propias o los salvavidas que estaban comiendo mierda. Lo que sí es alarmante es que nunca lleguen a saberse. Porque las estadísticas son verbales y se esfuman en cada ocasión. Los jóvenes que pierden la vida allí cada año representan otro dígito secreto para nada comparable con los mayores. Como los suicidios fugaces que nadie anota.

En cuanto a la corrupción que toca al sector privado (al que quieren repodar “cuentapropista”) el pasado año hubo todo tipo de afrenta: casas, autos, hostales, puestos en decomiso, dineros traficados por “hombres de negocio”, especuladores que bregan al amparo de una solvencia adquirida, legalmente o casi. Algunos proceden del sector “desempleado” que es sinónimo de enemigo del gobierno pues sus haberes provienen de “enfrente”, pero en mayoría son ex empleados del turismo que ya hicieron su pasta. Invirtieron en bienes y servicios, consecuencia de labrarse regio fondo operativo. Si esto sucediera en otra parte del orbe y no en Cuba donde “enriquecerse no es glorioso, sino punible” no tendría yo motivo para incluirlo en esta saga de prestidigitación y desprestigio.

Vergüenza debería darles a los trabajadores de Comunales que dan la cara cuando fallece alguien y no hay una caja medianamente bien hecha donde poner cadáveres. En mi zona tengo al menos 3 casos de fallecidos recientes que han esperado hasta 6 horas en rictus mortis hasta que traigan una ¡de la provincia!, la que se desarma sola al menor golpe. Contiene 3 tablitas miserables y ningún fondo, por lo que a menudo los cuerpos se caen al suelo antes de ser enterrados. He asistido a dos de ellos, tristemente.

Ya hablé en otro artículo de la calidad de estos féretros y de cómo hay que devolver el cristal de la tapa antes del sepelio, porque no hay más. Lo que no dije es que la esposa de un primo que murió hace dos años, cuando fueron a exhumarla hace poco, encontraron entre los restos una pinza de 6 pulgadas del instrumental y que evidentemente el equipo médico obvió declarar una vez que la cosieron (esto sucedió en La Habana, por desgracia). La occisa padeció 3 meses posteriores de dolor inenarrable, porque “un cáncer terminal” fue la explicación usada para no hacerle otra radiografía.

Entre ladrones y embaucadores marcha mi pueblo, victorioso y enajenado. Desde ladrones súbitos de balas de gas hasta pedigüeños rateritos que desparecen cuando han taimado a paisanos.

Desarmados van los que tienen el privilegio de viajar fuera, ante la gran estafa que sufrieron en aduanas, AeroVaradero o el Guajay, cuando fueron a buscar algo importado. Motos rotas, equipos mojados, cajas abiertas… El periódico Trabajadores dio evasiva a quienes colaboraron venezolanamente y perdieron contenedores por naviera desaparecida.

Algunas madres (filiales del predilecto) se ofrecen para denunciar el maltrato contra sus hijos; “me voy a encadenar desnuda en la plaza” dice alguna, o “me van a tener que matar” dice otra, pero una vez reducidas al “prudente” consenso familiar, colapsa en ellas el ímpetu y se quedan quietas, temiendo empeorar el “status nomológico” de sus parientes.

Pero los consejeros no suelen ser más que anotadores de unos tantos tontos, por causa de tontos tantos. Para no hablar matemáticamente de matrices y determinantes.

Insisto: el gris enlodamiento legislativo (sin alusión a serias cuestiones, como ignorando brecha natural que diera cauce al agua estancada) sigue creciendo, similar a las calles en las que vive chapoteando mi pobrecito pueblo.


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