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El Cerro, La Habana, Emaro, (PD) En Cuba también hubo hippies. En los tardíos 60 y tempranos 70, comenzaron a pulular en La Habana, muchachos de pelo largo y vestimentas estrafalarias, como los pantalones campana. Éramos como hermanos, o al menos nos comportábamos y cuidábamos como tales en muchas ocasiones.

Conformábamos nuestros grupitos con quienes teníamos mayores perecidos en los gustos, o afinidades. Se congregaban clanes que adoraban a determinados grupos musicales como Deep Purple o Led Zeppelin, y que excluían buenamente a los amantes de otras bandas. Cada quien con lo suyo.

Algo supremo era conseguir algún disco de acetato de los músicos amados (los cassetes apenas comenzaban a ser populares).

Escuchábamos mucho las emisoras norteamericanas donde se radiaba música rock, que eran la mayoría, todas en onda media. Aún no había surgido la FM. Cuando ocurrió el apagón analógico en el año 2008 en Yanquilandia, estas emisoras de AM fueron eliminadas del aire y se eliminó también nuestra posibilidad de escucharlas con un radiecito de transistores y baterías en el Malecón, disfrutando de la brisa marina toda la noche, o en la playa, tendidos al sol todo el día (todavía no se hablaba del hueco en la capa de ozono ni a nadie parecía entonces importar que el sol quemara demasiado).

Mi grupito se componía de cuatro o cinco personajes que nos reuníamos todas las noches en La Rampa. Nuestro placer era caminar de arriba a abajo desde la calle O hasta J por la acera norte y hacer estancia en los portales de Radiocentro (hoy Yara) y puede que discurrir un poco por la calle 21 hasta el Hotel Nacional y de vuelta. Conversábamos de todo, preferentemente sobre música. Jamás vi utilizar drogas, muy raras por entonces en nuestro país, debido no solo al sistema policiaco imperante, sino también a nuestra permanente falta de dinero.

Suponíamos que éramos los más avanzados en lo social, el arte, la música, etc. Pero por entonces ninguno de los hombres usaba areticos, ni pantalones a media nalga.

Al caminar nos bamboleábamos con todo el cuerpo, para que la melena se moviera. Mientras más largo el pelo, mejor. Más contestatario, se suponía.

Los hippies estaban en conflicto directo con los guaposos, otra tribu urbana –aunque entonces no se usaba este término- que se vestía con pantalones exageradamente anchos. Usaban patillas y una pose, gesticulación y fraseología carcelaria también exagerada, con la que pretendían que los considerara tipos duros, o cuando menos rudos.

Los guaposos se reunían en los desaparecidos Paragüitas de Prado, donde se podía tomar una jarra de cerveza sentados estilo cafeterías parisinas sobre las aceras frente al Capitolio.

La vulgar delincuencia de atracadores y criminales menores se reunía con los guaposos en los Paragüitas.

Con los hippies, los pelúos, que eran considerados por el gobierno los ideológicamente aberrados, los atrapados por el diversionismo ideológico, se asociaban los homosexuales al ser más tolerantes y dejarse el pelo crecido.

A ambos grupos de cuando en cuando le dedicaban raids policiacos. Uno de nuestros divertimentos era observar con cuidado y detectar a tiempo cuándo se acercaba una “Jaula”. Esta era un camión Gas 53 de la policía, pintado con sus colores e insignias, el cual tenía la parte posterior construida como un gran cajón con una sola puerta trasera y sin ventanas, a lo mejor, algún pequeño respiradero…

Cuando alguno de nosotros divisaba el camión, gritaba: “¡Ahí viene La Jaula!”. Había que salir corriendo, pues con ella venían policías que intentaban atrapar a la mayor cantidad de pelúos.

Los capturados eran empujados hacia el interior de la jaula y cerraban la puerta hasta cuando se llenara o decidieran marcharse.

Nos trasladaban hacia alguna estación de policía cercana. Allí podía suceder que te llevaran a la oficina del jefe y si este lo decidía, te soltaban sin problemas y sin fichaje; o te cortaban el pelo como quiera y te fichaban.

Entre 1965 y 1967 a los homosexuales y los melenudos los enviaban a las UMAP, los campos de trabajo forzado que tuvo el ejército cubano en Camagüey donde pretendían forzarlos a ser “hombres de bien”, según los parámetros socialistas. La música rock estaba literalmente prohibida. Era (y aún lo es para muchos) “la música del enemigo”.

Muchos años después, cuando a Fidel Castro le convino, fue a sentarse en un banco al lado de la estatua de John Lennon, a inaugurar un parque que lleva su nombre, en El Vedado, donde éramos perseguidos nosotros, tal vez por parecernos demasiado al enemigo.

No se me olvidan el feo Plátano Viejo, con sus cámaras siempre a cuesta, la Tierna, una lindísima gordita, El Pescado, Ernesto y unos cuantos más de quienes no recuerdo sus nombres.

Éramos buena gente. Los malos eran los que nos perseguían…

Así se fue parte de mi juventud, paseándome toda la noche por aquella fabulosa Rampa llena de luces, creyendo que el futuro de esta isla era tan brillante como aquellas luces, escuchando la WQAM, la KAAY, la WGBS, nuestras emisoras preferidas que nos llegaban del Norte (con las cubanas no valía la pena, no querían poner música extranjera).

Hoy tener el pelo largo ya no importa. Nadie sabe lo que es un hippie o no quieren acordarse. La Rampa se nota cada día más decrépita, sin la luz de entonces, y Los Paragüitas no existen. Y dentro de unos años, aquellos jóvenes que fuimos ya tampoco estaremos y nadie sabrá de nuestros sueños de entonces.
eduardom57@nauta.cu; Eduardo Maro


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