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Miami, USA, Alfredo M. Cepero, (PD) Cubanos, Cubanas y amigos de la libertad de Cuba: Para ustedes y para mi esta es una tarde de alta significación patriótica. Para mí, específicamente, es una tarde de profundo contenido emocional. Regreso a una geografía cuyos paisajes, monumentos, calles y edificios me recuerdan los 15 años de mayor trascendencia en mi vida de exiliado. Aquí conocí y me casé en la Iglesia, ahora catedral, de Saint Thomas Moore, con la mujer con quien he compartido alegrías y tristezas, retos y oportunidades durante más de medio siglo. En el Washington Hospital Center nacieron mis cinco hijos. En la American University obtuve una Maestría en Administración de Negocios. Y durante doce años tuve el privilegio de hablarles a mis hermanos cubanos como corresponsal y periodista de la Voz de los Estados Unidos de América.

Pero la obra y las actividades más cercanas a mis sentimientos patrióticos fueron las desarrolladas a través de la Casa Cuba de Washington. Un grupo de patriotas cubanos que, como hacen ustedes esta tarde, nos mantuvimos unidos en la esperanza y fieles al recuerdo de nuestra martirizada Cuba. Ni el tiempo ni la distancia mermaron nuestra fidelidad, porque para quienes amamos y veneramos a una patria en cadenas no existen barreras de distancia ni de tiempo.

Para mantener viva la Cuba de nuestro orgullo y de nuestras añoranzas, realizamos actividades sociales, artísticas y culturales en lugares tales como el Lisner Auditorium de la George Washington University, el Bishop O’Connell High School en Virginia y el Montgomery Blair High School en Maryland. Pero el mayor de esos actos patrióticos fue el realizado en septiembre de 1976 agradeciendo nuestra acogida en este país, con motivo del bicentenario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, en que llenamos las 2,500 butacas del Eisenhower Theater, en el Kennedy Center.

La Casa Cuba también sirvió como centro de operaciones y de apoyo a marchas cívicas encabezadas por personalidades como el ex Presidente de la República Carlos Prío, el Presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana Jorge Más Canosa, el Presidente de la Brigada 2506 Juanito Pérez Franco, el campeón de los derechos humanos Humberto Medrano, el maestro de periodistas Guillermo Martínez Márquez, el Decano del Colegio Médico Cubano Libre Enrique Huertas y mi amiga Juanita Castro, una pobre mujer atormentada por la maldad diabólica de sus forajidos hermanos.

Tiene al mismo tiempo esta tarde un elemento espiritual que supera nuestro mundo material. Sin estar con nosotros esta tarde, yo veo presentes entre ustedes a muchos de aquellos patriotas que trabajaron aquí en Washington por una Cuba Libre y que se nos han adelantado en el camino de la eternidad. Desde el cielo siguen trabajando y nos saludan, nos aplauden y nos estimulan patriotas como Pedro Ortiz, Mario Pujals, Luis Pages, Félix Pages, Claudio Ponce, Tony Montiel, Rafi Madan, Chea Pedroso, Rosa Arrieta, Isabel Pruna, Ana María Perera, Victoria Pujals, Raúl Caballero, Pedro Entenza, Claudio Benedí, Gerardo Mora, Fernando Quintana y tantos otros no menos dignos de ser recordados y homenajeados a pesar de no ser registrados por mi memoria.

El camino trazado por aquellos cubanos excepcionales sigue siendo recorrido hoy por hombres y mujeres que, como ustedes, han recogido su antorcha. Entre ellos se destaca mi buen amigo y mejor amigo de mi mujer desde sus años de juventud, el Dr. Joaquín Pérez Febles. “Tato”, para sus amigos íntimos, era el organizador de excursiones juveniles a las Cuevas de Cepero, cercanas al idílico pueblecito de Cantel y a la playa de Varadero, en la provincia de Matanzas. A él le debo el honor de compartir esta tarde con ustedes una añoranza de patria que es al mismo tiempo la determinación de servirla hasta el último soplo de mi vida.

Pero si vamos a hablar de servicio a Cuba, todos los servicios y servidores nos quedamos pequeños ante la hoja de servicios del hombre cuya memoria honramos esta tarde. Nadie como él renunció o ha renunciado a la felicidad personal para promover la felicidad del pueblo de Cuba. Se enfrentó a la ira de Mariano Martí, un padre que no concebía una Cuba que no fuera colonia de España, sintió el trauma de hacer sufrir con su encarcelamiento a Leonor Pérez, la madre de su idolatría, renunció al calor de unas hermanas protectoras del único varón en una familia de mujeres, abandonó la tierra de sus desvelos siendo literalmente un niño, sacrificó la compañía de una esposa amante por la soledad del profeta de una causa considerada imposible, padeció el dolor de no ver crecer al hijo de sus amores, aceptó de buen grado la miseria personal a cambio de enriquecer las arcas paupérrimas de su “guerra necesaria”, fue víctima de la envidia de quienes como beneficiarios de su obra debieron haber sido sus mejores amigos, prefirió el exilio a la ignominia de vivir asfixiado por la garra de sus opresores y ofrendó su vida en holocausto supremo de su amor a Cuba. ¿Díganme ustedes si ha habido algún cubano capaz de igualar su dimensión galáctica?

La respuesta es obvia: Ninguno. Haciendo una paráfrasis de Juan el Bautista: “ninguno de nosotros es digno de desatar una correa de las sandalias del Apóstol de nuestras libertades”. De Martí, el hombre que uno de sus biógrafos, Luís Rodríguez Embil, llamó: “El santo de América”. De todas maneras, esta tarde recordemos su ejemplo y honremos su memoria como muestra de gratitud por sus servicios a la patria. Sin embargo, me parece innecesario hacer una cronología detallada de la vida de Jose Martí. Presumo que la mayoría de ustedes están familiarizados con sus datos biográficos.

Creo, por lo tanto, mucho más indicado y productivo analizar las facetas de su carácter, su prédica patriótica, las decisiones que determinaron el curso de su vida y su inmolación en Dos Ríos. Todo ello, para que imitemos su ejemplo y terminemos su labor inconclusa. La de construir la Cuba libre, democrática y justa por la que ofrendó su vida joven, generosa y fructífera. Porque a Martí se le honra con la conducta más que con las palabras. Las palabras que no conducen a la acción son meros fuegos artificiales. De palabras vanas está llena la enciclopedia de nuestros errores como pueblo y de nuestros fracasos como nación.

Para comprender mejor a Martí, me parece oportuno que nos identifiquemos con él en nuestro carácter de exiliados. Martí sale al exilio con destino a España el 15 de enero de 1871en el vapor Guipúzcoa. En 13 días cumpliría 18 años y escapaba de la traumática experiencia de las Canteras de San Lazaro cuyos grilletes le causaron llagas, enfermedades y dolores que lo atormentaron por el resto de sus días. Entonces escribe a su mentor y maestro Rafael María de Mendive: “Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir”. Lo que no sabía el joven Martí era que su sufrimiento apenas comenzaba y que su felicidad personal estaría limitada por su servicio a la patria. Por eso en uno de sus versos sencillos más tarde escribiría: “Amo la tierra florida/musulmana o española/donde rompió su corola/la poca flor de mi vida”.

De hecho, de los 42 años que tenía al caer abatido por las balas españolas en Dos Ríos, Martí había vivido solamente 18 años y medio en Cuba y 24 años deambulando por un mundo que, como el de nuestros días, era indiferente a nuestra tragedia. En distintos momentos y con varias interrupciones había vivido cuatro años en España y tres años entre México y Guatemala. Desde enero de 1880 hasta principio de 1895 (15 años) residió en Nueva York, desde donde viajó a Cayo Hueso, Tampa, Costa Rica, Jamaica, Panama, Republica Dominicana, Venezuela y Haití organizando una revolución y predicando una guerra totalmente contrarias a su temperamento conciliador pero que sabía inevitable si Cuba quería ser libre del yugo español.

Volviendo a su primer encuentro con un mundo indiferente a su causa, la España en la que desembarcó José Martí el 1 de Febrero de 1871, estaba en plena efervescencia revolucionaria y democrática. Algunos exiliados tratan de buscarse la vida, otros determinan proseguir la lucha, hacer del exilio un foco revolucionario, aprovechar la libertad para preparar la acción. Entre esos últimos formó fila nuestro Apóstol.

Se da entonces a la tarea frenética de dar a conocer la trágica realidad de la Cuba colonial española. Publica sus primeros artículos en La Soberanía Nacional de Cádiz y La Cuestión Cubana de Sevilla, El Jurado Federal de Madrid y La Republica de Nueva York. Pero su escrito más importante en ese momento fue “La República Española ante la Revolución Cubana”, publicado en forma de folleto el 15 febrero de 1873. En el mismo denuncia la hipocresía de España de negar a Cuba las condiciones de libertad y democracia que exigía para sí misma.

Con apenas 19 años Martí era ya un magnífico escritor. La prosa de Martí cautivaba, era una prosa combativa y polémica, con tintes bíblicos, homéricos y dantescos, una prosa que, como su autor, podemos calificar de titánica. Una prosa que apelaba al corazón de los lectores con las astucias y la musicalidad de un poeta. Un poeta que, de no haber sido el Apóstol de nuestra libertad, se habría destacado de todas maneras como uno de los precursores del movimiento modernista en la poesía americana. Y eso lo dijo nada menos que Rubén Darío, la cumbre más alta del modernismo en la poesía.

Pero como la perfección es privilegio exclusivo de Dios no hay ser humano perfecto. Como ser humano, Martí no lo era. Algunos de sus detractores y buscadores de notoriedad acusan a Martí de no haber sido un genuino hombre de familia. Y en realidad no lo fue. Nos guste o no, los genios no pueden ser encasillados en moldes caprichosos. Por eso José Martí no puede ser considerado ejemplo de hombre de familia al estilo tradicional.

Su familia no podía ser resumida en su totalidad en un simple árbol genealógico ni podía limitarse a los residentes en un domicilio. En la mente de Martí, su familia comprendía la totalidad del pueblo de Cuba y residía en el territorio que se extiende desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio. Pero eso no quiere decir que no extrañara a sus seres queridos y que no hiciera un gran esfuerzo para expresarles su afecto.

En ese sentido, el epistolario entre madre e hijo, desde la primera carta de José Julián fechada en el Caimito del Hanábana, octubre 23, 1862–cuando el niño tenía 9 años– hasta la última enviada días antes de llegar a Playita de Cajobabo en 1895, ya en el umbral de la muerte, muestra una honda ternura y un amor sin límites hacia su progenitora, que fue siempre su mejor aliada frente a la hostilidad de un padre moldeado en la disciplina castrense.

Una muestra de esos sentimientos filiales la encontramos en la dedicatoria de una foto mostrando sus grilletes que le fue tomada durante su encarcelamiento en las Canteras de San Lázaro. En ella, el joven Martí le da ánimo a Leonor haciendo despliegue de su destreza poética y le dice: “Mírame, madre, y por tu amor no llores: si esclavo de mi edad y mis doctrinas, tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas, flores”.

La madre, como todas las madres, no cesa de darle consejos, aún a sabiendas de que su hijo no la escucharía. Leonor, por su parte, en una de sus múltiples cartas, le escribe: “Qué sacrificio tan inútil, hijo de mi vida, el que estás haciendo de tu tranquilidad y de la de todos los que te quieren, no hay un solo ser que te lo sepa agradecer, el que más achaca tu sacrificio al ansia de brillar, otros, a la propia conveniencia, y nadie en su verdadero valor”.

Por otra parte, su matrimonio con la camagüeyana Carmen Zayas-Bazán también terminó en fracaso. Se casaron en México el 20 de diciembre de 1877 en casa de su amigo Manuel Mercado. Ambos tenían 24 años. Carmen fue con Martí a Guatemala y después a Cuba al año siguiente. En 1879, asfixiado por la intolerancia en la Isla, Martí se fue a Nueva York y ella se quedó en Cuba. Al año siguiente, ella embarcó con el niño y se reunió con él en Nueva York. Se produjeron otros viajes entre Nueva York y Cuba pero, en 1885, el matrimonio concluyó con el regreso de Carmen y el niño a la región natal de la madre.

En realidad, ni Carmen Zayas Bazán era mujer para Martí, ni Martí hombre para ella. Carmen se enamoró del genio, pero el genio de Martí no estaba hecho para lo que ella quería. Martí, por su parte, se enamoró de la gracia de la camagüeyana, pero al patriota dejaron de interesarle esos valores. Lo que rompió la tregua fue el cansancio de Carmen de vivir en el extranjero, y la resistencia de Martí a volver a Cuba mientras no fuera libre donde, según sus propias palabras: “Allí toda bofetada me sonaría en la cara”.

Pero la separación de la esposa no mermó en lo más mínimo la devoción y el amor a su hijo. En un pequeño libro de poemas que dedica a Pepito bajo el título de “Ismaelillo”, publicado en 1882, le dice en el prólogo: “Hijo: Espantado de todo me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud y en ti”. Y a punto de salir hacia Cuba en el que presiente será su último viaje, desde Montecristi le dice: “Hijo, esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en ti. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Sé justo… José Martí”.

Otra de las leyendas negras diseminadas por los detractores de Martí fue la de que había sido un mujeriego. El propio Fermín Valdés Domínguez, su más íntimo amigo, en su trabajo “Ofrenda de Hermano”, criticó a Martí por mantener relaciones amorosas con varias mujeres al mismo tiempo. Ya en su juventud en España, Martí había sostenido relaciones con la madrileña Doña Barbarita y en Zaragoza tuvo un romance con una joven modista llamada Blanca de Montalvo. En Guatemala despertó la veneración de la adolescente Maria García Granados, inmortalizada por Martí en su poema “La Niña de Guatemala” en uno de cuyos versos escribió: “Se entró de tarde en el río/la sacó muerta el doctor/dicen que murió de frío/yo sé que murió de amor”. Sin embargo, sus biógrafos más serios afirman que fue una relación platónica sin contacto íntimo alguno.

Pero quizás la mujer de mayor importancia en su vida fue Carmen Miyares, quién administraba una casa de huéspedes en Manhattan. Durante su larga y solitaria vida en Nueva York, Martí encontró en esta mujer refugio material y espiritual para sus frustraciones espirituales y sus dolencias físicas. Ella le curaba las llagas y heridas persistentes desde sus años de prisión y llenó el vacío creado por la ausencia de la esposa y del hijo.

Muchas fuentes dignas de crédito atribuyen a Martí la paternidad de María Mantilla, la última hija de Carmen. En una carta dirigida a la niña pocos días antes de caer abatido en Dos Ríos, Martí le dice: “… quiere mucho a tu madre, que no he conocido en este mundo mujer mejor. No puedo, ni podré pensar en ella sin conmoverme y ver más clara y hermosa la vida. Cuida bien ese tesoro”. Ahora bien, fuera o no un mujeriego, nadie puede negarle a Martí el crédito de ser el forjador de la nación cubana y el faro que, aún después de muerto, sigue iluminando el camino de nuestra lucha actual por la libertad. Acentuar sus defectos y negar sus méritos es obra de miserables que no merecen ni tener patria ni llamarse cubanos.

Este cubano en superlativo que honramos esta tarde hizo de la rebeldía un factor constante en su vida, desde su encarcelamiento en Las Canteras de San Lázaro a los 17 años de edad hasta su caída en Dos Ríos a los 42. Fue un hombre radical que nunca creyó en soluciones mediatizadas que siempre benefician a los tiranos. Cuando los republicanos españoles, agobiados por el alto costo y la prolongación de la guerra, deciden otorgar a Cuba y Puerto Rico derechos como estados en su Constitución de 1873, Martí se opone rotundamente. El Apóstol se para en firme y les dice: “La sima que dividía a España y Cuba se ha llenado, por voluntad de España, de cadáveres. España ya no tiene derecho ni autoridad moral para negarle a Cuba su independencia”.

Cuando en febrero de 1878, después de diez años de guerra, unas tropas mambisas desnudas, desarmadas y hambrientas firman la Paz del Zanjón, son pocos los que comparten la rebeldía de José Martí. Una consecuencia directa de aquella paz precaria fue la creación del Partido Autonomista Cubano. En el mismo se integraron antiguos reformistas, liberales y nuevas generaciones de cubanos que desconfiaban de las estrategias radicales y que vislumbraban un horizonte de independencia logrado por métodos pacíficos. Algo muy parecido a la oposición domesticada que hoy propone plebiscitos bajo el control de la tiranía castrista para decidir el futuro político de Cuba.

José Martí se le enfrentó a aquellos apaciguadores como se les enfrentaría a los de este momento. En abril de 1879, el Apóstol se encontraba en Cuba en una estadía que sólo duró nueve meses. Durante esos meses conspiraría con Juan Gualberto Gómez y otros patriotas negados a toda negociación que no condujera a la independencia absoluta. El 21 de abril, Martí fue invitado a un banquete que el Partido Liberal, muchos de cuyos miembros se habían integrado al autonomismo, le ofreció en los altos del Louvre, donde hizo uso de la palabra.

Sus palabras de ese día definieron la que sería su actitud futura con respecto a quienes proponían negociar con España desde una posición de debilidad. Entonces dijo: “…por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana. Pero si, hemos de ser más que voces de la patria disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como el domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana”. Sin embargo, Martí no cerró nunca las puertas a los autonomistas que quisieron unirse a la Revolución. A su entender, eran hombres que seguían un camino equivocado, pero que había que contar con ellos para construir la República a la que aspiraba al terminar el conflicto bélico.

Esa república de sus sueños sería plasmada sobre los conceptos contenidos en su Partido Revolucionario Cubano. El 3 de enero de 1892, Martí anunció su iniciativa de crear el Partido Revolucionario Cubano (PRC), en una reunión mantenida en el Club San Carlos de Cayo Hueso con José Francisco Lamadrid, José Dolores Poyo y el Coronel Fernando Figueredo Socarrás. El 5 de enero, en una reunión celebrada en Nueva York, se aprobaron las Bases y los Estatutos del PRC, hasta que el 10 de abril de 1892 se proclamó su fundación.

Una Cuba construida sobre las bases de ese partido no podía ser un apéndice de los Estados Unidos. En carta dirigida a Máximo Gómez, fechada 20 de julio de 1882, se expresó en estos términos: “…. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos…”. Fue todavía más categórico cuando dijo a su amigo Fermín Valdés Domínguez: “Cambiar de dueño no es ser libre”.

Ahora bien, aunque era un rebelde no fue nunca un intransigente. Esa cualidad le permitió manejar con éxito el arte de la política. Para Martí “el arte político” estaba en “plegar y moldear”, pero, como parte de su definición, también advertía que era necesario, “en las ideas esenciales de dignidad y libertad”, ser “espinudo, como un erizo, y recto, como un pino”. Hay así en él dos prácticas que parecen opuestas, aunque en verdad son complementarias en todo político honrado: por el ejercicio natural de una se llega al acuerdo y al ajuste; en la otra la rigidez impide todo pliegue o desvío.

Esa rigidez se manifestó con frecuencia en su defensa de la identidad de la nación cubana. Por su condición de patriota, que es el que ama su tierra y quiere para ella todo género de bienes, y la protege contra toda posible desgracia, Martí no sólo se opuso al gobierno de España y a los que la ayudaban, sino también a los que, para librarla de su infortunio colonial, proponían soluciones ruines o imprudentes.

Martí no fue el primer nacionalista pero fue quién dio contenido, sentido y brújula al nacionalismo cubano. En la década de 1820, pensadores como Félix Varela, José Antonio Saco y Domingo del Monte consideraron que antes de hacer realidad la independencia de España era importante crear un concepto de identidad nacional cubana. Como Varela, Saco se vio también expulsado de Cuba. Como Varela y a diferencia de muchos de sus contemporáneos, Saco nunca claudicó. Fue un desterrado irreductible. En su lecho de muerte, Saco pidió que en su tumba fuera grabada la frase que definió su vida: “Aquí yace José Antonio Saco, que nunca fue anexionista”. Martí se nutrió del pensamiento y fue digno heredero de aquellos hombres providenciales.

Pero, en un sentido universal, José Martí no es patrimonio exclusivo de nosotros los cubanos. Ni Washington ni Bolívar pertenecen tampoco exclusivamente a norteamericanos o venezolanos. Los grandes hombres trascienden las fronteras geográficas y contribuyen con su ejemplo al enriquecimiento de valores eternos y al mejoramiento de la humanidad.

El nicaragüense Ruben Darío, maestro de poetas, trato de maestro a José Martí. La chilena, Gabriela Mistral, Nobel de poesía, dijo que si hubiera vivido en su tiempo se habría enamorado de José Martí. El político y poeta venezolano Andrés Eloy Blanco dijo ante el congreso de una Venezuela todavía en democracia: “Demos trabajo a Martí! Está vivo. Sentado en la piedra de crear, como él dijera de Bolívar”. Y Ronald Reagan, Presidente de Estados Unidos dijo: “José Martí será recordado por los amantes de la libertad como un precursor y líder de todo esfuerzo para lograr la auténtica redención del hombre”.

Sin embargo, para nosotros los cubanos, Cuba y Martí son dos conceptos, dos lealtades y dos sentimientos estrechamente entrelazados. Uno no puede existir ni perpetuarse sin el otro. El cubano que no ame y admire a Martí es un cubano incompleto. Ser martiano es ser un patriota en sentido total. El cubano exiliado mitiga el dolor de la orfandad de patria con el paliativo de la vida heroica de Martí y el mensaje edificante y esperanzador de su pensamiento político.

Tal como hemos sabido desde nuestra escuela primaria, José Martí hizo su entrada en la inmortalidad el 19 de Mayo de 1895 en Dos Ríos, entre los ríos Cauto y Contramaestre. Se le dio sepultura sin féretro, directamente en una fosa de tierra fangosa en el Cementerio de Remanganagua….y después de levantada el acta correspondiente el 27 de mayo a las nueve de la mañana se efectuó el entierro definitivo quedando los restos del Apóstol en el nicho 134 de la galería Sur del Cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba. Desde allí nos conmina a que cumplamos nuestro deber de terminar su labor y restaurar la libertad, la prosperidad y la felicidad de la Cuba por la que entregó su vida generosa y heroica. Amén José de los cubanos. Campeón de la justicia y señor de la esperanza.
lanuevanacion@bellsouth.net: Alfredo M. Cepero
Tomado de www.lanuevanacion.com
Seguir http://twitter.com/@AlfredoCepero
*Discurso pronunciado por Alfredo M. Cepero el sábado 27 de enero de 2018 en la First Presbyterian Church of Arlington, Virginia, ante la colonia cubana del Área Metropolitana de la capital de los Estados Unidos.


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